Simeón «Vigilante en la Oración»

Simeón «Vigilante en la Oración»

2 de febrero de 2022 0 Por admin

Homilía y comentario del Mensaje 25 de Enero del 2022 del Padre Patricio Romero


Mensaje 25 de Enero 2022

“¡Queridos hijos! Hoy los invito a regresar a la oración personal. Hijitos, no olviden que Satanás es fuerte y quiere atraer hacia sí mismo cuántas almas sea posible. Por eso, estén vigilantes en la oración y decididos en el bien. Yo estoy con ustedes y los bendigo a todos con mi bendición maternal. Gracias por haber respondido a mi llamado.”

San Lucas 2, 25-32

Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».


La afirmación que hace el anciano Simeon es sumamente iluminadora.

Se trata de un hombre justo, que tiene toda su vida ya consumada, entregada, lejos de toda relevancia humana y plenamente guiado por la fe, la esperanza y la caridad.

«Simeón era un varón justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo.»

La esperanza en el corazon de quién reconoce el plan de Diós para con su propia vida, inunda las entrañas del hombre dócil a los designios divinos, de una fuerza que no se sostienen en las confianzas humanas, sino que en la amorosa omnipotencia del Creador.

El paso de los años, de los rostros, de las historias cotidianas, van podando las ramas de un verdadero roble, dejando de la lado todo entusiasmo aparente, para establecer la solidez en las raíces de la verdad y de la humildad.

Y puede preguntar la mirada mundana: ¿de que será capaz un hombre ya abatido por la ancianidad del cansancio y de la espera?

Precisamente para tener la libertad de confiar en lo que merece toda confianza, aún en medio de todas las injusticias y tribulaciones.

«Es ya cosa sobrenatural y que no la podemos procurar nosotros por diligencias que hagamos; porque es un ponerse el alma en paz o ponerla el Señor con su presencia por mejor decir, como hizo al justo Simeón (Lc 2, 29), porque todas las potencias se sosiegan…» dice Santa Teresa de Ávila.

Y la santa espera sosiega los impulsos de las potencias y doblega los arrebatos del temperamento, edificando un corazón piadoso, que encuentra sustento y consuelo en las vertientes de la misericodia y la fidelidad de Dios.

No se deja administrar por el tiempo de los hombres, sino que se rige según los signos del Señor.

Va encontrando, en medio de todos la responsabilidades que tuvo que asumir, en los caminos de la vida y la Providencia Divina, como un «santo oficio», signo de lo que debe ser todo corazón, que sabe esperar en lo que se le concedió creer: se transforma en un vigilante de Dios, un «vigilante en la oración».

En tan magnánima ocupación, las horas ya no tienen trascendencia, ni las contrariedades el protagonismo.

El cronómetro lo maneja el Sol Divino y es ese fuego el que entibia el rostro, la mirada, la mente y ,el corazón del justo, del anciano, del Simeón de ayer y de hoy, que con el mismo afán y gozo de madrugada, contempla pausadamente cada ocaso, agradecido del amor Divino al que estuvo abrazado al «presente» de cada jornada, en sus acciones y en sus intenciones más profundas, «decidido en el bien», en la elección permenente por la Cruz, por la virtud, por la entrega y generosidad, porque si su elección fue siempre decidirse por la santidad, su opción fue también la de la misericordia y la compasión por sus hermanos.

Y así como el conjunto de las acciones y omisiones, que tiene cualquier ser humano, dan a conocer lo que piensa y lo que quiere; así también, la eficacia de sus decisiones dependen del lugar que tiene como soporte su corazón, que aunque fuese una estructura fuerte y organizada, si no están sumergidas en la Caridad de Dios, será solo un entusiasmo, una elección materialmente conveniente, una prestación a cambio de ganancias, que aunque sea motivo de alabanzas y reconocimientos, con el tiempo esta destinado a sucumbir en el desencanto y la decepción.

Solo los corazones que cotidianamente se dejan resplandecer, por los rayos del sol Divino en la oración, pueden plenificarse en el gozo del verdadero amor.

Padre Patricio en Roma…

Entonces se preguntarán, ¿no hay corazón y amor humano que nos ame plenamente? ¿para que se nos dió este corazón que padece y se alegra?… y la respuesta resplandece en el mismo Evangelio cuando el anciano Simeon dice, como expresión de plenitud, que “puede morir en paz”, por que ya ha visto, ya ha recibido y palpado todo lo que puede anhelar el corazón humano, todo el amor que puede contener y recibir, y mucho más de lo que, con sus desgastadas fuerzas pudiese soportar. Solo el poder del amor de Dios, puede hacer que el corazón del anciano Simeon, soporte milagrosamente tanto amor, contenido en el Niño Divino, que la Gospa ha puesto en sus brazos.

Caundo Simeón mira al Niño, reconoce con los ojos del alma al Salvador, porque con Él estuvo en cada segundo de esa paciente espera, como «vigilante en la oración» y «decidido en el bien». Reconoce en el rostro del Divino Niño, esos rayos del Sol que iluminaron sus dialogos, súplicas y silencios espectantes. Reconoce la ternura del Corazón de Dios que se ofrecerá en sacrificio por la salvación de la humanidad.

El anciano esta familiarizado con ese resplandor,en «la oración personal», en sus diálogos frecuentes y constantes de confianza, alabanza y amor, con quien es la «Luz para iluminar a las naciones y la gloria de Israel su pueblo».

Y así ocurre en cada anciano, en cada Simeón, en cada profetiza Ana que se acerca a los brazos de la Gospa, custodiados por San José, para recogerse en silencio, en oración, y quedarse horas, tardes y madrugadas conversando y esperando el resplandor del Señor.