Novena María Reina: «Reina de los Confesores»

Novena María Reina: «Reina de los Confesores»

16 de agosto de 2022 0 Por admin

«… Hijitos, deseo que lleguen a ser apóstoles del amor. Amando, hijitos, se reconocerá que son míos.» (Mensaje, 25 de marzo de 1998)

Ut adveniat regnum tuum, adveniat regnum Mariæ!
¡Para que venga a nosotros tu reino, venga el reino de María!


San Marcos 3, 31-35

En aquel tiempo, llegaron la madre de Jesús y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenia sentada alrededor le dice:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».


«Sí, Dios quiere que su Madre santísima sea ahora más conocida, amada y honrada que nunca. Lo que sucederá, sin duda, si los predestinados, con la gracia y luz del Espíritu Santo, entran y penetran en la práctica interior y perfecta de la devoción que voy a manifestarles en seguida.
Entonces verán claramente, en cuanto lo permite la fe, a esta hermosa estrella del mar, y, guiados por ella, llegarán a puerto seguro a pesar de las tempestades y de los piratas.
Entonces conocerán las grandezas de esta Soberana y se consagrarán enteramente a su servicio como súbditos y esclavos de amor.
Entonces saborearán sus dulzuras y bondades maternales y la amarán con ternura como sus hijos de predilección. Entonces experimentarán las misericordias en que Ella rebosa y la necesidad que tienen de su socorro, recurrirán en todo a Ella, como a su querida Abogada y Mediadora ante Jesucristo. Entonces sabrán que María es el medio más seguro, fácil, corto y perfecto para llegar a Jesucristo⁴⁶, y se consagrarán a Ella en cuerpo y alma y sin reserva alguna para pertenecer del mismo modo a Jesucristo.
Pero, ¿qué serán estos servidores, esclavos e hijos de María?
Serán fuego encendido (Sal 104 [103],4; Heb 1,7), ministros del Señor que prenderán por todas partes el fuego del amor divino.
Serán flechas agudas en la mano poderosa de María para atravesar a sus enemigos: como saetas en manos de un guerrero (Sal 127 [126],4).
Serán hijos de Leví, bien purificados por el fuego de grandes tribulaciones y muy unidos a Dios. Llevarán en el corazón el oro del amor, el incienso de la oración en el espíritu, y en el cuerpo, la mirra de la mortificación.
Serán en todas partes el buen olor de Jesucristo (ver 2Cor 2,15-16) para los pobres y sencillos; pero para los grandes, los ricos y mundanos orgullosos serán olor de muerte.
Serán nubes tronantes y volantes (ver Is 60,8), en el espacio, al menor soplo del Espíritu Santo. Sin apegarse a nada, ni asustarse, ni inquietarse por nada, derramarán la lluvia de la palabra de Dios y de la vida eterna, tronarán contra el pecado, descargarán golpes contra el demonio y sus secuaces, y con la espada de dos filos de la palabra de Dios (Heb 4,12; Ef 6,17) traspasarán a todos aquellos a quienes sean enviados de parte del Altísimo.
Serán los apóstoles auténticos de los últimos tiempos a quienes el Señor de los ejércitos dará la palabra y la fuerza necesarias para realizar maravillas y ganar gloriosos despojos sobre sus enemigos.
Dormirán sin oro ni plata y –lo que más cuenta– sin preocupaciones en medio de los demás sacerdotes, eclesiásticos y clérigos (Sal 68 [67],14). Tendrán, sin embargo, las alas plateadas de la paloma, para volar con la pura intención de la gloria de Dios y de la salvación de los hombres adonde los llame el Espíritu Santo. Y sólo dejarán en pos de sí, en los lugares donde prediquen, el oro de la caridad, que es el cumplimiento de toda la ley (ver Rom 13,10).
Por último, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo. Caminarán sobre las huellas de su pobreza, humildad, desprecio de lo mundano y caridad evangélica, y enseñarán la senda estrecha de Dios en la pura verdad, conforme al santo Evangelio y no a los códigos mundanos, sin inquietarse por nada ni hacer acepción de personas; sin perdonar, ni escuchar, ni temer a ningún mortal por poderoso que sea.
Llevarán en la boca la espada de dos filos de la palabra de Dios (Heb 4,12); sobre sus hombros, el estandarte ensangrentado de la cruz; en la mano derecha, el crucifijo; el rosario en la izquierda⁵⁰; los sagrados nombres de Jesús y de María en el corazón, y en toda su conducta la modestia y mortificación de Jesucristo.
Tales serán los grandes hombres que vendrán y a quienes María formará por orden del Altísimo para extender su imperio sobre el de los impíos, idólatras y mahometanos. Pero ¿cuándo y cómo sucederá esto?… ¡Sólo Dios lo sabe! A nosotros nos toca callar, orar, suspirar y esperar: Yo esperaba con ansia al Señor (Sal 40 [39],2).
(San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción, 55-59)


Mensaje, 25 de marzo del 1998

“¡Queridos hijos! También hoy los llamo al ayuno y a la renuncia. Hijitos, renuncien a lo que les impide estar cerca de Jesús. De manera especial los llamo: Oren, ya que únicamente con la oración podrán vencer vuestra voluntad y descubrir la voluntad de Dios aun en las cosas más pequeñas. Con vuestra vida cotidiana, hijitos, ustedes llegarán a ser ejemplo y testimoniarán si viven para Jesús o en contra de El y de Su voluntad. Hijitos, deseo que lleguen a ser apóstoles del amor. Amando, hijitos, se reconocerá que son míos. Gracias por haber respondido a mi llamado!”


«DESEO QUE LLEGUEN A SER APOSTOLES DEL AMOR: Ciertamente, ésta es la tarea más hermosa que María podría darnos y además en el nombre de Jesús. Pero para llegar a ser apóstoles del amor, debemos tener amor en nuestro corazón. Así que una de las primeras intenciones por la que debemos orar es «Pon amor en mi corazón», porque Dios no puede pedir de nosotros algo que no nos haya dado primero. En alemán esto se expresa muy bien cuando se dice: «Lo que se da es el fundamento puro de lo que se espera». Y es que nadie de nosotros puede recibir una tarea para la cual no se le ha dado primero aquello que necesita para comenzarla. Dios que es Amor quiere darnos Su amor para que seamos Sus apóstoles del amor. Hay por supuesto muchas tareas específicas que podemos hacer, tal como puramente reconocer a Jesús en los enfermos y los dolientes y encontrarlo a El en ellos con amor. Todas las palabras de amor simplemente se quedan vacías si no son confirmadas en la vida práctica. Este amor se demuestra en cada encuentro, en cada palabra, en cada mirada y en cada acto. O cada palabra y cada acto darán testimonio de que no tenemos amor en nosotros. No se trata de juzgar cuando digo que todos estamos muy lejos de este amor y por eso somos incapaces de ser apóstoles del amor. Pero aún así esperamos llegar a crecer en el amor. Aún más, estamos seguros de que podremos lograrlo. Dios quiere darnos este amor, porque El ya nos ha dado todo y no preservó ni siquiera a Su Hijo unigénito, sino que Lo dio a nosotros. El nos lo dará todo, pero aún así debemos pedirlo y también rechazar por nuestra parte todo lo que no sea fruto del amor. Justamente el llamado de renunciar a todo lo que nos impide estar cerca de Jesús y por tanto, más cerca del amor, encuentra aquí su validez.» (Padre Slavko Barbaric, Mensaje, Marzo 27 de 1998 )


Oración a María Reina
(Imprimatur concedido por el Papa San Pio X el 8 de junio de 1908)

Augusta Reina de los Cielos y Señora de los Angeles, a Ti que has recibido de Dios el poder y la misión de aplastar la cabeza de Satanás, pedimos humildemente que envíes legiones celestiales para que, bajo Tus ordenes, persigan a los demonios, los combatan por todas partes, repriman su audacia y los precipiten en los abismos.
¿Quien como Dios?
!Oh buena y tierna Madre, siempre serás nuestro amor y nuestra esperanza!
!Oh Divina Madre, envia a los Santos Ángeles para defenderme, y aleja de mi al cruel enemigo!
Santos Ángeles y Arcángeles defendednos y guardadnos.
Amén.


Letanía Reina de los Confesores

Se llama confesores a aquellos que “confesaron” a Jesucristo a lo largo de su vida con una gran fidelidad. Vivieron con lealtad el seguimiento de Cristo y su Evangelio. Si es así, ¿acaso se puede negar el título de “Reina de los Confesores” a la que confesó su fe ( que es fiarse de Dios) con una firmeza y una constancia incomparablemente superior a la de todos ellos? Ella estuvo junto a Jesús toda su vida (era la Madre), y lo siguió no sólo en medio de los oprobios y tormentos de la Pasión, sino que subió generosamente hasta el Calvario con Él, para compartir el sacrificio de nuestra redención (por eso se la ha llamado “corredentora”).
Los apóstoles habían reconocido a Jesucristo como Hijo del Dios, pero al tiempo de la Pasión, no fueron suficientemente valientes para “confesar” su fe; la disimularon y escaparon. Incluso hubo uno que lo traicionó y otro que lo negó tres veces. No ocurrió así con María, que siempre, constante y fiel, lo reconoció como su Dios en todo el curso de su Pasión y sobre la Cruz. Y allí estuvo sufriendo con él.
En el lenguaje litúrgico de la Iglesia, se llaman, por tanto, “Confesores”, a todos los Santos que no fueron mártires. Confesores son los cristianos que profesan públicamente la Fe en Jesucristo y por ella están prontos a dar la vida. Confiesan la Fe por medio de su testimonio de vida cristiana.
Por el contrario, “mártires” son las personas que padecen muerte violenta por amor de Jesucristo y en defensa de la fe y de la religión. Mueren en defensa de la Fe y de la religión. Es necesaria una gracia especial de Dios para soportar el martirio; sin embargo, no se requiere menos gracia de Dios para sobrellevar una heroica santidad sin el martirio. El martirio se consuma, de ordinario, en un breve momento, aunque heroico. Confesar durante toda la vida a Cristo, requiere una postura constante, y, a veces, muy larga (toda una vida). El martirio, es un acto de amor y de fortaleza, y suple las demás virtudes que podrían faltar o podrían ser imperfectas.
En cambio, fuera del martirio se necesita mayor perfección de las virtudes teologales y morales; esto se consigue a través de una vida entera de lucha contra el pecado, contra el mal, y de sacrificio continuo. De tal manera que la vida de un santo puede llamarse un martirio continuo y constante de fidelidad.
Los santos confesores, tuvieron que superar toda clase de dificultades y practicar las virtudes en grado heroico. María es la primera, la más perfecta y la más santa de todos esos héroes de virtud y santidad, por eso la Iglesia la proclama: REINA DE LOS CONFESORES. (Félix González)


Oremos con el Padre Slavko:

«Dios, Padre Nuestro, Dios de la Vida, Dios de la Paz, Dios del Amor y Dios de la Alegría, en nombre de Tu Hijo Jesús, junto con María, Te pedimos que nos libres de toda tristeza que proviene del pecado y de las heridas del pecado, y que llenes nuestros corazones con Tu alegría. Danos una profunda humildad para que estemos dispuestos a aceptar y vivir Tu voluntad para que la victoria que María ha experimentado en Su Inmaculado Corazón también tenga lugar en nuestros corazones. Danos, Oh Padre, la fuerza de convertirnos en hombres de paz, de amor, de justicia, de misericordia y así poder ser testigos de Tu Victoria en este mundo. En nombre de Tu Hijo Jesús, renunciamos a todo pecado, a Satanás y a todas sus obras, y queremos formar nuestras vidas aquí en la tierra con María, Tu más Humilde Sierva. Te pedimos, oh Padre, por todos aquellos que aún tienen sus corazones cerrados para Ti, debido a la tristeza, al temor , a sentimientos negativos, al odio, envidia, dependencias o están heridos y por lo tanto no pueden seguir el camino de María hacia Ti. Te pedimos que bendigas a todas las personas con las que nos encontramos para que podamos ayudarlas a seguir el camino de la victoria que María ha mencionado en este mensaje. Danos el amor y la fuerza para poder hacer todo por amor a Ti y Tu Reino. Haznos capaces de convertirnos en Tus testigos en nuestras familias, en nuestras parroquias, en la Iglesia y en el mundo para que estemos dispuestos a dar testimonio de Tu amor como hijos Tuyos. María, gracias por la alegría que compartís con nosotros. Te damos gracias por la victoria que Tu Corazón Inmaculado alcanzó por nosotros y ayúdanos, con Tu intercesión y con Tu bendición maternal a ser verdaderamente hijos Tuyos y y buenos alumnos en esta escuela de amor, para que todos podamos ser una bendición para el mundo. Junto con María, Te pedimos Jesús que nos ayudes a nosotros y al mundo entero. Ayúdanos a liberarnos de todo pecado y de todo mal, para que así, igual que María, podamos decidirnos completamente por Dios. Que así sea. Amén.»
(Fray Slavko Barbaric, Medjugorje; 26 de agosto 2000)


Oración Final

Dios todopoderoso, que nos has dado como Madre y como Reina a la Madre de tu Unigénito, concédenos que, protegidos por su intercesión, alcancemos la gloria de tus hijos en el reino de los cielos.
Reina dignísima del mundo, María Virgen perpetua, intercede por nuestra paz y salud, tú que engendraste a Cristo Señor, Salvador de todos. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.