San Padre Pío de Pietrelcina: No somos dignos…

San Padre Pío de Pietrelcina: No somos dignos…

21 de septiembre de 2022 0 Por admin

Acerquémonos a la Comunión con amor y respeto.

Carta del Padre Pío, Vicenza 1969, p. 55


«El que come mi carne y bebe mi sangre, vivirá para siempre» (Jn 6,55).

-Padre ¡me siento tan indigno de comulgar!, Verdaderamente soy indigno de ello.

Respuesta: -Es verdad, no somos dignos de un tal don; pero una cosa es participar indignamente de la comunión, en estado de falta grave, y otra cosa es no ser dignos de ello. Todos somos indignos de comulgar; pero es Jesús mismo quien nos invita, es él quien lo desea. Seamos, pues, humildes, y recibámoslo con un corazón lleno de amor.

-Padre ¿por qué llora usted cuando comulga?

Respuesta: – Si, hablando de la encarnación del Verbo en el seno de la Inmaculada, la Iglesia ha exclamado «Él no despreció, en absoluto, el seno de la Virgen» ¿qué podemos decir nosotros? Pero Cristo dijo: «Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros». Consecuentemente, acerquémonos a la mesa de comulgar con mucho amor y un gran respeto. Que todo el día sirva, primero para prepararnos, y después para dar gracias».


Al Padre Pío le apasionaba celebrar la misa y recibir la Comunión. En una ocasión dijo: “Sería más fácil que el mundo existiera sin el sol que sin la Santa Misa”.

Creía de todo corazón que Jesús estaba verdaderamente presente, en cuerpo, sangre, alma y divinidad durante la celebración de la Misa. Este gran don avivó en su propio corazón un amor profundo y persistente hacia Dios.

En sus propias palabras: “Hay momentos durante la Misa en que me consumo por el fuego del Amor Divino. Mi rostro parece arder”.

A continuación pueden leer una honda oración que Padre Pío compuso y que rezaba tras recibir la Sagrada Comunión.

Es reflejo de su firme fe en la presencia de Jesús en la Sagrada Eucaristía y de su deseo de que Jesús permaneciera siempre en su corazón.

Quédate, Señor, conmigo, pues soy débil y necesito tu fuerza para no caer muchas veces.Quédate, Señor, conmigo, porque eres mi luz y sin ti estoy en tinieblas.Quédate, Señor, conmigo, porque eres mi vida y sin ti pierdo el fervor.Quédate, Señor, conmigo, para darme a conocer tu voluntad.Quédate, Señor, conmigo, para que oiga tu voz y te siga.Quédate, Señor, conmigo, pues deseo amarte mucho y estar siempre en tu compañía.Quédate, Señor, conmigo, si quieres que siempre te sea fiel.Quédate, Señor, conmigo, porque por más pobre que sea mi alma, desea ser para ti un lugar de consuelo y un nido de amor.Quédate, Jesús, conmigo, pues es tarde y el día se acaba… La vida pasa; la muerte, el juicio y la eternidad se acercan y es necesario recuperar mis fuerzas para no demorarme en el camino, y para ello te necesito. Ya es tarde y la muerte se acerca. Temo la oscuridad, las tentaciones, la aridez, la cruz, los sufrimientos… ¡y te necesito mucho, Jesús mío, en esta noche de exilio!Quédate, Jesús, conmigo, porque en esta noche de la vida, de peligros, necesito de ti. Haz que, como tus discípulos, te reconozca en la fracción del pan; que la comunión eucarística sea la luz que disipe las tinieblas, la fuerza que me sustenta y la única alegría de mi corazón.Quédate, Señor, conmigo, porque en la hora de la muerte quiero estar unido a ti; si no por la Comunión, al menos por la gracia y por el amor.Quédate, Jesús, conmigo; no pido consuelos divinos porque no los merezco, sino el don de tu presencia, ¡ah, sí, te lo pido!Quédate, Señor, conmigo; solamente a ti te busco; tu amor, tu gracia, tu voluntad, tu corazón, tu espíritu, porque te amo y no pido otra recompensa sino amarte más, con un amor firme y práctico.Haz que pueda amarte de todo corazón en la tierra para seguirte amando perfectamente por toda la eternidad, querido Jesús.