San Agustín: ¡Se ha de confesar que María está en Cristo y con Cristo!

San Agustín: ¡Se ha de confesar que María está en Cristo y con Cristo!

27 de agosto de 2021 0 Por admin

“Está con aquel al que engendró en su seno, está junto a Él María, la Madre de Dios…” 


DEL TRATADO SOBRE LA ASUNCIÓN DE SANTA MARIA VIRGEN 

Traductor: P. TEODORO CALVO MADRID 


…Cuanto considero, cuanto comprendo, cuanto creo, el alma de María disfruta de la claridad de Cristo y de sus gloriosas contemplaciones. Siempre sedienta de ver y siempre contemplando, la honra el hijo con la más excelente y especial prerrogativa, mientras se goza incomparablemente: poseer en Cristo el cuerpo que ella engendró y que está exaltado a la derecha del Padre. Y si no posee el cuerpo gracias al cual engendró, sí posee el cuerpo que engendró. ¿Y por qué no posee el cuerpo, gracias al cual engendró? Si no dice nada en contra una reconocida autoridad, creo verdaderamente que también posee el cuerpo, gracias al cual engendró, porque tanta santificación es más digna del cielo que de la tierra., El trono de Dios, el tálamo del Señor del cielo, la casa y el tabernáculo de Cristo, es digno de estar donde está El, pues tan precioso tesoro es más digno de guardarse en el cielo que en la tierra. Así pues, como no puedo sentir que aquel sacratísimo cuerpo del que Cristo tomó la carne y unió la naturaleza divina a la humana no dejando de ser lo que era, sino asumiendo lo que no era, Verbo que se hizo carne, es decir, Dios que se hizo hombre, sea entregado como alimento a los gusanos, temo decir que haya seguido la suerte de la putrefacción y del polvo que sigue a los gusanos. Si no sintiera yo nada más elevado de ello que de lo que es propio del género humano, no diría nada sino como lo diría de esto propio. Lo que sin aquella ambigüedad se desvanece con la muerte, es, después de la muerte, futura putrefacción; después de la putrefacción gusano y después del gusano, como conviene, abyectísimo polvo. No se puede consentir creer esto de María, pues el incomparable regalo de la gracia rechaza de lejos pensar esto. 

Acerca de esto, me invita a hablar la consideración de muchas cosas, entre las que sin duda se encuentra aquella que la misma Verdad dijo en una ocasión a sus discípulos: el que a mí me sirve, me sigue y donde estoy yo, allí también estará mi servidor. Si ésta es la sentencia general de todos los que sirven por la fe y por las obras piadosas a Cristo, ¿cuánto más y cómo lo será especialmente de María? Todo el que juzga sanamente, entiende que María sirvió a Cristo mostrando las obras y por la rigidísima verdad de la fe. Sin duda nació una ayudadora para realizar la obra, la cual le engendró en su seno y después del parto le sustentó y protegió y, como dice el Evangelio, le reclinó en un pesebre y, huyendo de Herodes, le escondió en Egipto.Y toda su infancia estuvo acompañada por el afecto de su Madre, de modo que indudablemente no dejó de seguirle no solamente caminando, como por reverencia del Señor, sino también imitándole hasta la cruz, en que vio pender a su Hijo, cuando era ya perfecto hombre. Así pues, María se manifestó por sus cualidades una ayudadora de las obras especiales de Cristo, así como muy devota. De este modo fue, sin duda, seguidora de la religión por la fe y de la verdadera credulidad por la caridad. No pudo sino creer en la divinidad la que supo que éste no había sido concebido por medio del semen del varón, según el orden natural, sino por medio de ese divino canal que fue el arcángel mensajero, la que viendo que acudía a Él la multitud de los ángeles que le servían, como sucedió cuando fue concebido y nació, que se formó con el ángel la multitud del ejército celestial de los que claman y dicen: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad  y la que, cuando huyó El a Egipto y volvió después, pudo conocer todas estas cosas con claridad, porque tales complacencias no convienen sino a Dios. Por eso la anunciación de la estrella y el inesperado viaje de los magos desde tierras lejanas, constituyó para ella un indicio de la verdad. Igualmente, fue insólito para ella y para los demás el especial encuentro con la profética dignidad de Simeón y Ana. Conservando María todas estas cosas, más robustecida por todas ellas en la fe, las llevaba en un corazón piadoso, en tanto que no vacilante, sino segura de la verdadera virtud de Dios; dijo cuando faltó el vino en las bodas: no tienen vino, sabiendo plenamente que podía hacer aquello que le concernía completar a Él con un divino milagro. He aquí, pues, a María ayudadora de Cristo por la fe y las obras, y devota seguidora suya hasta la muerte, más que por el caminar, como se ha de creer, por imitarle. Si no estuviera allí donde quiere Cristo que estén sus discípulos, ¿dónde pues estará?; y, si está allí, ¿no estará con igual gracia?; y si está allí con igual gracia, ¿dónde está el favorable juicio de Dios que da a cada uno según sus méritos? 

Si a María se le concede la gracia antes que a todos, ¿se le disminuirá cuando muera? No, porque si la muerte de todos los santos es preciosa, la de María, a la que tanta gracia acompañó, que se la llama Madre de Dios y lo es, es razonablemente preciosísima. 

Consideradas estas cosas universales, también por la verdadera razón, creo que se ha de confesar que María está en Cristo y con Cristo. En Cristo, porque en El vivimos, nos movemos y existimos. Con Cristo está gloriosamente asunta, para gozar de las alegrías de la eternidad; está aceptada por la benignidad de Cristo la más apreciada de entre todas las criaturas, la que El honró aquí con la gracia antes que al resto de ellas. Y no es llevada después de la muerte a la común humildad de la putrefacción, del gusano y del polvo, la que engendró a su Salvador y al Salvador de todos en cuyo poder, si está el que no perezca un cabello de la cabeza de los santos, está también el poder guardar intactos aquel cuerpo y aquella alma. Si ningún eclesiástico duda de que no pueda guardar a su Madre incorrupta para siempre, ¿por qué se ha de dudar que quiera lo que tiene reservado para la gracia de tanta benignidad? Si la voluntad divina quiso por la sola gracia no sólo conservar ilesos los cuerpos de los jóvenes de las crepitantes llamas del intenso fuego, sino también conservar intactos sus vestidos, ¿por qué niega para su propia madre lo que quiso para el vestido ajeno? Yendo más allá de lo natural, quiso, por la sola misericordia, conservar incorrupto a Jonás en el vientre del cetáceo. ¿No conservará incorrupta a María por la gracia, yendo más allá de la naturaleza? Daniel fue guardado de la inmoderadísima hambre de los leones. ¿No se ha de guardar a María, obsequiada de dignidades por tantos méritos? Como sabemos que lo que hemos dicho no observa las leyes de la naturaleza, no dudamos que en el caso de la integridad de María puede más la gracia que la naturaleza. Lo que hemos dicho es obra de la divinidad, y es posible, porque lo realiza la omnipotencia. Cristo es la Virtud de Dios y la Sabiduría de Dios. Suyo es lo que es del Padre. Lo es, todo lo que es querer, pero querer lo que es justo y digno. Por eso se ve que María se alegra dignamente con inenarrable alegría de alma y de cuerpo en el propio Hijo, con el Hijo propio y por el Hijo propio, y no se ve que ninguna tribulación propia de la corrupción deba acompañar a la que hasta tal punto no acompañó ninguna corrupción de la integridad al dar a luz, que es siempre incorrupta: la que fue llena de tanta gracia, es Íntegramente viviente, la que engendró a la vida íntegra y perfecta de todos, está con aquel al que engendró en su seno, está junto a Él María, la Madre de Dios, la nodriza de Dios, la auxiliadora de Dios, la cual le engendró, le cuidó y le alimentó, y de la que, como ya dije, puesto que no me atrevo a sentir de otra manera, sospecho no poder hablar sino como he hablado. 

Así pues, tome este sentido vuestra caridad fraterna, según lo que ha inspirado el Espíritu de Cristo. Se ha mostrado en parte lo que me animó a hablar así. Si alguien se opusiera a ello y quisiera decir que Cristo no pudo hacerlo, muestre por qué no conviene que lo quiera y, por lo tanto, que no exista. Y si manifiesta haber conocido el consejo de Dios sobre esto, comenzaré a creer que va dirigido a él lo que no sospeché sentir en caso contrario, y me asombrará que haya investigado la grandeza del consejo divino, que a mí, con el Apóstol, me parece que debe ser admirado con digna reverencia, y que dice: ¡Oh grandeza de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios, qué inescrutables son sus juicios y qué insondables sus caminos!. Y, como según el mismo Apóstol, en parte conocemos y en parte profetizamos, aunque de esto no lo dije todo, lo dije, sin embargo, como creí que debía decirlo. Si pues lo que escribí es verdadero, te doy gracias, Cristo, porque no pude sentir de la Virgen santa, tu Madre, sino lo que se ve que es piadoso y digno. Así pues, si lo dije como debo, apruébalo tú y los tuyos. Pero si no, perdóname tú y los tuyos. Que con Dios Padre y el Espíritu Santo vives y reinas por todos los siglos de los siglos. Amén.