San José, maestro del silencio contemplativo

San José, maestro del silencio contemplativo

14 de marzo de 2021 0 Por admin

Consagrar una parte del día únicamente para encontrarse con Dios en el silencio…


CONSAGRACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Recibid ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que os hago en este día para que os dignéis ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón.

Yo me abandono sin reservas a vuestras divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a vuestras santas inspiraciones. 

¡Oh Santo Espíritu! Dignaos formarme con María y en María, según el modelo de vuestro amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén


Oremos

Oh Padre, que a la luz del Espíritu Santo guía a los creyentes al pleno conocimiento de la verdad, concédenos probar la verdadera sabiduría en tu Espíritu y disfrutar siempre de su consuelo. 

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que es Dios, y vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.


 CREDO APOSTÓLICO

Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra; 

y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, 

que fue concebido del Espíritu Santo, 

nació de la Virgen María, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, 

fue crucificado, muerto y sepultado; 

descendió a los infiernos; 

al tercer día resucitó de entre los muertos; 

ascendió al cielo, está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso: 

de allí vendrá a juzgar a vivos y muertos. 

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Católica, 

la comunión de los santos, el perdón de los pecados, 

la resurrección de la carne, la vida eterna. 

Amén.


 CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

San José Consagro Mi Familia terrenal completa a tu Paternal Protección para que nos mantengáis en resguardo discreto y seguro en estos tiempos. No permitáis, Amado San José, que ni uno sólo se pierda muriendo sin los ritos sacerdotales y sin tu Amable y amante presencia al lado de cada moribundo de nuestra Familia. Te Confiamos a ti esta que es el mayor Bien que El Cielo nos ha prestado para juntos alcanzar la Gloria Celestial. Amén.


Mensaje, 25 de julio de 1989

“¡Queridos hijos! Hoy los invito a renovar sus corazones. Abranse a Dios y entréguenle a El todas sus dificultades y cruces para que Dios pueda transformarlo todo en gozo. Hijitos, ustedes no pueden abrirse a Dios si no oran. Por eso, a partir de hoy, decídanse a consagrar una parte del día únicamente para encontrarse con Dios en el silencio. De esa manera, ustedes serán capaces, con Dios, de dar testimonio de mi presencia aquí. Hijitos, Yo no deseo obligarlos sino que libremente ustedes den su tiempo a Dios como hijos de Dios. Gracias por haber respondido a mi llamado! ”


La página evangélica de … san Lucas presenta a la Virgen María como «desposada con un hombre llamado José, de la casa de David» (Lc 1, 27). Sin embargo, es el evangelista san Mateo quien da mayor relieve al padre putativo de Jesús, subrayando que, a través de él, el Niño resultaba legalmente insertado en la descendencia davídica y así daba cumplimiento a las Escrituras, en las que el Mesías había sido profetizado como «hijo de David».

Desde luego, la función de san José no puede reducirse a este aspecto legal. Es modelo del hombre «justo» (Mt 1, 19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano. 

 San  Juan Pablo II,  devoto de san José, nos ha dejado una admirable meditación dedicada a él en la exhortación apostólica Redemptoris Custos, «Custodio del Redentor». Entre los muchos aspectos que pone de relieve, pondera en especial el silencio de san José. Su silencio estaba impregnado de contemplación del misterio de Dios, con una actitud de total disponibilidad a la voluntad divina. En otras palabras, el silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino, al contrario, la plenitud de fe que lleva en su corazón y que guía todos sus pensamientos y todos sus actos. Un silencio gracias al cual san José, al unísono con María, guarda la palabra de Dios, conocida a través de las sagradas Escrituras, confrontándola continuamente con los acontecimientos de la vida de Jesús; un silencio entretejido de oración constante, oración de bendición del Señor, de adoración de su santísima voluntad y de confianza sin reservas en su providencia.

No se exagera si se piensa que, precisamente de su «padre» José, Jesús aprendió, en el plano humano, la fuerte interioridad que es presupuesto de la auténtica justicia, la «justicia superior», que él un día enseñará a sus discípulos (cf. Mt 5, 20). Debemos dejarnos «contagiar» por el silencio de san José. Nos es muy necesario, en un mundo a menudo demasiado ruidoso, que no favorece el recogimiento y la escucha de la voz de Dios.

Hoy en día el silencio causa temor. Se vive bajo el condicionamiento de ruido. Cuando se vive en una gran ciudad, podríamos pensar que se necesita, más que en otras partes, volver continuamente al silencio, para preservar un poco de equilibrio interior.

El silencio, en efecto, es un tesoro. Es precioso volver a encontrarlo, ir cada día al encuentro de la Fuente Eterna al que acudían los que debemos las mayores transformaciones del mundo de hoy. ¿A qué debe Santa Teresa del Niño Jesús su grandeza? Al hecho de que dio su vida, escondiéndose en el silencio de Dios. Había oído la llamada del mundo, había escuchado el grito de todas las angustias humanas, y, por ello, decidió colaborar al instauración del Reino de Dios. ¿Cómo? Refugiándose en el silencio de Cristo.

El silencio es creador. Es una presencia, con la cual todos pueden convivir, y, a través de ese silencio, incluso de la liturgia emana una presencia tan perceptible que  sobrecoge.

El silencio es el alimento indispensable de nuestra fe. El ayuda a aceptar lo que puede resultar incomprensible a los ojos de los demás. En su alabanza a la Virgen María, San Bernardo establece un sorprendente paralelo entre Tomás y José: “Así como Tomás, al dudar y al tocar con sus manos, se convirtió en el más seguro testigo de la Resurrección del Señor, así José, al desposarse con María y al contemplar atentamente su manera de vivir durante el tiempo en que estuvo confiada a su protección, se convirtió en el testigo más fiel de su castidad”. Sí, en efecto, testigo fiel, discreto, silencioso, obediente sobre todo.

Cuando el Ángel del Señor le pide que no repudie secretamente a María, José no se ríe como lo hizo Sara, cuando su esposo Abraham le anunció una situación algo semejante. Cree, es decir, obedece sin comprender.

“Dejémonos invadir por el silencio de San José”. Sí, en el silencio podemos aprender a nacer en el conocimiento de Dios. Si queremos adentrarnos en el corazón de la verdad, si queremos recibir toda la luz que emana de Cristo, hay que aprender a amar el silencio:”Nunca me arrepentí de haberme callado”, decía el cardenal Newman, “pero sí, a veces, de haber hablado”.

El silencio no sólo es indispensable para lograr una vida religiosa y humana auténtica, sino que es también esencial para quien quiere permanecer en la vida religiosa. La permanencia, lo que San Pablo llama la perseverancia, es una cualidad que él eleva prácticamente al rango de virtud teologal, de tanto que la asocia estrechamente con la fe y la caridad. La perseverancia equivale al “no cejes” de Yahvé a Josué cuando le insta a que entre en la tierra de Promisión (Jos. 1,6).

No queremos adorar el silencio; queremos amarlo, puesto que nos ha sido dado como compañero de nuestras vidas.

Del hombre al que Mateo llama «justo» en el Evangelio, el Patrono de la Iglesia Universal, de los trabajadores y de una infinidad de ciudades y lugares, no se conocen palabras, sino sólo silencios. Estos, por lo tanto, deben ser entendidos como palabras y pensamientos. En esta aparente ausencia Benedicto XVI también se adentra y extrae la riqueza de una vida completa, de un hombre que desde el trasfondo -dice en un Angelus de 2005-, con su ejemplo sin aspavientos, afectará el crecimiento de Jesús el hombre-Dios:

“Un silencio gracias al cual san José, al unísono con María, guarda la palabra de Dios […] un silencio entretejido de oración constante, oración de bendición del Señor, de adoración de su santísima voluntad y de confianza sin reservas en su providencia. No se exagera si se piensa que, precisamente de su «padre» José, Jesús aprendió, en el plano humano, la fuerte interioridad que es presupuesto de la auténtica justicia, la «justicia superior», que él un día enseñará a sus discípulos”.

El trabajo de carpintero en la casa de Nazaret está envuelto por el mismo clima de silencio que acompaña todo lo relacionado con la figura de José. Pero es un silencio que descubre de modo especial el perfil interior de esta figura. Los Evangelios hablan exclusivamente de lo que José «hizo»; sin embargo permiten descubrir en sus «acciones» —ocultas por el silencio— un clima de profunda contemplación. 

El sacrificio total, que José hizo de toda su existencia a las exigencias de la venida del Mesías a su propia casa, encuentra una razón adecuada «en su insondable vida interior, de la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos, y de donde surge para él la lógica y la fuerza —propia de las almas sencillas y limpias— para las grandes decisiones, como la de poner enseguida a disposición de los designios divinos su libertad, su legítima vocación humana, su fidelidad conyugal, aceptando de la familia su condición propia, su responsabilidad y peso, y renunciando, por un amor virginal incomparable, al natural amor conyugal que la constituye y alimenta»

Puesto que el amor «paterno» de José no podía dejar de influir en el amor «filial» de Jesús y, viceversa, el amor «filial» de Jesús no podía dejar de influir en el amor «paterno» de José, ¿cómo adentrarnos en la profundidad de esta relación singularísima? Las almas más sensibles a los impulsos del amor divino ven con razón en José un luminoso ejemplo de vida interior.

Además, la aparente tensión entre la vida activa y la contemplativa encuentra en él una superación ideal, cosa posible en quien posee la perfección de la caridad. Según la conocida distinción entre el amor de la verdad (caritas veritatis) y la exigencia del amor (necessitas caritatis), podemos decir que José ha experimentado tanto el amor a la verdad, esto es, el puro amor de contemplación de la Verdad divina que irradiaba de la humanidad de Cristo, como la exigencia del amor, esto es, el amor igualmente puro del servicio, requerido por la tutela y por el desarrollo de aquella misma humanidad.


 «Enséñanos, José»

Enséñanos, José,

cómo se es «no protagonista»,

cómo se trabaja sin exhibirse,

cómo se avanza sin pisotear,

cómo se colabora sin manejar,

cómo se ama sin reclamar.

Dinos cómo se vive

siendo el «número dos»,

cómo se hacen cosas formidables

desde un segundo plano.

Dinos cómo, mientra la inmensa mayoría

busca ocupar los más importantes puestos.

Son los llamados «segundos lugares»,

en los que se encuentra  nuestra

verdadera y oculta grandeza.

Dinos cómo se vive con dignidad

siendo «no importantes».

Convéncenos de que se puede

y debe ser útil, fiel, efectivo,

hasta héroe,

siendo «no importantes».

Explícanos cómo se es «grande» sin exhibirse,

cómo se lucha sin aplausos,

cómo se avanza sin publicidad,

cómo se persevera y se muere

sin que nos hagan

estatuas u homenajes.

Cómo se hace para ser útil, positivo, generoso

sin necesidad de ser «populares» y todavía más difícil,

cómo se hace para darlo todo, sin desear ser «protagonistas»,

y finalmente así, poder sentir por dentro una paz,

una felicidad, un gozo profundo.

¡Enséñanos, José!


Credo (1 vez), Padre Nuestro, Ave María y Gloria (7 veces)


Oración Final

 Dios, nuestro Padre Celestial, en nombre de Tu Hijo Jesús y junto con María, Reina de la Paz, te pedimos que nos des la gracia de nunca olvidar que Tu nos has creado, que nos amas, que eres misericordioso y que eres el Dios de la paz. Danos la gracia de no olvidar que en Jesucristo, nos ofreciste la salvación, la reconciliación, la liberación del pecado y de todo lo malo. Danos la gracia de abrir nuestros corazones a todo lo que Tú nos ofreces. Te pedimos que bendigas a todos aquellos que han perdido la esperanza, para que nunca olviden que Tú eres nuestro Dios de esperanza. Bendice a todos aquellos que no tienen paz, para que nunca olviden que Tú eres el Dios de la paz. Bendice a todos aquellos que tiene odio en sus corazones para que no olviden que Tú eres el Dios del amor. Bendice a todos aquellos que han perdido el propósito de sus vidas, para que nunca olviden que Tú eres el camino, la verdad y la vida. Bendice a todos aquellos que están enfermos, para que nunca olviden que Tú eres el Dios que desea curar. Bendice a todas las personas y a todas las familias, a toda la Iglesia y al mundo entero, para que nunca olvidemos que Tú eres nuestro Dios y nuestro Padre, y para que sigamos el camino de la paz contigo. Perdónanos, Oh Padre, por olvidar tan fácilmente que Tú estas con nosotros, y perdónanos porque nos resulta muy difícil olvidar lo malo, para que podamos servirte con corazones limpios. Te lo pedimos en nombre de Cristo y junto con María. ¡Bendícenos y danos paz! Amen.

(Fray Slavko Barbaric,  28 de Noviembre de 1999)