Novena María Reina: «Reina de los Patriarcas»

Novena María Reina: «Reina de los Patriarcas»

13 de agosto de 2022 0 Por admin

«Ser completamente transformados y de este modo tener ya en la tierra el Reino de los Cielos en vuestros corazones.» (Mensaje, 2 de julio de 2010)

Ut adveniat regnum tuum, adveniat regnum Mariæ!
¡Para que venga a nosotros tu reino, venga el reino de María!


San Lucas 1, 46-55

«Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, – como había anunciado a nuestros padres – en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.»


De AD CAELI REGINAM, de S.S. Pío XII

Con razón ha creído siempre el pueblo cristiano, aun en los siglos pasados, que Aquélla, de la que nació el Hijo del Altísimo, que «reinará eternamente en la casa de Jacob»[5]y [será] «Príncipe de la Paz», «Rey de los reyes y Señor de los señores», por encima de todas las demás criaturas recibió de Dios singularísimos privilegios de gracia. Y considerando luego las íntimas relaciones que unen a la madre con el hijo, reconoció fácilmente en la Madre de Dios una regia preeminencia sobre todos los seres.
Por ello se comprende fácilmente cómo ya los antiguos escritores de la Iglesia, fundados en las palabras del arcángel San Gabriel que predijo el reinado eterno del Hijo de María, y en las de Isabel que se inclinó reverente ante ella, llamándola «Madre de mi Señor», al denominar a María «Madre del Rey» y «Madre del Señor», querían claramente significar que de la realeza del Hijo se había de derivar a su Madre una singular elevación y preeminencia.
Por esta razón San Efrén, con férvida inspiración poética, hace hablar así a María: «Manténgame el cielo con su abrazo, porque se me debe más honor que a él; pues el cielo fue tan sólo tu trono, pero no tu madre. ¡Cuánto más no habrá de honrarse y venerarse a la Madre del Rey que a su trono!». Y en otro lugar ora él así a María: «… virgen augusta y dueña, Reina, Señora, protégeme bajo tus alas, guárdame, para que no se gloríe contra mí Satanás, que siembra ruinas, ni triunfe contra mí el malvado enemigo».
San Gregorio Nacianceno llama a María «Madre del Rey de todo el universo», «Madre Virgen, que dio a luz al Rey de todo el mundo». Prudencio, a su vez, afirma que la Madre se maravilló «de haber engendrado a Dios como hombre sí, pero también como Sumo Rey».
Esta dignidad real de María se halla, además, claramente afirmada por quienes la llaman «Señora», «Dominadora» y «Reina».
Ya en una homilía atribuida a Orígenes, Isabel saluda a María «Madre de mi Señor», y aun la dice también: «Tú eres mi señora».
Lo mismo se deduce de San Jerónimo, cuando expone su pensamiento sobre las varias «interpretaciones» del nombre de «María»: «Sépase que María en la lengua siriaca significa Señora». E igualmente se expresa, después de él, San Pedro Crisólogo: «El nombre hebreo María se traduce Domina en latín; por lo tanto, el ángel la saluda Señora para que se vea libre del temor servil la Madre del Dominador, pues éste, como hijo, quiso que ella naciera y fuera llamada Señora».


Mensaje, 2 de julio de 2010

“Queridos hijos, mi llamada maternal, que hoy os dirijo, es una llamada a la verdad y a la vida. Mi Hijo, que es la Vida, os ama y os conoce en verdad. Para conoceros y amaros vosotros mismos debéis conocer a mi Hijo, mientras que para conocer y amar a los otros debéis ver a mi Hijo en ellos. Por ello, hijos míos, orad, orad para que podáis comprender y abandonaros con espíritu libre y ser completamente transformados y de este modo tener ya en la tierra el Reino de los Cielos en vuestros corazones. ¡Gracias! ”


«Esta es la razón de la alegría de María. Cuando María menciona a Su Inmaculado Corazón, debemos recordar que Ella nunca fue tocada por el Pecado original, y tuvo una gracia infinita de Dios al no estar herida por ningún pecado. Es por eso que el Ángel en la Anunciación pudo saludarla diciendo «Dios te Salve María, llena eres de gracia». Ella siguió su vida sin ningún pecado personal. Es por ello que Ella es gracia pura. Nosotros no podemos imitar a María en este sentido porque todos hemos nacido en el pecado y estamos por lo tanto heridos por el pecado. A través del Bautismo nos liberamos del pecado pero los frutos del pecado siempre permanecen en nosotros. Entonces estamos aquí, incapaces de ser igual a Ella, pero hay muchas otras cualidades de María que podemos imitar y comportarnos como Ella lo haría. Ella dice, «Padre, que se haga Tu voluntad. He aquí la esclava del Señor», nosotros también podemos actuar así, y eso es lo que Ella quiere de nosotros. Quiere que nos decidamos a hacer la voluntad de Dios. Cuando esto sucede, empieza la victoria de Su Inmaculado Corazón. Todos los que, igual que María, se deciden por Dios y permanecen fieles a Dios, colocando a Jesús en el primer lugar en sus vidas, ya han creado las condiciones adecuadas para la victoria que Ella lleva en Su Inmaculado Corazón. Si nos preguntamos cómo es que surge esta victoria del Inmaculado Corazón, la respuesta es muy simple y clara. Aquel que se decide por Dios y que al hacerlo acepta a Jesús como el Camino, la Verdad, la Luz y la Vida y luego actúa por amor, hace su trabajo por amor, ora por amor y constantemente lucha contra el pecado y contra Satanás, ya tiene su victoria. Todos aquellos que incansablemente luchan contra todo lo negativo y se deciden por todo lo que es bueno también tendrán su victoria. El triunfo del Inmaculado Corazón empieza en nuestros corazones y por lo tanto al principio no se puede ver, pero aquellos que llevan esta victoria en sus corazones, podrán ayudar a los miembros de su familia, de sus comunidades y parroquias y a todos los que ellos encuentren durante su vida a experimentar y vivir esta victoria. En este Año del Jubileo, deberíamos creer, esperar y orar para que esta victoria, a la que se refiere María sea visible y así vencer al mal y a Satanás para que el reino de Dios pueda entrar en el mundo a través de nosotros» (Padre Slavko Barbaric, 26 de agosto 2000)


Oración a María Reina
(Imprimatur concedido por el Papa San Pio X el 8 de junio de 1908)

Augusta Reina de los Cielos y Señora de los Angeles, a Ti que has recibido de Dios el poder y la misión de aplastar la cabeza de Satanás, pedimos humildemente que envíes legiones celestiales para que, bajo Tus ordenes, persigan a los demonios, los combatan por todas partes, repriman su audacia y los precipiten en los abismos.
Quien como Dios?
!Oh buena y tierna Madre, siempre serás nuestro amor y nuestra esperanza!
!Oh Divina Madre, envia a los Santos Ángeles para defenderme, y aleja de mi al cruel enemigo!
Santos Ángeles y Arcángeles defendednos y guardadnos.
Amén.


Letanía Reina de los Patriarcas

Patriarca es una palabra griega que significa padre o jefe.
Con el nombre de patriarcas se honra a algunos santos del Antiguo Testamento, elegidos por Dios como guardianes y depositarios de la fe en el futuro Mesías. Esta fe, avivada por las frecuentes revelaciones de Dios, fue transmitida por los Patriarcas a sus descendientes como un faro de luz en medio de las tinieblas de la ignorancia y del pecado.
También en los siglos cristianos se da por analogía el nombre de Patriarca a los santos Fundadores de las más famosas Ordenes Religiosas, puesto que también ellos engendraron espiritualmente a la vida de la perfección evangélica a muchas almas.
Los Patriarcas fueron figuras de Jesucristo, y por ende, representaron también a María, copia fiel de su Hijo…
Simbolizada en Noé, único padre salvado del diluvio y destinado a repoblar el mundo; María, única preservada del naufragio universal de la culpa, toda santa, renovó moralmente al género humano y contribuyó a reparar los daños causados por el primer pecado.
Abraham, padre de los creyentes, dispuesto a sacrificar a su unigénito, fue una pálida figura de María Santísima dotada de la más viva Fe y de la más perfecta obediencia. Madre amorosa que sacrificó a su unigénito Hijo para la redención del género humano en el Altar de la Cruz.
Moisés, quien hablaba con Dios como con un amigo, es comparado a María Santísima, no solo amiga, sino también Madre de Dios, que vivió con Él con aquella confidente autoridad que nacía de su ser de Madre.
La mujer fuerte de la Sagrada Escritura, (Proverbios) es una imagen de María Santísima, tabernáculo viviente de Dios.
Y hablando del glorioso Patriarca San José, esposo purísimo de la Virgen Inmaculada, aunque él no cooperó a la generación del Verbo encarnado, sí contribuyó principalmente a cuidar y alimentar al Dios – Hombre, y fue testigo continuo de las acciones de Jesús y de María; atento escucha de sus palabras, compartió con Ellos durante muchos años los gozos y las penas, las esperanzas y el amor a Dios y a los hombres.
San José es la sombra y el reflejo del Eterno Padre, él ocupa en la tierra su lugar y Cristo reconoce los derechos paternos de José.
El Papa Pío IX, para poner su persona y la de todos los fieles bajo la protección de San José, por Decreto del 8 de Diciembre de 1870, lo nombró solemnemente Patrono de la Iglesia Universal.
¡Madre Santísima, Reina de los Patriarcas, ruega por nosotros!


Oremos con el Padre Slavko:

«Dios, Padre Nuestro, Dios de la Vida, Dios de la Paz, Dios del Amor y Dios de la Alegría, en nombre de Tu Hijo Jesús, junto con María, Te pedimos que nos libres de toda tristeza que proviene del pecado y de las heridas del pecado, y que llenes nuestros corazones con Tu alegría. Danos una profunda humildad para que estemos dispuestos a aceptar y vivir Tu voluntad para que la victoria que María ha experimentado en Su Inmaculado Corazón también tenga lugar en nuestros corazones. Danos, Oh Padre, la fuerza de convertirnos en hombres de paz, de amor, de justicia, de misericordia y así poder ser testigos de Tu Victoria en este mundo. En nombre de Tu Hijo Jesús, renunciamos a todo pecado, a Satanás y a todas sus obras, y queremos formar nuestras vidas aquí en la tierra con María, Tu más Humilde Sierva. Te pedimos, oh Padre, por todos aquellos que aún tienen sus corazones cerrados para Ti, debido a la tristeza, al temor , a sentimientos negativos, al odio, envidia, dependencias o están heridos y por lo tanto no pueden seguir el camino de María hacia Ti. Te pedimos que bendigas a todas las personas con las que nos encontramos para que podamos ayudarlas a seguir el camino de la victoria que María ha mencionado en este mensaje. Danos el amor y la fuerza para poder hacer todo por amor a Ti y Tu Reino. Haznos capaces de convertirnos en Tus testigos en nuestras familias, en nuestras parroquias, en la Iglesia y en el mundo para que estemos dispuestos a dar testimonio de Tu amor como hijos Tuyos. María, gracias por la alegría que compartís con nosotros. Te damos gracias por la victoria que Tu Corazón Inmaculado alcanzó por nosotros y ayúdanos, con Tu intercesión y con Tu bendición maternal a ser verdaderamente hijos Tuyos y y buenos alumnos en esta escuela de amor, para que todos podamos ser una bendición para el mundo. Junto con María, Te pedimos Jesús que nos ayudes a nosotros y al mundo entero. Ayúdanos a liberarnos de todo pecado y de todo mal, para que así, igual que María, podamos decidirnos completamente por Dios. Que así sea. Amén.»
(Fray Slavko Barbaric, Medjugorje; 26 de agosto 2000)


Oración Final

Dios todopoderoso, que nos has dado como Madre y como Reina a la Madre de tu Unigénito, concédenos que, protegidos por su intercesión, alcancemos la gloria de tus hijos en el reino de los cielos.
Reina dignísima del mundo, María Virgen perpetua, intercede por nuestra paz y salud, tú que engendraste a Cristo Señor, Salvador de todos. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.