“Sólo existe una desgracia, no ser santo”

“Sólo existe una desgracia, no ser santo”

18 de noviembre de 2021 0 Por admin

“Dios es rey. Cristo es el rey de todos nosotros. El hombre es una criatura débil y nada más. ¿Qué es lo que quería Fray Slavko?…”  


“…En todas las oraciones, innumerables adoraciones y predicaciones, conferencias y escritos, sólo una cosa: ¡Jesús es mi Dios, a El adoro, vivo para El, El es mi todo! Sólo a El sirvo, a El adoro, y también en los hermanos. Per Mariam ad Jesum, per Jesum ad Mariam! ¡Por María a Jesús, pero también por Jesús a María!”


PREDICACIÓN DEL PROVINCIAL DE LA PROVINCIA FRANCISCANA DE HERZEGOVINA FRAY TOMISLAV PERVAN 

EN LA MISA DE DIFUNTOS EL 26 DE NOVIEMBRE DE 2000.

“OSTENDE MIHI, DOMINE, VIAS TUAS ET SEMITAS TUAS EDOCE ME”

“MUÉSTRAME, SEÑOR, TUS CAMINOS Y ENSÉNAME TUS SENDEROS”


P. Obispo, queridos hermanos franciscanos y sacerdotes, querida madre Lucía, hermanos y hermanas del difunto Fr. Slavko, querida familia y amigos, queridos fieles, queridos peregrinos y nuestro querido Fr. Slavko!


Cuando ayer me llamaron de la oficina parroquial de Medjugorje para ver qué lectura y oración de los fieles deberíamos elegir para tu misa de difuntos, dije simplemente: Que todas las lecturas sean de la festividad de Cristo Rey del año A, y la oración de los fieles sea del breviario de la festividad en lo que respecta a los difuntos. Pienso que tú también hubieras estado de acuerdo con eso si alguien te hubiera preguntado qué lectura elegirías porque la primera es del profeta Ezequiel, en la que se habla de los pastores, la segunda es de Primero de Corintios en la que se habla de victoria final de Cristo sobre la muerte que al final se convierte en eso cuando Dios sea todo en todos, y el párrafo evangélico habla de un período final ante el tribunal de Dios, donde el Señor separa a la gente en dos grupos, dependiendo de su actitud hacia los pequeños, hacia los que nadie tiene corazón ni compasión.

En este lugar primeramente desearía manifestar mi gran gratitud y agradecimiento, en nombre de mi Provincia y mío, por las innumerables manifestaciones de condolencias, telegramas, también las condolencias llegadas a través del correo electrónico (e-mail), llamadas telefónicas y también por vuestra presencia aquí con ocasión de esta muerte tan inesperada. Si lo fundamental de la Eucaristía es ser un acto de agradecimiento, un sacrificio de agradecimiento, un ofrecimiento, entonces es mi petición y ruego a todos ustedes que esta Eucaristía sea conjuntamente un agradecimiento por esa vida, humana, cristiana, religiosa, sacerdotal. Una vida que en todo fue un gran sacrificio, una gran entrega, un gran corazón para toda la gente. Por tanto, esto es también un agradecimiento por el hecho de que tuvimos a Fr. Slavko, porque nació aquí en Herzegovina como un anunciador incansable, de acuerdo con el deseo de Francisco, fue un hombre de devoción y de oración, orationis et devotionis, y terminó su vida en el lugar al cual acudía con gusto: en el Krizevac.

Si yo quisiera personalmente sintetizar esta vida en un pensamiento bíblico, entonces tomaría como pensamiento que guió la vida de Slavko la oración del salmista del principio. Ese fue el deseo que acompaño la vida de Fr. Slavko: el deseo de que Dios le descubriera Sus caminos, que pudiera caminar por Sus senderos, por los senderos del Evangelio y de la conversión. Por tanto no es extraño que para su trabajo de doctorado eligió justamente la temática de la conversión y de la pedagogía religiosa; estar constantemente en la escuela del Señor y de la Virgen, en los caminos y senderos del Señor, cada día aprendiendo una nueva lección.

Para todos nosotros esta muerte es un choque sorpresivo. Esta temprana muerte, como el salmista lo expresa, en el medio de mis días, en el apogeo de las fuerzas humanas. Si para el salmista la suma de nuestros días son setenta años, y si somos fuertes, ochenta. Entonces los cincuenta y cinco años de Fr. Slavko están por debajo del período de duración normal de vida que habitualmente la gente espera vivir en esta tierra. Sin embargo, yo puedo decir libremente aquí, con todo derecho, por experiencia propia, pero también con la aprobación de ustedes, que aquí ante ustedes se halla un ser que vivió, hablando humanamente, no una vida sino tres. No dos, sino tres, porque durante su vida nunca conoció el cansancio, el descanso, nunca se cobijó antes de la medianoche, y nunca esperó la salida del sol en su habitación. Siempre, como el salmista lo dice, rezó de esta manera: Despierta, alma mía; despierta, salterio y arpa; Me levantaré de mañana, y verdaderamente despertó la mañana, con su oración, peregrinando diariamente a la Colina de las Apariciones o al Krizevac. Día tras día, año tras año, bajo condiciones climáticas diversas, se levantaba antes de los demás, y salía a rezar. Acostumbraba decir que el único tiempo que tenía libre para él era después de despertarse en la mañana, cuando iba a sus montes en los cuales la temprana muerte lo sorprendió, simplemente, paralizándole el corazón.

Su corazón no pudo soportar más. Y Fr. Slavko tenía un corazón que se ofrecía generosamente, totalmente. No tenía tiempo para pensar en sí mismo, en su salud, nunca se quejó de que algo lo perturbase, y, sin embargo, tenía una salud frágil, sobre todo en invierno, gripe, infecciones diversas, lo que se reflejó negativamente en su sistema inmunológico. Debido a los grandes trabajos que tomó, que lo agotaban día tras día, no sabía encontrar para sí descanso y así, llevando su cruz, la cruz de Medjugorje desde hace veinte años, la llevó a su y a nuestro Krizevac y entonces bajo la Cruz del Señor dejó su cruz, a fin de ser glorificado en la eternidad. Este Krizevac suyo, que lo subía regularmente, cualquier tiempo hiciera, junto con los peregrinos, para que al pie de la cruz tuvieran la experiencia del Tabor, se convirtió en su Tabor: el Calvario y el Tabor, el Krizevac y el Tabor se fundieron en lo que había sido el Calvario para Jesús según el Evangelio de Juan: la glorificación final del Hijo de Dios. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo… Padre, has glorificado mi nombre.. La Cruz como victoria final, la cruz que fue un indicio del Tabor. Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí… Y Slavko permaneció allí, al pie de esa cruz votiva, en el Krizevac, cargando su cruz y la de numerosos peregrinos, las cruces de Medjugorje, las cruces de su pueblo, de la Iglesia y de esta Provincia. Falleció como Su Señor. No en el lecho, ni rodeado por los hermanos y seres queridos, sino bajo la Cruz, en el pedregal de Herzegovina. ¿Cuánto simbolismo hay en esa muerte? Fr. Slavko: Llevaste tu cruz allí, bajo la cruz del Señor, la dejaste en ese lugar, para que posteriormente con tu muerte hayas atraído a todos nosotros en este gran número a este lugar: al Obispo local, a toda la Provincia, a tantos hermanos sacerdotes, fieles, peregrinos, que cruzaron miles de kilómetros para venirte a decir adiós y gracias. La muerte como un punto de atracción que nos unifica a todos en uno y que por medio de la cual todos nos hacemos iguales.


¡Queridos hermanos y hermanas!


¿Qué decir en este lugar acerca de esta vida tan plena? Lo conocí hace mucho tiempo, el lejano 1961. Lo encontré por primera vez en la primera misa de Fr. Dobroslav Stojic y de Fr. Gojko Musa en la festividad de San Esteban, en 1961. Yo había terminado el primer año de secundaria en el seminario de Visoko, y él se había presentado recién al seminario. Nos conocimos. Ese muchacho de contextura ósea me dijo que había sido recibido en el seminario y que se iba a Dubrovnik. Posteriormente crecimos juntos en esta Provincia, nos seguimos, apoyamos, trabajamos juntos, colaboramos, especialmente durante el tiempo en que fui párroco aquí en Medjugorje, durante esos seis años de duro régimen comunista, cuando hubo que manifestar en condiciones inhumanas con la ayuda de Dios todo lo que exigía ese momento de gracia a partir del día de las apariciones cuando comenzó a derrumbarse el mundo comunista y el sistema ateo, y empezó a despuntar el alba de una nueva libertad para el mundo y el pueblo croata.

El gran pensador francés y escritor León Bloy, convertido, católico fervoroso, expresó un pensamiento maravilloso, acerca del cual la primera mujer-escritora en la Academia francesa de los Inmortales, M. Yourcenar, dijo que es una de las frases más hermosas de la literatura francesa, este pensamiento dice: “Sólo existe una desgracia, no ser santo”. Esta expresión nos asusta, pero no tenemos derecho a tenerle miedo. El hombre es santo en la medida que lo desee. Depende de nosotros el hecho de ser santos, mejores de lo que somos. Precisamente la festividad de hoy nos habla claramente con la voz y las palabras de Dios. Nos habla a través de todos los acontecimientos que acaecen y se desarrollan alrededor de nosotros, nos habla a través de la historia y de las personas. Y Cristo como rey lo dijo clara y poderosamente: “He venido a traer fuego a la tierra…” ¿Qué ha querido y quiere Medjugorje, precisamente la Madre de Dios a través de Medjugorje y Su presencia, en el mundo de hoy? Desea sólo una cosa: establecer el Reino de Dios en la tierra, desea que se extienda lo que Cristo ha venido a traer a este mundo. Eso se resume en una cosa: Dios es rey. Cristo es el rey de todos nosotros. El hombre es una criatura débil y nada más. ¿Qué es lo que quería Fr. Slavko? En todas las oraciones, innumerables adoraciones y predicaciones, conferencias y escritos, sólo una cosa: ¡Jesús es mi Dios, a El adoro, vivo para El, El es mi todo! Sólo a El sirvo, a El adoro, y también en los hermanos. Per Mariam ad Jesum, per Jesum ad Mariam! ¡Por María a Jesús, pero también por Jesús a María!

Tuvo su fuente de inspiración en Cristo y Francisco. Un Cristo que nunca escribió nada, que sólo sembró la Palabra, que los discípulos pusieron por escrito. Sabía Cristo que sólo algunas veces cae en tierra fértil y en la vida de fr. Slavko esta palabra se cumplió plenamente. Cayó en la tierra buena de la fe, del corazón, de la tradición que absorbió en su hogar y que dio el ciento por uno.

Después, la figura de Francisco que lo entusiasmaba. Francisco como Cristo, maestro de todos nosotros. Francisco, el más grande entre los grandes, aquel que arrojó su vestidura ostentosa a la cabeza de su padre, un rico comerciante de telas, aquel que amó la pobreza por la pobreza. Eso mismo fue para Fr. Slavko una inspiración cotidiana: no tener nada, compartirlo todo, ser como Pablo, me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos. Tenía por así decir los bolsillos rotos, repartía a diestra y a siniestra, no le interesaba a quién ni qué era la persona a la cual daba. Pasó la prueba de la fe, mencionada en la lectura del Evangelio de hoy ya que en su persona estaba encarnado el amor por Dios y por el hombre. Quiso ser un rayo de luz en la noche de este mundo, Fr. Slavko tenía en sí un instinto hacia la Trascendencia, hacia lo Eterno. Nosotros sabemos que algunos rayos no alejan la noche, que algunas ondas no agitan el océano, pero si el hombre como nuestro Fr. Slavko admirara una flor o un pedazo de pan que compartiera con los pobres, entonces el mundo sería mejor. Eso precisamente nos dice el Evangelio de hoy sobre el encuentro final con el Señor en el día del juicio final, algo que Fr. Slavko comprendió y vivió literalmente.

Si el Señor le hubiera dicho: escucha, Fr. Slavko, mañana morirás, yo creo, que él no hubiera dejado por un momento de hacer lo que hacía diariamente, por lo que hacía, tenía un objetivo solo: dar gloria a Dios, servirlo. No se hubiera concedido un descanso para reflexionar sobre su vida. No hubiera dejado de ir al Krizevac, no hubiera dejado de orar y adorar, de dar consejos a tantos, de visitar a los más necesitados. Si el Señor nos hubiera dado tal mensaje, nosotros probablemente nos hubiéramos retirado a nuestra habitación, hubiéramos reflexionado sobre nuestra vida, aprovechando al máximo ese momento de gracia. Hubiéramos meditado sobre esas palabras de Dios, y procurado vivir intensamente. Fr. Slavko ante esas palabras del Señor sólo hubiera continuado haciendo lo que siempre hacía: consumirse por Dios y por el hombre. Una vez le preguntaron a un santo porqué nunca sentía miedo. El santo respondió: ¡porque cada día pienso en mi muerte! B La gente tiene miedo ya que les atemoriza todo lo que los rodea y perder lo que poseen. Sin embargo, enfrentada a la muerte, teniendo cada día la muerte ante los ojos, todo lo demás llega a ser superfluo. La muerte da una verdadera medida para la vida, ella muestra claramente de qué cosa el hombre debe vivir y extraer la fuerza.

El pensamiento sobre la muerte nos debería dar a cada uno otra dimensión: es decir, la vida es breve, y es necesario dejar detrás de cada uno, claros signos, señales, indicaciones de amor. Huellas que los demás recordarán con agrado, rastros y caminos por los cuales los demás podrán dirigirse. Jesús, sabiendo que le había llegado su hora, y dado que amaba a los suyos que los había sacado del mundo, los amó hasta el final, tomó un paño y un lavamanos y les lavó los pies a los discípulos. Los pies son la parte más sucia del cuerpo. En su amor, Jesús tocó el talón de Aquiles de cada hombre. ¿Qué decir sobre las huellas que Fr. Slavko dejó detrás de él? Pasó por esta tierra haciendo el bien, anunciando a Jesucristo en la Eucaristía, adorando a Cristo en la Eucaristía y en la Cruz, tocando los puntos dolorosos del hombre, el talón de Aquiles.

Sin embargo, Fr. Slavko no se quedó solamente en las palabras. Puso en práctica las palabras en obras, olvidándose a sí mismo. Se dio totalmente justamente a aquellos que más necesitaban ayuda. Fue un bienhechor espiritual y material, acompañante de tantos. Innumerables. Dejó su huella imborrable, aplicó a sí mismo la palabra de Jesús: “Como el Padre me ha amado, así también los he amado a ustedes”. Y “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. Fr. Slavko dio su vida por todos, principalmente amó a aquellos que nadie había amado, que fueron dejados y abandonados, a quienes el pecado y el odio humano habían terriblemente herido. Consoló, ayudó, aceptó. No se cuidó. Por eso se fue demasiado pronto ya que se daba por doquier.

¡Querido Fr. Slavko! Estamos agradecidos a Dios porque te tuvimos. Le agradecemos que te haya llamado a esta comunidad franciscana. Estamos agradecidos por todos los dones de los que El te dotó y que aprovechaste máximamente. Estamos agradecidos a tu familia que te dio a esta Provincia en la que serás una de las figuras más resplandecientes. Creemos que en ti tenemos en el Cielo a un intercesor, auxiliador y sanador de todas aquellas heridas que afligen a este pueblo y a esta Iglesia, y al mismo tiempo un reconciliador que pide la paz de Cristo, la paz de Cristo Rey para todos nosotros.

Estamos convencidos de que te has podido encontrar con el Señor, cara a cara, delante de sus ojos, cuando te acercaste a su trono, precisamente como nos lo indica el Evangelio de hoy que se lee en la festividad de Cristo Rey. Fuiste a Su escuela de servicio, no de poder, de ofrecimiento, no de recolección, de pobreza extrema, no de riqueza. Y por eso estamos convencidos de que El te lo retribuye.

E innumerables podrán decir después del encuentro contigo: “Gracias Señor porque existió un ser como Fr. Slavko. Gracias a ese ser a través del cual Dios me amó.” Y tú, Fr. Slavko, pudiste decir en tu vida afirmativamente: “Existen tantos seres a través de los cuales amé a Dios, a través de los cuales Dios, Jesús y María se me hicieron más cercanos.”

Te consumiste en el servicio a María, la Madre de Jesús, al servicio de su presencia aquí en este mundo. Fuiste mensajero y difusor de su presencia aquí y en todo el mundo. Fuiste mensajero y difusor de su devoción que en ti fue siempre cristocéntrica. Estamos convencidos de que la Iglesia de Cristo no te olvidará nunca. San Jerónimo decía lo siguiente: “No hay que afligirse por los difuntos, sino estar agradecidos porque vivimos con ellos y porque estamos todavía unidos con ellos. Nosotros creemos que ellos están en Dios, y quien esté en Dios, está vinculado a toda la familia de Dios”. Con ese pensamiento expreso mis condolencias a tu madre Lucía, hermanos, hermanas, a toda la familia. Y agradezco a tu hogar que nos ha dado a tu persona y que te hemos tenido.

Al final, querido Fr. Slavko nuestro, una cosa te pediría: Perdónanos a todos si fuiste incomprendido por nosotros. Fuiste y quisiste ser hasta el final vir catholicus, apostolicus, franciscanus, vir Croata hercegoviniensis, es decir, hasta el final católico, apostólico, franciscano, y un firme croata de Herzegovina. Ibas delante de nosotros, muchas veces incomprendido. Tenía un pensamiento adelantado con respecto a los demás, justamente como ese mítico Prometeo, aquel-que-piensa-por adelantado y piensa creativamente. Sin embargo, algo queda claro y evidente, como lo dijo Cristo: Por los frutos los conocerán. Tu obra es visible, permanente ya que fue tejido y edificado en la oración, de rodillas, en la búsqueda de la voluntad de Dios a través de los signos de los tiempos. Te fuiste antes que nosotros pero quedas unido para siempre a nosotros, en nuestros corazones. Por eso una vez más gracias por todo y descansa en la paz de tu Señor, a la sombra de la Iglesia de Medjugorje, del Krizevac, y del Monte de las Apariciones. Amén.


Fuente: Medjugorje.hr