San José, Padre y Protector de Jesús

San José, Padre y Protector de Jesús

11 de marzo de 2021 0 Por admin

Vuestro amor puro y sincero atrae mi Corazón Materno…


CONSAGRACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Recibid ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que os hago en este día para que os dignéis ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón.

Yo me abandono sin reservas a vuestras divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a vuestras santas inspiraciones. 

¡Oh Santo Espíritu! Dignaos formarme con María y en María, según el modelo de vuestro amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén


Oremos

Oh Padre, que a la luz del Espíritu Santo guía a los creyentes al pleno conocimiento de la verdad, concédenos probar la verdadera sabiduría en tu Espíritu y disfrutar siempre de su consuelo. 

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que es Dios, y vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.


 CREDO APOSTÓLICO

Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra; 

y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, 

que fue concebido del Espíritu Santo, 

nació de la Virgen María, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, 

fue crucificado, muerto y sepultado; 

descendió a los infiernos; 

al tercer día resucitó de entre los muertos; 

ascendió al cielo, está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso: 

de allí vendrá a juzgar a vivos y muertos. 

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Católica, 

la comunión de los santos, el perdón de los pecados, 

la resurrección de la carne, la vida eterna. 

Amén.


 CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

San José Consagro Mi Familia terrenal completa a tu Paternal Protección para que nos mantengáis en resguardo discreto y seguro en estos tiempos. No permitáis, Amado San José, que ni uno sólo se pierda muriendo sin los ritos sacerdotales y sin tu Amable y amante presencia al lado de cada moribundo de nuestra Familia. Te Confiamos a ti esta que es el mayor Bien que El Cielo nos ha prestado para juntos alcanzar la Gloria Celestial. Amén.


Mensaje 2 de marzo de 2020

“Queridos hijos: vuestro amor puro y sincero atrae mi corazón materno. Vuestra fe y confianza en el Padre Celestial son rosas fragantes que me ofrecéis: el ramo de rosas más hermoso, compuesto de vuestras oraciones, de obras de misericordia y amor. 

Apóstoles de mi amor, vosotros que os esforzáis por seguir sinceramente a mi Hijo con un corazón puro, vosotros que sinceramente lo amáis, sed vosotros los que ayudéis, sed un ejemplo para quienes aún no han conocido el amor de mi Hijo. Pero, hijos míos, no solo con palabras sino también con obras y sentimientos puros con los que glorificáis al Padre Celestial. 

Apóstoles de mi amor, es tiempo de vigilia y a vosotros os pido amor; no es para juzgar a nadie, porque el Padre Celestial juzgará a todos. Os pido a vosotros que améis, que difundáis la verdad, porque la verdad es antigua: ella no es nueva, ella es eterna. Ella es la verdad. Ella da testimonio de la eternidad de Dios. Llevad la luz de mi Hijo y dispersad la oscuridad que quiere envolveros cada vez más. No tengáis miedo: por la gracia y el amor de mi Hijo estoy con vosotros. Os doy las gracias.”


 Día 2

En el Plan Reconciliador de Dios, San José tuvo un papel esencial: Dios le encomendó la gran responsabilidad y privilegio de ser el padre adoptivo del Niño Jesús y de ser esposo virginal de la Virgen María. San José, el santo custodio de la Sagrada Familia, es el santo que más cerca está de Jesús y de la Santísima de la Virgen María.

Como es sabido, la concepción del Verbo divino en las entrañas virginales de María se hizo en virtud de una ac­ción milagrosa del Espíritu Santo, sin intervención alguna de San José. Lo dice expresamente el Evangelio (cf. Mt 1,18-20; Le 1,35), y es uno de los dogmas fundamentales de nuestra fe católica. 

Sin embargo, las relaciones de San José con el Hijo de Ma­ría son tan singulares y especialísimas, que la teología no ha encontrado todavía un nombre adecuado para designar conve­nientemente qué clase de paternidad corresponde a San José con relación a Jesús. 

Hay que excluir en absoluto la paternidad física, sería herejía y una contradicción con las Escrituras y la tradición del judaísmo fiel contemporáneo. Pero, de todas las expresiones que habitualmente usamos, como son: padre nutricio, padre adoptivo, padre virginal, padre legal, padre putativo y otras semejantes que solo se refieren a algún aspecto de la  relación  de San José sobre Jesús, la más descriptiva de la sagrada paternidad del Varón Justo, es la denominación de padre virginal, aunque sigue siendo limitada para expresar el esplendor  trascendente de esta paternidad. Esto debido a que, según muchos santos y entre ellos San Francisco de Sales,  San José tiene, en cierto modo, verdadero derecho de propiedad sobre Jesús. He aquí las palabras mismas del santo Obispo de Ginebra:

«Acostumbro decir que, si una paloma (para que la compara­ción sea más conforme a la pureza de los santos de quienes hablo) llevase en su pico un dátil y lo dejara caer en un jardín, ¿no se diría, acaso, que la palmera que de él provendría pertenece al due­ño del jardín? Pues si esto es así, ¿quién podrá dudar que el Espí­ritu Santo, habiendo dejado caer este divino dátil, como divina paloma, en el jardín cerrado de la Santísima Virgen, el cual perte­necía a San José, como la mujer esposa pertenece al esposo, quién dudará, digo, que se puede afirmar con toda verdad que esa divina palmera— Jesús— que produce frutos de inmortalidad pertenece por entero a San José?» 

Según el gran teólogo, Antonio  Royo Marín, O.P. : “el ejemplo puesto por San Francisco de Sales, además de ser delicadísimo y bellísimo, es de una maravillosa exactitud teológica. San José no tuvo parte ni intervención física alguna en la concepción del Verbo divino en las entrañas virginales de María, ya que Ella concibió únicamente por la virtud del Espíritu Santo, o sea milagrosamente. Pero como Jesús es la divina palmera que brotó en el jardín del seno inmaculado de María, y el dueño de ese jardín era evidentemente San José — como el esposo lo es de la esposa, y la esposa lo es del espo­so— , hay que concluir, con toda lógica y verdad, que San José es el dueño de Jesús y que Jesús es realmente suyo por derecho de accesión, para emplear un término jurídico muy conocido. Y este tipo de propiedad natural— por decirlo así— no se ve­rifica en ninguna de las paternidades a que antes aludíamos: es un caso único y singular, que sólo se dio en San José y ab­solutamente en nadie más. 

De hecho, San José ejerció sobre Jesús la función y los de­rechos que corresponden a un verdadero padre, del mismo modo que ejerció sobre María, virginalmente, las funciones y derechos de verdadero esposo. Ambas cosas constan con su­ficiente claridad en el Evangelio. Al encontrar al Niño en el templo de Jerusalén después de tres días de angustiosa bús­queda, la Virgen se queja amorosamente de aquella dolorosa pérdida con estas palabras Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos bus­cándote» (Le 2,48). María nombra a San José dándole el título de padre, prueba evidente de que San José era llamado así por el propio Jesús, que veía en el santo Patriarca un reflejo y una representación auténtica de su Padre celestial. Y, cuando re­gresó con ellos a Nazaret, añade el evangelista que «les estaba sujeto» (Le 2,51), obedeciéndoles en todo y sometiéndose a la autoridad de San José como jefe de la Sagrada Familia. 

San José ejerció sobre Jesús la función y los derechos que corresponden a un verdadero padre, del mismo modo que ejerció sobre María, virginalmente, las funciones y derechos de verdadero esposo. Ambas funciones constan en el Evangelio. Al encontrar al Niño en el Templo, la Virgen reclama a Jesús: «Hijo, porque has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, te buscábamos». María nombra a San José dándole el título de padre, prueba evidente de que él era llamado así por el propio Jesús, pues miraba en José un reflejo y una representación auténtica de su Padre Celestial.

Es imposible expresar con palabras humanas la incompren­sible dignidad de San José como padre nutricio de Jesús, que le coloca mil veces por encima de todos los ángeles y santos y le hace rozar muy de cerca el orden hipostático, si es que realmente no pertenece a él como parte integrante, aunque accidentalmente, como afirman grandes teólogos. 

Escu­chemos a un excelente autor exponiendo este título inefable del glorioso Patriarca: 

«jPadre nutricio de Jesús! Admiro las comunicaciones de los ángeles con el Niño Jesús; su alegría cuando cantaron sobre su cuna: Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena volun­tad; el respeto, el tiernísimo amor con que le iban siguiendo y le servían. Mas ¡cómo palidece todo eso cuando considero, oh veneradísimo y amabilísimo Santo, que sois su padre nutricio; el padre, no de la Iglesia solamente, sino de un Dios; el jefe, no de la crea­ción, sino del Creador del mundo, que quiso estaros sujeto; el guía, no de las esferas celestes…, sino, durante el destierro y en Naza­ret, de Aquel que tiene por nombre la Sabiduría infinita; el depo­sitario de los dos tesoros más preciados del corazón del Padre, su imagen viva, sombra sublime de su belleza, de su amor, de su dulzura; el representante de su paternidad y de su autoridad eter­na, el eco de sus mandatos! ¡Oh San José, protector y padre de Jesús, de la Iglesia y de mi alma! Jamás quiero separaros en mi amor y mi veneración de aquella de quien os hizo Dios esposo, ni de su divino Hijo, que lo es vuestro también, toda vez que ha nacido de esta Virgen inmaculada que es tesoro vuestro; toda vez que es fruto de esa tierra bendita en la cual tenéis vos el derecho de propiedad». 

La relación de esposos que sostuvo San José y Virgen María es ejemplo para todo matrimonio; ellos nos enseñan que el fundamento de la unión conyugal está en la comunión de corazones en el amor divino. Para los esposos, la unión de cuerpos debe ser una expresión de ese amor y por ende un don de Dios. San José y María Santísima, sin embargo, permanecieron vírgenes por razón de su privilegiada misión en relación a Jesús. La virginidad, como donación total a Dios, nunca es una carencia; abre las puertas para comunicar el amor divino en la forma más pura y sublime. Dios habitaba siempre en aquellos corazones puros y ellos compartían entre sí los frutos del amor que recibían de Dios.

Madre Santísima, Reina de la Paz, alcánzanos la gracia de esa pureza del corazón, de las intenciones, de los afectos y decisiones que otorgó el Divino Espíritu a tu Casto Esposo San José, cuyo Amor Virginal, le permitió reconocer la verdad eterna del plan de Dios para con los Sagrados Corazones, los cuales abrazo con la propiedad que el mismo Dios le concedió. Amén.


 «Enséñanos, José»

Enséñanos, José,

cómo se es «no protagonista»,

cómo se trabaja sin exhibirse,

cómo se avanza sin pisotear,

cómo se colabora sin manejar,

cómo se ama sin reclamar.

Dinos cómo se vive

siendo el «número dos»,

cómo se hacen cosas formidables

desde un segundo plano.

Dinos cómo, mientra la inmensa mayoría

busca ocupar los más importantes puestos.

Son los llamados «segundos lugares»,

en los que se encuentra  nuestra

verdadera y oculta grandeza.

Dinos cómo se vive con dignidad

siendo «no importantes».

Convéncenos de que se puede

y debe ser útil, fiel, efectivo,

hasta héroe,

siendo «no importantes».

Explícanos cómo se es «grande» sin exhibirse,

cómo se lucha sin aplausos,

cómo se avanza sin publicidad,

cómo se persevera y se muere

sin que nos hagan

estatuas u homenajes.

Cómo se hace para ser útil, positivo, generoso

sin necesidad de ser «populares» y todavía más difícil,

cómo se hace para darlo todo, sin desear ser «protagonistas»,

y finalmente así, poder sentir por dentro una paz,

una felicidad, un gozo profundo.

¡Enséñanos, José!


Credo (1 vez), Padre Nuestro, Ave María y Gloria (7 veces)


Oración Final

 Dios, nuestro Padre Celestial, en nombre de Tu Hijo Jesús y junto con María, Reina de la Paz, te pedimos que nos des la gracia de nunca olvidar que Tu nos has creado, que nos amas, que eres misericordioso y que eres el Dios de la paz. Danos la gracia de no olvidar que en Jesucristo, nos ofreciste la salvación, la reconciliación, la liberación del pecado y de todo lo malo. Danos la gracia de abrir nuestros corazones a todo lo que Tú nos ofreces. Te pedimos que bendigas a todos aquellos que han perdido la esperanza, para que nunca olviden que Tú eres nuestro Dios de esperanza. Bendice a todos aquellos que no tienen paz, para que nunca olviden que Tú eres el Dios de la paz. Bendice a todos aquellos que tiene odio en sus corazones para que no olviden que Tú eres el Dios del amor. Bendice a todos aquellos que han perdido el propósito de sus vidas, para que nunca olviden que Tú eres el camino, la verdad y la vida. Bendice a todos aquellos que están enfermos, para que nunca olviden que Tú eres el Dios que desea curar. Bendice a todas las personas y a todas las familias, a toda la Iglesia y al mundo entero, para que nunca olvidemos que Tú eres nuestro Dios y nuestro Padre, y para que sigamos el camino de la paz contigo. Perdónanos, Oh Padre, por olvidar tan fácilmente que Tú estas con nosotros, y perdónanos porque nos resulta muy difícil olvidar lo malo, para que podamos servirte con corazones limpios. Te lo pedimos en nombre de Cristo y junto con María. ¡Bendícenos y danos paz! Amen.

(Fray Slavko Barbaric,  28 de Noviembre de 1999)