Novena Santa María Madre de Dios y Reina de la Paz, Día 7

Novena Santa María Madre de Dios y Reina de la Paz, Día 7

29 de diciembre de 2021 0 Por admin

María en el Calvario 

María en el Calvario 


Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y maría Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. — Juan 19:25-27 


Mensaje, 25 de abril de 1999

“¡Queridos hijos! También hoy los invito a la oración. Hijitos, sean portadores gozosos de paz y de amor en este mundo sin paz. Por medio del ayuno y de la oración, testimonien que son míos y que viven mis mensajes. Oren y busquen! Yo oro e intercedo por ustedes ante Dios, para que se conviertan, para que su vida y su comportamiento sean siempre cristianos. Gracias por haber respondido a mi llamado! ”


Comentario:

El peregrino es alguien que busca y también alguien que en medio del desaliento, de un sentimiento de inutilidad o de oscuridad, decide convertirse en peregrino. Y es que esto quiere decir que ha recibido la gracia de no querer detenerse y que en vez de eso desea superar su situación. Muchas personas han dado testimonio aquí de que sus vidas, que se habían vuelto áridas y sin sentido, han resucitado gracias a su peregrinación a Medjugorje.

Ser capaces de buscar significa al mismo tiempo estar dispuestos a llevar esperanza a los demás. Y María, la nueva Eva, la Madre de la vida y Madre del Rey de la Paz, es la única que puede darnos el impulso para esa actividad. Sabemos que el mal, el pecado y el odio también impulsan a la gente y que esa gente tratan de encontar en quienes descargar su odio y su destrucción. Esto es de lo más peligroso, tratándose del mal y del pecado. Una persona que hace el mal nunca se queda sola, siempre encuentra alguien a quien hacerle algo negativo y por eso nunca se cansa. En la Biblia está escrito que Satanás anda rondando el mundo como león rugiente buscando a quien devorar. Y aunque el amor y la luz siempre son más fuertes, nosotros debemos poner de nuestra parte para que triunfen. (Fray Slavko Barbaric)


Oración 

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las plegarias que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita! 


Reflexión 

De pie junto a su hijo crucificado, María sufrió en su corazón todo lo que padeció él. Fue enorme el sacrificio que Dios le pidió a María en el Calvario. Le pidió que creyera, a pesar de que no había ninguna razón humana para creer, lo que le había anunciado a través del Ángel Gabriel treinta años antes: Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin (Lucas 1:32-33). 

Dios le pidió a María que consintiera el sacrificio de Cristo ofreciendo a Jesús al Padre en un acto de adoración, y que uniera sus propios sufrimientos a los de Cristo por nuestra salvación. Los Padres del Concilio Vaticano II describieron maravillosamente la obra de María en el Calvario: María cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia (Lumen Gentium, 61). 

Para revelar que, al pie de la cruz, María estaba en pleno parto, dando a luz a la Iglesia, Jesús dijo: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Y al discípulo que amaba, que representa a cada uno de nosotros: Ahí tienes a tu madre. El antiguo autor cristiano Orígenes de Alejandría escribió lo siguiente: “Pues si María, como declaran quienes con solidez argumental la exaltan, no tuvo otro hijo que Jesús, y sin embargo Jesús dice a su madre “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y no “Ahí tienes a este otro hijo”, lo que dice Jesús es prácticamente “Ahí tienes a Jesús, a quien diste a luz”. Si es cierto que todo el que es perfecto ya no vive en sí mismo sino que es Cristo quien vive en él, entonces si Cristo vive en él, lo que se le dice a María es “Ahí tienes a tu hijo Cristo” (Orígenes, Comentario al Evangelio de Juan, Libro 1, cap. 6). 

San Juan agrega enseguida que desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. Los estudiosos de las Escrituras señalan que el texto podría traducirse literalmente como desde aquella hora el discípulo la acogió como propia. Cristo quiere que todos sus discípulos amados establezcan una relación hijo-madre con su madre, la primera y más perfecta de sus discípulos. El discípulo la recibe en su intimidad y le pide que le enseñe los caminos de Cristo. San Juan Pablo II comprendía la consagración a Jesús a través de María a partir de este versículo de la Escritura: “El discípulo la acogió como propia”. San Luis de Montfort y San Maximiliano Kolbe le habían enseñado la importancia de la consagración total a Jesús a través de María. Estos tres sacerdotes santos también nos ayudarán a nosotros a entregar todo a Jesús por medio de María. 

Es tan importante en estos tiempos de peligro hacer un acto de Consagración total a Jesús a través de la Santísima Virgen. Mediante este acto en el que el cristiano se ofrece a sí mismo, se entrega todo a Cristo por medio de María: el cuerpo, el alma, las posesiones materiales y las ocupaciones, así como todo don espiritual. Por medio de la consagración, el cristiano se hace libremente siervo y esclavo de María para pertenecer completamente a Jesús. A diferencia de la esclavitud del pecado, esta esclavitud elegida libremente es la única atadura que nos da verdadera libertad y paz. Entregando todo a Cristo por medio de María, el cristiano confía en que el Espíritu Santo lo utilizará para aplastar la cabeza de Satanás (Gen 3:15) y preparar el Reino de Jesucristo. 


Oración 

Para mejor comprender la Consagración, recemos la oración escrita por San Maxilimiano Kolbe:

“Oh Inmaculada, reina del cielo y de la tierra, refugio de los pecadores y Madre nuestra amorosísima, a quien Dios confió la economía de la misericordia. Yo, (su nombre), pecador indigno, me postro ante ti, suplicando que aceptes todo mi ser como cosa y posesión tuya. 

A ti, Oh Madre, ofrezco todas las dificultades de mi alma y mi cuerpo, toda la vida, muerte y eternidad. Dispón también, si lo deseas, de todo mi ser, sin ninguna reserva, para cumplir lo que de ti ha sido dicho: “Ella te aplastará la cabeza” (Gen 3:15), y también: “Tú has derrotado todas las herejías en el mundo”. Haz que en tus manos purísimas y misericordiosas me convierta en instrumento útil para introducir y aumentar tu gloria en tantas almas tibias e indiferentes, y de este modo, aumento en cuanto sea posible el bienaventurado Reino del Sagrado Corazón de Jesús. Donde tú entras, Oh Inmaculada, obtienes la gracia de la conversión y la santificación, ya que toda gracia que fluye del Corazón de Jesús para nosotros nos llega a través de tus manos. 


V. Ayúdame a alabarte, Oh Virgen Santa 

R. y dame fuerza contra tus enemigos. Amén.