¿Qué significa ser “esclavito de amor”?

¿Qué significa ser “esclavito de amor”?

3 de enero de 2022 0 Por admin

Queremos pertenecer a Jesús por María: por entero, para siempre y por amor desinteresado.


 Según el sentimiento de los Padres y Doctores de la Iglesia, el parecer de los Sumos Pontífices, de los Santos y de los escritores ascéticos, y según la mismísima Escritura, podemos llamarnos «escla­vos» de Dios, de Jesucristo, y también de la Santísima Virgen María. La santa esclavitud de que habla San Luis María de Montfort es totalmente conforme al espíritu del cristianismo; ¿qué digo?, constituye como su médula y su más pura esencia.

            Pero es de la mayor importancia comprender bien el sentido exacto de este término de esclavitud. Sobre el significado de esta pa­labra han habido muchas ideas falsas y muchos errores de interpretación, que ha podido alejar a un cierto número de almas de la práctica de nuestra perfecta Devoción a Nuestra Señora.

            Ante todo, es evidente que, al emplear esta palabra en un orden superior y sobrenatural, no pretendemos de ningún modo aprobar o recomendar la esclavitud entre los hombres. La Iglesia Católica, más que nadie, luchó por la abolición de esta esclavitud.

            Al llamarnos esclavos voluntarios de Jesús y de María no pretendemos tampoco introducir, en nuestras relaciones con Dios y con su santísima Madre, los abusos de la esclavitud humana.

            No queremos decir con ello que Dios o la Santísima Virgen nos han de tratar de ahora en adelante con dureza, como hacían demasiado frecuentemente los amos de esclavos con sus víctimas.

            No queremos decir tampoco que habríamos de acudir tan sólo con un temor rastrero y servil a Aquella que es la más dulce y la más amante de las Madres.

            ¡No! La crueldad de los amos y la servilidad de los esclavos eran accidentales incluso a la misma esclavitud humana, y no pertenecen por tanto a la naturaleza y esencia misma de la esclavitud.

            Había también amos buenos y caritativos. Y no faltaban esclavos llenos de afecto y fidelidad, que servían a sus amos libre y volun­tariamente.

            Con mayor razón, pues, hemos de excluir los abusos señalados, de la hermosa y noble esclavitud a la que queremos entregarnos.

            Por consiguiente, debemos tomar aquí el término «esclavitud» en su acepción puramente esencial, y entonces no significa nada más que pertenencia y dependencia total, definitiva y gratuita.

            Un esclavo era un hombre que pertenecía a otro con todo lo que era y con todo lo que poseía, y eso para toda su vida y sin tener derecho legalmente a ninguna retribución.

            Así es como queremos pertenecer a Jesús por María: por entero, para siempre y por amor desinteresado.

            Vamos incluso mucho más lejos que el esclavo ordinario en nuestra dependencia y en nuestra pertenencia.

            Un esclavo pertenecía a su amo solamente en lo referente al exterior, en el orden natural y eso únicamente durante su vida mortal en esta tierra; mientras que nosotros pertenecemos a Jesús por María en lo que se refiere al exterior y al interior, en el orden natural y en el sobrenatural, durante el tiempo presente y por toda la eternidad.

            Por lo tanto, cuando nos llamamos esclavos de Dios y de la Santísima Virgen, queremos decir esto, todo esto, y nada más que esto: pertenencia radical, universal, eterna, de puro amor, a Dios por María.

            Observemos además que nuestra esclavitud es una esclavitud voluntaria.

            De ordinario —aunque no siempre— los esclavos no se convertían en tales sino por coacción exterior, y sólo lo seguían siendo por fuerza y por violencia.

            Nosotros somos esclavos voluntarios: con todas las energías de nuestra libre voluntad aceptamos la esclavitud perfecta de Cristo y de María, y perseveramos luego en ella. Queremos libremente ser esclavos de Dios, aun cuando no estuviésemos obligados por naturaleza a esta dependencia absoluta. Queremos libremente ser esclavos de María, aun cuando Ella no tuviese, como tiene en realidad, títulos que hacer valer a nuestra pertenencia total respecto de Ella.

            Y obsérvese bien, somos esclavos de amor.

            El amor, y todo amor, produce la dependencia. Jesús hace consistir precisamente el verdadero amor por El en el cumplimiento de sus voluntades, de sus mandamientos. En la misma medida en que amamos a alguien, en esa misma medida nos hacemos dependientes de él, y no podemos negarle nada. Y parece que sólo el amor puede hacer a alguien completa y definitivamente dependiente.

            Este será también el efecto de nuestro amor a Jesús y a su santísima Madre. Puesto que este amor es el más fuerte y poderoso que pueda cautivar a un corazón humano, lleva a la dependencia más completa y radical, esto es, a la esclavitud.

            En un sentido infinitamente más noble que el hombre mundano, cautivo y esclavo de sus amores vergonzosos, nosotros somos los libres, orgullosos y envidiables esclavos del amor más hermoso y puro que pueda encender a un alma humana. Nuestra esclavitud procede del amor, y no puede proceder más que del amor. Y conduce también al amor, como lo enseña Montfort y como lo prueba la experiencia: conduce al más filial y confiado amor a Dios y a su santísima Madre.

            Nuestra esclavitud no es una esclavitud vergonzosa y degradante. No. Pues «servire Deo regnare est: servir a Dios es reinar», es ser rey. En definitiva, pues, no tenemos como creaturas más que una sola grandeza y una sola gloria: la de depender de Dios y de aquellos que se encuentran revestidos de su autoridad. Y cuanto más lejos se avanza en esta esclavitud, y más profunda se hace esta dependencia, tanto más agradable se hace el hombre a los ojos de Dios, de sus Santos y de sus Angeles. Ahora bien, nuestra «esclavitud» es indiscutiblemente la esclavitud llevada a su apogeo, tanto en su duración como en su extensión y en la intensidad de la dependencia. «Nada hay entre los cristianos», dice Montfort con razón, «que nos haga pertenecer a otro como la esclavitud; nada hay tampoco entre los cristianos que nos haga pertenecer más absolutamente a Jesucristo y a su santísima Madre como la esclavitud de voluntad» . Estemos orgullosos de nuestra condición de esclavos voluntarios y de amor de Jesús en María.

            Llevemos su señal exterior y pública de buena gana, bajo la for­ma de nuestra hermosa insignia.

            Pero llevemos nuestro título y nuestra insignia con dignidad: Nobleza obliga…

            Acordémonos en nuestra vida cotidiana de que en todo, pensamientos, palabras, acciones, debemos depender de Jesús y de María, y de que en todo debemos buscar sus intereses y su gloria.


Tomado del libro:  Fundamentos y Práctica de la Vida Mariana, de J. Mª Hupperts S.M.M.