San José, Patriarca de la Iglesia

San José, Patriarca de la Iglesia

18 de marzo de 2021 0 Por admin

Las iglesias son sagradas y merecen respeto, porque Dios -que se hizo hombre- vive en ellas día y noche…


CONSAGRACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Recibid ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que os hago en este día para que os dignéis ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón.

Yo me abandono sin reservas a vuestras divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a vuestras santas inspiraciones. 

¡Oh Santo Espíritu! Dignaos formarme con María y en María, según el modelo de vuestro amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén


Oremos

Oh Padre, que a la luz del Espíritu Santo guías a los creyentes al pleno conocimiento de la verdad, concédenos probar la verdadera sabiduría en tu Espíritu y disfrutar siempre de su consuelo. 

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que es Dios, y vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.


 CREDO APOSTÓLICO

Creo en Dios Padre, 

Todopoderoso,

Creador del cielo y de la tierra. Y en Jesucristo, su único Hijo,

Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen,

padeció bajo el poder de Poncio Pilato,

fue crucificado, muerto y sepultado,

descendió a los infiernos,

al tercer día resucitó entre los muertos,

subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre, Todopoderoso.

Desde allí vendrá a juzgar a vivos y a muertos. Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida perdurable.

Amén.


 CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ  (pidiendo la penitencia final)

San José Consagro Mi Familia terrenal completamente a tu Paternal Protección, para que nos mantengáis en resguardo discreto y seguro en estos tiempos. No permitáis, Amado San José, que ni uno sólo se pierda muriendo sin los ritos sacerdotales y sin tu Amable y amante presencia al lado de cada moribundo de nuestra Familia. Te Confiamos a ti esta, que es el mayor Bien que El Cielo nos ha prestado para juntos alcanzar la Gloria Celestial. Amén.


Mensaje, 25 de abril de 1988

“¡Queridos hijos! Dios quiere hacerlos santos y por eso los invita a través mío al abandono total. Que la Santa Misa sea para ustedes la vida. Dense cuenta, que la Iglesia es la Casa de Dios, el lugar donde Yo los reúno y deseo mostrarles el camino que conduce a Dios. Vengan y oren! No miren a los demás y no murmuren de ellos. Que sus vidas sean más bien un testimonio en el camino de la santidad. Las iglesias son sagradas y merecen respeto, porque Dios -que Se hizo hombre- vive en ellas día y noche. Por tanto, hijitos, crean y oren para que el Padre les acreciente su fe y después pidan lo que necesiten. Yo estoy con ustedes y me regocijo por su conversión y los protejo con mi manto materno. Gracias por haber respondido a mi llamado!”


La grandeza de san José consiste en el hecho de que fue el esposo de María y el padre de Jesús. En cuanto tal, «entró en el servicio de toda la economía de la encarnación», como dice san Juan Crisóstomo.

San Pablo VI observa que su paternidad se manifestó concretamente «al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio al misterio de la Encarnación y a la misión redentora que le está unida; al haber utilizado la autoridad legal, que le correspondía en la Sagrada Familia, para hacer de ella un don total de sí mismo, de su vida, de su trabajo; al haber convertido su vocación humana de amor doméstico en la oblación sobrehumana de sí mismo, de su corazón y de toda capacidad en el amor puesto al servicio del Mesías nacido en su casa»

La historia de la salvación se cumple creyendo «contra toda esperanza» (Rm 4,18) a través de nuestras debilidades. Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad. Esto es lo que hace que san Pablo diga: «Para que no me engría tengo una espina clavada en el cuerpo, un emisario de Satanás que me golpea para que no me engría. Tres veces le he pedido al Señor que la aparte de mí, y él me ha dicho: “¡Te basta mi gracia!, porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad”» (2 Co 12,7-9).

Si esta es la perspectiva de la economía de la salvación, debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura.

El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros. El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad. Sólo la ternura nos salvará de la obra del Acusador (cf. Ap 12,10). Por esta razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura. Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad, pero, si lo hace, es para condenarnos. Sabemos, sin embargo, que la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona. La Verdad siempre se nos presenta como el Padre misericordioso de la parábola (cf. Lc 15,11-32): viene a nuestro encuentro, nos devuelve la dignidad, nos pone nuevamente de pie, celebra con nosotros, porque «mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». (Francisco Canal Vidal)

También a través de la angustia de José pasa la voluntad de Dios, su historia, su proyecto. Así, José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia.

En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní.

José, en su papel de cabeza de familia, enseñó a Jesús a ser sumiso a sus padres, según el mandamiento de Dios (cf. Ex 20,12).

En la vida oculta de Nazaret, bajo la guía de José, Jesús aprendió a hacer la voluntad del Padre. Dicha voluntad se transformó en su alimento diario (cf. Jn 4,34). Incluso en el momento más difícil de su vida, que fue en Getsemaní, prefirió hacer la voluntad del Padre y no la suya propia[16] y se hizo «obediente hasta la muerte […] de cruz» (Flp 2,8). Por ello, el autor de la Carta a los Hebreos concluye que Jesús «aprendió sufriendo a obedecer».

Todos estos acontecimientos muestran que José «ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente “ministro de la salvación”»

Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, que ha querido ser hijo de Abraham e hijo de David nace plena y propiamente «según el Espíritu Santo». María y José son bienaventurados por haber creído en que nada es imposible para Dios. El nacimiento virginal del Hijo de Dios, de María Esposa del Espíritu Santo, no deroga la real y verdadera asunción por el Verbo de la «carne» simiente de Abraham y de David.

La intimidad y humanidad de la relación del Patriarca José con Jesús nacido por el Espíritu Santo, de la que es suya por el matrimonio, no queda derogada por la trascendencia del designio divino. La fecunda virginidad de su Esposa es bien de María pero también es bien de José. La parte que tiene José en la virginidad de María hace que haya que atribuir a José, heredero en plenitud de la fe de los antiguos Patriarcas, el fruto nacido de la promesa y del don del Espíritu Santo. 

«La Iglesia entera reconoce en san José a su protector y patrono. A lo largo de los siglos –decía san Josemaría Escriva– se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado. Por eso, desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título entrañable: Nuestro Padre y Señor». Este título es un honor y una responsabilidad. Junto con María, José alimenta, cuida y protege a la familia. Y la Iglesia, al ser la familia de Jesús, tiene a san José como patrono y protector: «La Iglesia, después de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor y colmó de alabanzas al bienaventurado José, y a él recurrió sin cesar en las angustias».

El Concilio Vaticano II habla de «escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida». Por eso, como familia, nos preguntamos constantemente qué es lo que el Señor quiere que aprendamos de cada situación y en cada encrucijada. La intercesión de los santos es una ayuda del cielo para descubrir a Dios en todos los acontecimientos y hacer presente su poder. San José guía y custodia a la Iglesia en este caminar.

Madre Santísima, alcánzanos de Jesucristo nuestro Señor, bajo la acción del Espíritu Santo esta entrega total de San José en los momentos de crisis, particularmente en aquellas que afecten al pueblo Santo de Dios y a sus pastores, por quienes pedimos, a tu virginal esposo, los conserve en la santidad de vida y pureza cristiana. Amen.


 «Enséñanos, José»

Enséñanos, José,

cómo se es «no protagonista»,

cómo se trabaja sin exhibirse,

cómo se avanza sin pisotear,

cómo se colabora sin manejar,

cómo se ama sin reclamar.

Dinos cómo se vive

siendo el «número dos»,

cómo se hacen cosas formidables

desde un segundo plano.

Dinos cómo, mientras la inmensa mayoría

busca ocupar los más importantes puestos,

son los llamados «segundos lugares»,

en los que se encuentra  nuestra

verdadera y oculta grandeza.

Dinos cómo se vive con dignidad

siendo «no importantes».

Convéncenos de que se puede

y debe ser útil, fiel, efectivo,

hasta héroe,

siendo «no importantes».

Explícanos cómo se es «grande» sin exhibirse,

cómo se lucha sin aplausos,

cómo se avanza sin publicidad,

cómo se persevera y se muere

sin que nos hagan

estatuas u homenajes.

Cómo se hace para ser útil, positivo, generoso

sin necesidad de ser «populares» y todavía más difícil,

cómo se hace para darlo todo, sin desear ser «protagonistas»,

y finalmente así, poder sentir por dentro una paz,

una felicidad, un gozo profundo.

¡Enséñanos, José!

Credo (1 vez), Padre Nuestro, Ave María y Gloria (7 veces)


Oración Final

 Dios, nuestro Padre Celestial, en nombre de Tu Hijo Jesús y junto con María, Reina de la Paz, te pedimos que nos des la gracia de nunca olvidar que Tu nos has creado, que nos amas, que eres misericordioso y que eres el Dios de la paz. Danos la gracia de no olvidar que en Jesucristo, nos ofreciste la salvación, la reconciliación, la liberación del pecado y de todo lo malo. Danos la gracia de abrir nuestros corazones a todo lo que Tú nos ofreces. Te pedimos que bendigas a todos aquellos que han perdido la esperanza, para que nunca olviden que Tú eres nuestro Dios de esperanza. Bendice a todos aquellos que no tienen paz, para que nunca olviden que Tú eres el Dios de la paz. Bendice a todos aquellos que tiene odio en sus corazones para que no olviden que Tú eres el Dios del amor. Bendice a todos aquellos que han perdido el propósito de sus vidas, para que nunca olviden que Tú eres el camino, la verdad y la vida. Bendice a todos aquellos que están enfermos, para que nunca olviden que Tú eres el Dios que desea curar. Bendice a todas las personas y a todas las familias, a toda la Iglesia y al mundo entero, para que nunca olvidemos que Tú eres nuestro Dios y nuestro Padre, y para que sigamos el camino de la paz contigo. Perdónanos, Oh Padre, por olvidar tan fácilmente que Tú estas con nosotros, y perdónanos porque nos resulta muy difícil olvidar lo malo, para que podamos servirte con corazones limpios. Te lo pedimos en nombre de Cristo y junto con María. ¡Bendícenos y danos paz! Amen.

(Fray Slavko Barbaric,  28 de Noviembre de 1999)