Novena María Reina: «Reina de los Mártires»

Novena María Reina: «Reina de los Mártires»

16 de agosto de 2022 0 Por admin

«…Que vuestros sufrimientos estén unidos a Su sufrimiento y así vencerá el amor» (Mensaje, 25 de marzo del 2013)

Ut adveniat regnum tuum, adveniat regnum Mariæ!
¡Para que venga a nosotros tu reino, venga el reino de María!

San Juan 19, 25

«Juanto a la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.»


«La presencia de una Madre en la vida de la gracia es fuente de consuelo y alegría. En el rostro materno de María los cristianos reconocen una expresión particularísima del amor misericordioso de Dios, que, con la mediación de una presencia materna, hace comprender mejor su propia solicitud y bondad de Padre. María aparece como Aquella que atrae a los pecadores y les revela, con su simpatía e indulgencia, el don divino de reconciliación.
La maternidad de María no es solo individual. Tiene un valor colectivo que se manifiesta en el título de Madre de la Iglesia. Efectivamente, en el Calvario Ella se unió al sacrificio del Hijo que tendía a la formación de la Iglesia; su corazón materno compartió hasta el fondo la voluntad de Cristo de «reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52). Habiendo sufrido por la Iglesia, María mereció convertirse en la Madre de todos los discípulos de su Hijo, la Madre de su unidad. Por esto, el Concilio afirma que «la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, la venera, como a Madre amantísima, con afecto de piedad filial» (Lumen gentium, 53).
La Iglesia reconoce en Ella una Madre que vela por su desarrollo y que no cesa de interceder ante el Hijo para obtener a los cristianos disposiciones más profundas de fe, esperanza y amor. María trata de favorecer lo más posible la unidad de los cristianos, porque una madre se esfuerza por asegurar el acuerdo entre sus hijos. No hay un corazón ecuménico más grande, ni más ardiente, que el de María.
La Iglesia recurre a esta Madre perfecta en todas sus dificultades; le confía sus proyectos, porque, al rezarle y amarla, sabe que responde al deseo manifestado por el Salvador en la cruz, y está segura de no quedar defraudada en sus invocaciones.»
(San Juan Pablo II, Audiencia General, 11-05-1983)


Mensaje, 25 de marzo del 2013

“¡Queridos hijos! En este tiempo de gracia, los invito a tomar en sus manos la cruz de mi amado Hijo Jesús y a meditar acerca de Su Pasión y Muerte. Que vuestros sufrimientos estén unidos a Su sufrimiento y así vencerá el amor, porque El, que es el amor, por amor se dio a sí mismo para salvar a cada uno de ustedes. Oren, oren, oren hasta que el amor y la paz reinen en sus corazones. Gracias por haber respondido a mi llamado. ”


«La oración con la cual debemos abrirnos y prepararnos a la Venida del Espíritu Santo, es una oración por la que primeramente debemos decidirnos, después tomarnos el tiempo y luego ser fieles a ella. Estar delante de Dios en oración significa exponerse a El y darle la oportunidad de llenar nuestro corazón con los dones del Espíritu Santo, tal como el sol da vida a la flor. Se trata de una preparación similar a la que recibe la flor para dar nuevas semillas, pero además, María nos invita también a hacer sacrificios. ¿Pero qué significa realmente el sacrificio en este caso? Generalmente no nos gusta oír que alguien nos invite a hacer sacrificios, pero si hay amor en nuestro corazón, estaremos felices de hacerlos. Entonces, cualquier sacrificio y el amor que para ello requerimos adquieren un significado y es ahí donde radica su auténtico valor. Un sacrificio puede hacerse también sin amor, pero seguramente no tendrá el mismo valor. Quizá a nuestro modo actual de entender las cosas, el sacrificio sea algo negativo, pero es de hecho algo absolutamente positivo y, por tanto, divino. En el contexto de este mensaje, debemos llegar a entender el sacrificio como algo que hacemos para ser libres y para abrirnos al Espíritu Santo. Por eso, tenemos la tarea de preguntarnos qué nos impide abrirnos al Espíritu Santo… y luego trabajar en la respuesta. Por ejemplo, ¿qué nos impide dedicarle más tiempo a la oración? El liberarnos de ese obstáculo será entonces nuestro sacrificio. Cuando sabemos que, después de todo, es María quien nos pide sacrificarnos, cada uno de nosotros seguramente estaremos dispuestos a hacerlo. ¿No es así?» (Padre Slavko Barbaric, Mensaje, 25 de mayo de 1998 )


Oración a María Reina
(Imprimatur concedido por el Papa San Pio X el 8 de junio de 1908)

Augusta Reina de los Cielos y Señora de los Angeles, a Ti que has recibido de Dios el poder y la misión de aplastar la cabeza de Satanás, pedimos humildemente que envíes legiones celestiales para que, bajo Tus ordenes, persigan a los demonios, los combatan por todas partes, repriman su audacia y los precipiten en los abismos.
¿Quien como Dios?
!Oh buena y tierna Madre, siempre serás nuestro amor y nuestra esperanza!
!Oh Divina Madre, envia a los Santos Ángeles para defenderme, y aleja de mi al cruel enemigo!
Santos Ángeles y Arcángeles defendednos y guardadnos.
Amén.


Letanía Reina de los Mártires

Invocando a María como Reina de los mártires, deseamos reconocer su lugar eminente en la obra de la salvación, en cuanto esta obra suscita las ofrendas heroicas del martirio.
El valor del martirio ha sido subrayado en particular por Jesús al dirigirse a Pedro: «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras». Y el evangelista agrega: «Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios» (Jn 21,18-19).
El anuncio hecho a Pedro nos hace comprender la importancia del martirio como don supremo que asocia al apóstol al destino de su Maestro. Jesús le había dicho a su discípulo: «Apacienta mis ovejas». Para cumplir adecuadamente su misión como pastor, Pedro estaba llamado a compartir el sacrificio de su propia vida: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11).
La predicción del martirio fue especialmente más dura para Pedro porque, en el primer anuncio de la Pasión, había reaccionado con violencia; se había rebelado y había pedido que el acontecimiento doloroso fuera borrado del programa, pero Jesús le había reprochado: «Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mc 8,32). Luego, entendió que la prueba era necesaria para el cumplimiento de la misión. El anuncio del martirio futuro confirma esta verdad.
Podemos observar que las circunstancias del anuncio suscitaron una reflexión en la mente de Pedro, con la comparación entre su suerte y la del discípulo predilecto: cuando Pedro había preguntado por Juan: «Señor, y éste, ¿qué?» (Jn 21,21), había recibido una respuesta que mostraba un destino muy distinto del martirio: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa?».
Por voluntad de Cristo, el apóstol Juan no moriría de muerte violenta, sino que esperaría la llegada de aquél que lo había llamado y que, en el momento que él escogiera, pondría fin a su vida en la tierra.
El destino dispuesto para Juan nos demuestra que no todos los apóstoles han acabado sus vidas con el martirio. Nos ayuda a comprender mejor que no era necesario que María diese el testimonio supremo del martirio para estar plenamente unida a su Hijo en el cumplimiento de su misión redentora.
Por cierto, María ha ofrecido a Jesús la participación más elevada en la obra de la salvación y que ha dado mucho fruto para la humanidad. Pero esa participación no implicaba compartir la crucifixión. Era algo adecuado a su papel de madre. El dolor de María fue el de su corazón maternal. En este sentido, vivió el martirio en su corazón.

¿De dónde nace la fuerza para afrontar el martirio?:

(Benedicto XVI, 11 de agosto de 2010)

«¿En qué se funda el martirio? La respuesta es sencilla: en la muerte de Jesús, en su sacrificio supremo de amor, consumado en la cruz a fin de que pudiéramos tener la vida (cf. Jn 10, 10). Cristo es el siervo que sufre, de quien habla el profeta Isaías (cf. Is 52, 13-15), que se entregó a sí mismo como rescate por muchos (cf. Mt 20, 28). Él exhorta a sus discípulos, a cada uno de nosotros, a tomar cada día nuestra cruz y a seguirlo por el camino del amor total a Dios Padre y a la humanidad: «El que no toma su cruz y me sigue —nos dice— no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10, 38-39). Es la lógica del grano de trigo que muere para germinar y dar vida (cf. Jn 12, 24). Jesús mismo «es el grano de trigo venido de Dios, el grano de trigo divino, que se deja caer en tierra, que se deja partir, romper en la muerte y, precisamente de esta forma, se abre y puede dar fruto en todo el mundo»»

«¿De dónde nace la fuerza para afrontar el martirio? De la profunda e íntima unión con Cristo, porque el martirio y la vocación al martirio no son el resultado de un esfuerzo humano, sino la respuesta a una iniciativa y a una llamada de Dios; son un don de su gracia, que nos hace capaces de dar la propia vida por amor a Cristo y a la Iglesia, y así al mundo. Si leemos la vida de los mártires quedamos sorprendidos por la serenidad y la valentía a la hora de afrontar el sufrimiento y la muerte: el poder de Dios se manifiesta plenamente en la debilidad, en la pobreza de quien se encomienda a él y sólo en él pone su esperanza (cf. 2 Co 12, 9). Pero es importante subrayar que la gracia de Dios no suprime o sofoca la libertad de quien afronta el martirio, sino, al contrario, la enriquece y la exalta: el mártir es una persona sumamente libre, libre respecto del poder, del mundo: una persona libre, que en un único acto definitivo entrega toda su vida a Dios, y en un acto supremo de fe, de esperanza y de caridad se abandona en las manos de su Creador y Redentor; sacrifica su vida para ser asociado de modo total al sacrificio de Cristo en la cruz. En una palabra, el martirio es un gran acto de amor en respuesta al inmenso amor de Dios.»

María, teniendo siempre delante de los ojos “la figura de Jesucristo crucificado” (cf. Gál 3, 1) y viendo sin cesar, en la Iglesia, los poderosos efectos de su Resurrección (cf. Ef 3,20), llevó una vida de “dolor y de muerte (…) El amor hace nacer su dolor, y este dolor debía darle la muerte; y el amor venía en su auxilio para hacerla vivir con el fin de hacer vivir también al dolor (…) Siempre veía a Jesucristo en las agonías de la Cruz; siempre tenía no tanto los oídos sino el fondo del alma atravesado por ese último grito de su Bien amado espirante; grito verdaderamente terrible y capaz de desgarrar el corazón”, dice magníficamente Bossuet87. Su Corazón inmaculado, que no había merecido la muerte, moría, a diario (1 Cor 15, 31), de amor por Cristo Crucificado; mucho más que San Pablo, María podía decir: “estoy crucificada con Cristo”(Gál 2, 19).
Desde este punto de vista, María es reina de los mártires, porque en ella el martirio ha encontrado una expresión nueva, el compromiso en un dolor que toca el fondo del alma en unión con el dolor de Cristo crucificado. Ese dolor es ofrecido perfectamente, con una generosidad sin reservas.
En María, la participación en el sacrificio redentor está marcada por un clima de serenidad y mansedumbre, como conviene a un corazón de madre. A veces, las circunstancias del martirio podrían despertar tentaciones de venganza o de hostilidad. En el sufrimiento de la cruz, el corazón de la madre de Jesús permaneció colmado de compasión y perdón. La participación en la ofrenda del Salvador ha sido para María una participación en la bondad del corazón apacible y humilde de Cristo.
En el Calvario, María ofreció un testimonio superior de caridad, que corresponde al significado fundamental del martirio. Su corazón maternal rebosaba de amor a Cristo y toda la humanidad. (Prof. Jean Galot, Roma)

Dice San Bernardo: «La violencia del dolor traspasó tu alma y, por eso, con razón te aclamamos más que mártir, ya que el sentimiento de la compasión excedió en ti a todo cuanto puede padecer el cuerpo. ¿No fue acaso más que una espada, aquella palabra que atravesó realmente tu alma y llegó hasta la división del alma y del cuerpo: «Mujer, ahí tienes a tu Hijo»? ¡Trueque extraño! ¡Te dan a Juan en vez de Jesús, al servidor en lugar del Señor, al discípulo por el Maestro, al hijo del Zebedeo por el Hijo de Dios, a un hombre en lugar del verdadero Dios! ¿Cómo no iba a desgarrarse tu alma tan amante al oír aquella palabra, si sólo su recuerdo destroza nuestros corazones, aun siendo de piedra y de bronce?
No extrañemos, hermanos, el oír que María fue mártir en su alma. Únicamente se puede admirar el que no recuerde que San Pablo enumera como uno de los mayores crímenes de los gentiles el no haber tenido «afecto». Pero este defecto estuvo muy lejos del corazón de María; esté también lejos de sus servidores.» (San Bernardo, Sermón sobre las Doce Estrellas. En Patrología Latina CLXXXIII, 437.)


Oremos con el Padre Slavko:

«Dios, Padre Nuestro, Dios de la Vida, Dios de la Paz, Dios del Amor y Dios de la Alegría, en nombre de Tu Hijo Jesús, junto con María, Te pedimos que nos libres de toda tristeza que proviene del pecado y de las heridas del pecado, y que llenes nuestros corazones con Tu alegría. Danos una profunda humildad para que estemos dispuestos a aceptar y vivir Tu voluntad para que la victoria que María ha experimentado en Su Inmaculado Corazón también tenga lugar en nuestros corazones. Danos, Oh Padre, la fuerza de convertirnos en hombres de paz, de amor, de justicia, de misericordia y así poder ser testigos de Tu Victoria en este mundo. En nombre de Tu Hijo Jesús, renunciamos a todo pecado, a Satanás y a todas sus obras, y queremos formar nuestras vidas aquí en la tierra con María, Tu más Humilde Sierva. Te pedimos, oh Padre, por todos aquellos que aún tienen sus corazones cerrados para Ti, debido a la tristeza, al temor , a sentimientos negativos, al odio, envidia, dependencias o están heridos y por lo tanto no pueden seguir el camino de María hacia Ti. Te pedimos que bendigas a todas las personas con las que nos encontramos para que podamos ayudarlas a seguir el camino de la victoria que María ha mencionado en este mensaje. Danos el amor y la fuerza para poder hacer todo por amor a Ti y Tu Reino. Haznos capaces de convertirnos en Tus testigos en nuestras familias, en nuestras parroquias, en la Iglesia y en el mundo para que estemos dispuestos a dar testimonio de Tu amor como hijos Tuyos. María, gracias por la alegría que compartís con nosotros. Te damos gracias por la victoria que Tu Corazón Inmaculado alcanzó por nosotros y ayúdanos, con Tu intercesión y con Tu bendición maternal a ser verdaderamente hijos Tuyos y y buenos alumnos en esta escuela de amor, para que todos podamos ser una bendición para el mundo. Junto con María, Te pedimos Jesús que nos ayudes a nosotros y al mundo entero. Ayúdanos a liberarnos de todo pecado y de todo mal, para que así, igual que María, podamos decidirnos completamente por Dios. Que así sea. Amén.»
(Fray Slavko Barbaric, Medjugorje; 26 de agosto 2000)


Oración Final

Dios todopoderoso, que nos has dado como Madre y como Reina a la Madre de tu Unigénito, concédenos que, protegidos por su intercesión, alcancemos la gloria de tus hijos en el reino de los cielos.
Reina dignísima del mundo, María Virgen perpetua, intercede por nuestra paz y salud, tú que engendraste a Cristo Señor, Salvador de todos. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.