Y trajeron el pollino a Jesús

Y trajeron el pollino a Jesús

28 de marzo de 2021 0 Por admin

“…No lo olviden: yo soy su madre y siento dolor…” (Mensaje 25 de Septiembre del 2005)


Entramos a la Semana Santa con la celebración del Domingo de Ramos. Es la Semana Mayor inaugurada con la entrada de Nuestro Señor a Jerusalén, aclamada con las palmas y los mantos, pero cabalgando en un pollino. Particularmente para este mundo contemporáneo, nos parecería que la entrada victoriosa debería ser sobre una cabalgadura imponente, en corcel fuerte y gallardo, con armadura probada. Sin embargo, se nos debe hacer evidente, como se transforma esta modesta cabalgadura en un signo fundamental para entrar en la contemplación de los misterios fundamentales, para nuestras vidas, y para toda la humanidad: “Y trajeron el pollino a Jesús, y habiéndole aparejado, con los vestidos de ellos, montó Jesús en él” (San Marcos, 11, 7).

 El camino para poder estar en la comunión verdadera con la voluntad de Dios, se nos dió a conocer en el momento de la  Anunciación, en la humildad de la Esclava del Señor, en el Corazón Materno de María, con el que abraza el designio de Redención, de ser Madre del Mesías y Salvador, que es también el Cordero de Dios, por cuya sangre derramada serán asperjadas las almas en las aguas bautismales, para ser liberadas de la muerte eterna y ser transformadas en templos vivos de Dios.  La Reina de la Paz es la primera en vivir estos misterios, no solo por que con humildad dió la respuesta del “hágase en mí según Tú palabra”, sino que, por ser Madre del Redentor, el dolor y sufrimiento de inmolación del Hijo, también será el padecimiento de la Madre, que como en ninguna otra criatura, lo viviría en una exclusiva y sublime intensidad de unión, en el sufrimiento redentor de Jesús, al que también nosotros, queriendo vivir en la escuela de humildad y santidad de María, estamos invitados a participar por la intensidad de la vida de la gracia del Señor.

Porque es madre, María sufre profundamente. No obstante, responde también ahora como respondió entonces, en la anunciación: «Hágase en mí según tu palabra».

De este modo, maternalmente, abraza también, con amor materno, el camino hacia la cruz junto con su Hijo y divino Condenado, Jesús. 

“…No lo olviden: yo soy su madre y siento dolor…” (Mensaje 25 de Septiembre del 2005)

Ella recoge las lágrimas de todas las madres por sus hijos lejanos, por los jóvenes condenados a muerte, asesinados o enviados a la guerra, especialmente por los niños soldados. En ellas escuchamos el lamento desgarrador de las madres por sus hijos…

¡Qué lágrimas tan amargas! ¡Solidaridad en compartir la ruina de los hijos! Madres que velan en la noche, con las luces encendidas, temblando por los jóvenes abrumados por la inseguridad o en las garras de la droga y el alcohol, especialmente las noches del sábado.

Junto a María, nunca seremos un pueblo huérfano. Nunca olvidados. Como a san Juan Diego, María también nos ofrece a nosotros la caricia de su consuelo materno, y nos dice: «No se turbe tu corazón […] ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 286).

Dice San Buenaventura:  La gloriosa Virgen ha pagado nuestro rescate como mujer valiente y animada por un amor de compasión hacia Cristo. En el evangelio de Juan se dice: “La mujer, cuando está apunto de dar a luz está triste porque ve venir su hora….” (Jn 16,21) La buenaventura Virgen no ha experimentado los dolores de parto porque no había concebido a consecuencia del pecado como Eva, contra la que fue pronunciada la maldición. El dolor de la Virgen vino después, ha dado a luz en la cruz. Las otras mujeres conocen el dolor físico del alumbramiento, ella experimentó el del corazón. Las otras sufren por una alteración física, ella por la compasión y el amor.

La bienaventurada Virgen ha pagado nuestro rescate como mujer valiente y amando con amor de misericordia por el mundo y, sobre todo, por el pueblo cristiano. “¿Puede una madre olvidarse de su pequeño y no tener entrañas para el fruto de su seno? (Is 49,14) Esto nos puede dar a entender que el pueblo cristiano todo entero ha salido de las entrañas de la gloriosa Virgen. ¡Qué Madre tan llena de amor que tenemos! ¡Hagámonos semejantes a ella e imitémosla en su amor! Ella tuvo compasión de nosotros hasta el punto de no considerar para nada la pérdida material y el sufrimiento físico. “Hemos sido rescatados pagando un precio.” (1 Cor 6, 20).

María fue la primera que supo y quiso participar en el misterio salvífico «asociándose con entrañas de madre a su sacrificio consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado» (Lumen gentium 58). Íntimamente enriquecida por esta experiencia inefable, se acerca a quien sufre, lo toma de la mano y lo invita a subir con ella al Calvario y a detenerse ante el Crucificado.

Dice Benedicto XVI: “El dolor de María  forma un todo con el de su Hijo. Es un dolor lleno de fe y de amor…”  (17 de Septiembre del 2005) y “Reina de la paz, compartió hasta el martirio del alma la lucha de su Hijo Jesús contra el Maligno, y sigue compartiéndola hasta el fin de los tiempos” (Ángelus, 19 de agosto).


Mensaje, 25 de septiembre de 2005

“¡Queridos hijos! Los llamo en el amor: conviértanse, aunque estén lejos de mi corazón. No lo olviden: yo soy su madre y siento dolor por cada uno que está lejos de mi corazón, pero no los dejo solos. Creo que pueden abandonar el camino del pecado y decidirse por la santidad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! ”


Entremos en esta sublime Semana, guiados por el Corazón Materno de María Santísima, y con los impulsos del Espíritu Santo, entreguemos todo al Señor en las manos de la Reina de la Paz, que nos ofrece ayudarnos y guiarnos; entonces Jesús lo transformará todo para nuestro auténtico bien. Ese ha sido el propósito de nuestra oración, de nuestro ayuno, de nuestra apertura, y de dar a María todo lo que hay en nuestro corazón, a fin de poder ser liberados del pecado y del mal, y llegar a la resurrección.

Gracias, Madre, por querer ofrecerlo todo a Jesús, para transformar todo dolor en alegría, la desesperanza y la desilusión en esperanza, toda discordia en paz, todo odio en amor, toda desconfianza en confianza. Aleja de nosotros toda muerte espiritual, a fin de que podamos vivir plenamente para Tu Hijo Jesús. Amén.


Pbro. Patricio Romero