¿Qué es esto que oigo decir de ti?

¿Qué es esto que oigo decir de ti?

29 de septiembre de 2020 0 Por admin

Esclavitud de amor a María Reina de la Paz. Día 17

DEL JUICIO Y PENAS POR NUESTROS PECADOS


San Lucas 16, 1-7

Y decía también a sus discípulos: «Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado delante de él como disipador de sus bienes. Y le llamó y le dijo: ¿Qué es esto que oigo decir de ti? Da cuenta de tu mayordomía porque ya no podrás ser mi mayordomo. Entonces el mayordomo dijo entre sí: ¿Qué haré porque mi señor me quita la mayordomía? Cavar no puedo, de mendigar tengo vergüenza. Yo sé lo que he de hacer, para que cuando fuere removido de la mayordomía me reciban en sus casas. Llamó, pues, a cada uno de los deudores de su señor, y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? Y éste le respondió: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu escritura, y siéntate luego, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: ¿Y tú, cuánto debes? Y él respondió: Cien coros de trigo. El le dijo: Toma tu vale y escribe ochenta.”


Mensaje, 2 de mayo de 2011

“Queridos hijos, Dios Padre me envía para mostraros el camino de la salvación, porque Él, hijos míos, desea salvaros y no condenaros. Por eso yo, como madre, os reúno a mi alrededor, porque con mi amor materno deseo ayudaros para que estéis libres de la suciedad del pasado y comencéis a vivir de nuevo y de manera diferente. Os llamo a que resucitéis en mi Hijo. Mediante la confesión de vuestros pecados, renunciéis a todo lo que os ha distanciado de mi Hijo y que ha hecho que vuestras vidas sean vacías e infructuosas. Decid SÍ al Padre con vuestro corazón y poneos en camino de la salvación, a la que Él os llama a través del Espíritu Santo. Gracias” Rezo especialmente por los pastores, para que Dios les ayude a estar a vuestro lado, de todo corazón.”


El buen administrador, que tiene confianza debida a su administración, vive  separado del espíritu del mundo, porque desea estar con Cristo, pues se reconoce  ciudadano del cielo, como dice San Pablo (Flp 3, 20), mientras que el que vive sumergido en los bienes aparentes de la tierra, se encuentra lleno de angustia a la hora que ve inminente  su salida de este mundo. Por tanto, se dice de este mayordomo: «Entonces el mayordomo dijo entre sí: ¿Qué haré yo, porque mi señor me quita la administración? Cavar no puedo, de mendigar tengo vergüenza». Cuando falta fuerza para trabajar es porque se lleva una vida perezosa. Nada hubiera temido en esta ocasión si se hubiese acostumbrado al trabajo. La vida presente es para vivir en la confianza y abandono en la voluntad de Dios, en  la abnegación constante  de sus mandamientos, que en la vida venidera existirá  abundancia de consuelo. Si aquí no nos empeñamos en el amor de Dios, en vano esperamos gozarlo en la otra vida, debido a que nuestras fuerzas estarán solo acostumbradas a las complacencias pasajeras, a las vanidades, reconocimientos y arrogancias. Nada de eso es verdadero ni trasciende a la eternidad. Entonces ni el mendigar nos servirá. Prueba de esto son las vírgenes imprevisoras que en su necedad pidieron a las que eran prudentes, pero nada alcanzaron (San Mateo 25).

“Mira el fin en todas las cosas, y de qué suerte estarás delante de aquel juez justísimo, al cual no hay cosa encubierta, ni se amansa con dádivas, ni admite excusas, sino que juzgará justísimamente. ¡Oh ignorante, y miserable pecador! ¿Qué responderás a Dios, que sabe todas tus maldades, tú que temes a veces el rostro de un hombre airado? ¿Por qué no te previenes para el día del juicio cuando no habrá quien defienda ni ruegue por otro, sino que cada uno tendrá bastante que hacer por sí? Ahora tu trabajo es fructuoso, tu llanto aceptable, tus gemidos se oyen, tu dolor es satisfactorio y justificativo”. (Imitación de Cristo 24, 1)

“Es muy difícil, dada nuestra pequeñez y fragilidad, conservar las gracias y tesoros de Dios, porque: Llevamos este tesoro, más valioso que el cielo y la tierra, en vasijas de arcilla (2 Cor 4, 7), en un cuerpo corruptible, en un alma débil e inconstante que por cualquier cosa se turba y abate. Los demonios, ladrones muy astutos, quieren sorprendernos de improviso para robarnos y desvalijarnos. Espían día y noche el momento favorable para ello. Nos rodean incesantemente para devorarnos (ver 1Pe 5, 8) y arrebatarnos en un momento –por un solo pecado- todas las gracias y méritos logrados en muchos años… Y ¿Cuál es la causa? No fue falta de gracia, que Dios a nadie niega, sino ¡falta de humildad! Se consideraron capaces de conservar sus tesoros. Se fiaron de sí mismos y se apoyaron en sus propias fuerzas.”  (Tratado V. D.  87-88)

“El entregarse así a Jesús por María es imitar a Dios Padre, que no nos ha dado a Jesús sino por María, y que no nos comunica sus gracias sino por María; es imitar a Dios Hijo, que no ha venido a nosotros sino por María, y como nos ha dado ejemplo para que según hizo Él hagamos nosotros, nos ha invitado a ir a Él por el mismo camino que Él ha venido, que es María; es imitar al Espíritu Santo, que no nos comunica sus gracias y dones, sino por María «¿No es justo, dice San Bernardo, que vuelva la gracia a su Autor por el mismo canal por donde se nos ha transmitido?” (Secreto de María 35)

“Ir de este modo a Jesús por María es verdaderamente honrar a Jesucristo, pues es dar a entender que por razón de nuestros pecados, no somos dignos de acercarnos directamente ni por nosotros mismos a su infinita santidad, y que nos hace falta María, su Santísima Madre, para que sea nuestra abogada y mediadora con nuestro mediador que es Él. Esto es al mismo tiempo acercarnos a Él como medianero y hermano nuestro y humillarnos ante Él, como ante nuestro Dios y nuestro juez; es, en una palabra, practicar la humildad, que arrebata siempre el corazón de Dios.”  (Secreto de María 36)


Mensaje, 2 de julio de 2017

“Queridos hijos, os doy las gracias porque respondéis a mis llamadas y porque os reunís en torno a mí, vuestra Madre Celestial. Sé que pensáis en mí con amor y esperanza, y yo también siento amor hacia todos vosotros, como también lo siente mi amadísimo Hijo que, en su amor misericordioso, siempre y de nuevo me envía a vosotros. Él, que se hizo hombre, que era y es Dios, Uno y Trino; Él, que por vuestra causa ha sufrido en el cuerpo y en el alma. Él, que se ha hecho Pan para nutrir vuestras almas, y así salvarlas. Hijos míos, os enseño cómo ser dignos de Su amor, a dirigir a Él vuestros pensamientos, a vivir a mi Hijo. Apóstoles de mi amor, os envuelvo con mi manto porque, como Madre, deseo protegeros. Os pido: orad por todo el mundo. Mi Corazón sufre, los pecados se multiplican, son muy numerosos. Pero con vuestra ayuda, que sois humildes, modestos, llenos de amor, ocultos y santos, mi Corazón triunfará. Amad a mi Hijo por encima de todo y a todo el mundo por medio de Él. No olvidéis nunca que cada hermano vuestro lleva en sí algo precioso: el alma. Por eso, hijos míos, amad a todos aquellos que no conocen a mi Hijo, para que, por medio de la oración y del amor que proviene de esta, puedan ser mejores; para que la bondad en ellos pueda vencer, para que las almas se salven y tengan vida eterna. Apóstoles míos, hijos míos, mi Hijo os ha dicho que os améis los unos a los otros. Que esto esté escrito en vuestros corazones y con la oración procurad vivir este amor. ¡Os doy las gracias!”