NO SOIS DEL MUNDO

NO SOIS DEL MUNDO

20 de abril de 2021 0 Por admin

Esclavitud de amor a María Santísima Reina de la Paz 

Ofrecemos nuestra Consagración a nuestra Madre Santísima en los 40 años de Medjugorje


               DESPRECIANDO EL MUNDO ES DULCE SERVIR A DIOS


San Juan 15, 19

«Su fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo;

 pero, como no sois del mundo, 

porque yo al elegiros os he sacado del mundo,

 por eso os odia el mundo.»  


Mensaje, 25 de noviembre de 1990

“¡Queridos hijos! Hoy los invito a hacer obras de misericordia con amor y por amor a Mí y a sus hermanos y hermanas que también son mis hijos. Queridos hijos, todo lo que hagan por los demás háganlo con gran gozo y humildad ante Dios. Yo estoy con ustedes y día a día ofrezco sus sacrificios y oraciones a Dios por la salvación del mundo. Gracias por haber respondido a mi llamado!”


“Y no es que esté exento de sufrimientos y cruces el que ha encontrado a María mediante la verdadera devoción: lejos de eso, más que a ningún otro le asaltan, porque María, que es la madre de los vivientes, da a sus hijos los trozos del Árbol de la Vida, que es la cruz de Jesucristo; mas al repartirles buenas cruces, les da gracias para llevarlas con paciencia y aun con alegría (de suerte que las cruces que da Ella a los suyos son cruces de dulce, almibaradas más bien que amargas); o si por algún tiempo gustas la amargura del cáliz, que necesariamente han de beber los amigos de Dios, la consolación y gozo que esta buena Madre hace suceder a la tristeza, les alienta infinito para llevar otras cruces, aun más amargas y pesadas.” (El Secreto de María, 22)


“Los devotos presuntuosos son pecadores aletargados en sus pasiones o amigos de lo mundano. Bajo el hermoso nombre de cristianos y devotos de la Santísima Virgen esconden el orgullo, la avaricia, la lujuria, la embriaguez, el perjurio, la maledicencia o la injusticia, etc.; duermen pacíficamente en sus costumbres perversas, sin hacerse mucha violencia para corregirse, confiados en que son devotos de la Santísima Virgen; se prometen a sí mismos que Dios les perdonará, que no morirán sin confesión ni se condenarán… Nada en el cristianismo es tan perjudicial a la gente como esta presunción diabólica.”  (Tratado de la V.D. 97-98) 


“¡Fuente perpetua de amor!. ¿Qué diré de Tí?. ¿Cómo podré olvidarme de Tí, que quisiste acordarte de mí, incluso después que me desmejoré y perdí?. Te comportaste conmigo misericordiosamente, más allá de toda expectativa y más allá de todo mérito de mi parte; me concediste gracia y amistad. ¿Cómo voy a pagarte este favor?. Porque no se les otorga a todos que lo abandonan todo, renuncian al mundo y asuman la vida religiosa. ¿Acaso es gran cosa que yo te sirva cuando todos los seres creados deben servirte?. No me debe parecer mucho servirte, sino más bien me parece grandísimo y admirable que hayas querido recibir como servidor a alguien tan pobre e indigno, y reunirlo con tus queridos servidores.

Todas las cosas son tuyas, las que tengo y con las que te sirvo. Pero por el contrario, Tú me sirves más a mí que yo a Ti. El cielo y la tierra, que creaste para el servicio de los seres humanos están dispuestos y hacen cada día todo lo que les mandas. Va más allá que todo esto que Tú hayas querido servir al hombre y le prometiste que te darías Tú mismo.” (KEMPIS, III, 10)


«Hay una razón más para pensar que sea de nuevo el momento de abandonar con audacia lo que hay de mundano en la Iglesia. Lo que no quiere decir retirarse del mundo. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres -tanto a los que sufren como a los que los ayudan- precisamente en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana. (…) Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios. Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa por tanto para la Iglesia “desmundanizada” testimoniar, según el Evangelio, con palabras y obras, aquí y ahora, la señoría del amor de Dios. Esta tarea, además, nos remite más allá del mundo presente: la vida presente, en efecto, incluye la relación con la vida eterna. Vivamos como individuos y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y nada menos que el darse a sí mismo». (Benedicto XVI, 25 de septiembre de 2011)