NO ANDEIS PREOCUPADOS

NO ANDEIS PREOCUPADOS

21 de abril de 2021 0 Por admin

Esclavitud de amor a María Santísima Reina de la Paz 

Ofrecemos nuestra Consagración a nuestra Madre Santísima en los 40 años de Medjugorje


            DESPRECIANDO EL MUNDO ES DULCE SERVIR A DIOS


Lucas 12, 22-24

«Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis: porque la vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido; fijaos en los cuervos: ni siembran, ni cosechan; no tienen bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves!»


Mensaje, 25 de mayo de 1988

“¡Queridos hijos! Los invito al abandono total a Dios. Oren, queridos hijos, para que Satanás no los someta a la criba, cual semillas al viento. Sean fuertes en Dios. Deseo que a través de ustedes el mundo conozca al Dios del gozo. No estén angustiados ni preocupados. Dios los ayudará y les mostrará el camino. Yo deseo que ustedes amen con mi amor a todos: a buenos y a malos. Sólo así, el amor podrá reinar en el mundo. Hijitos, ustedes son míos: Yo los amo y deseo que se abandonen a Mí para que Yo pueda conducirlos a Dios. Oren sin cesar para que Satanás no pueda ganar ventaja sobre ustedes y para que sepa que son míos. Los bendigo con mi bendición de gozo. Gracias por haber respondido a mi llamado!”


“Creo que no estaremos condenando a nadie, si decimos que nadie puede asegurar: “Mi amor es irreprochable. Mi deseo de hacer la paz y buscar la reconciliación es tan Perfecto, que siempre podré responder afirmativamente a la pregunta: ¿has amado a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo?”

 Si reparamos bien en esta pregunta, nos daremos cuenta que no se trata de descubrir el pecado en cada momento, sino que, en todo caso, debemos empeñarnos por buscar siempre una ocasión para hacer el bien.”  (Padre Slavko Barbaric “Dame tu corazón herido”)


“Hermano mío, tú que eres imagen viviente de Dios (Gn 1, 26) y has sido rescatado con la sangre preciosa de Jesucristo (1Pe 1, 19), Dios quiere que te hagas santo como El (Mt. 5, 48) en esta vida y que participes de su gloria por toda la eternidad. Tu verdadera vocación consiste en adquirir la santidad de Dios. A ello debes orientar todos tus pensamientos, palabras y acciones, tus sufrimientos y todas las aspiraciones de tu vida.”  (Secreto de María 3)


“El santo es precisamente aquel hombre, aquella mujer que, respondiendo con alegría y generosidad a la llamada de Cristo, lo deja todo por seguirlo. Como Pedro y los demás Apóstoles, como santa Teresa de Jesús, a la que hoy recordamos, y como otros innumerables amigos de Dios, también los nuevos santos recorrieron este itinerario evangélico, que es exigente pero colma el corazón, y recibieron «cien veces más» ya en la vida terrena, juntamente con pruebas y persecuciones, y después la vida eterna.

Por tanto, Jesús puede en verdad garantizar una existencia feliz y la vida eterna, pero por un camino diverso del que imaginaba el joven rico, es decir, no mediante una obra buena, un servicio legal, sino con la elección del reino de Dios como «perla preciosa» por la cual vale la pena vender todo lo que se posee (cf. Mt 13,45-46). El joven rico no logra dar este paso. A pesar de haber sido alcanzado por la mirada llena de amor de Jesús (cf. Mc 10,21), su corazón no logró desapegarse de los numerosos bienes que poseía.

Por eso Jesús da esta enseñanza a los discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el reino de Dios!» (Mc 10,23). Las riquezas terrenas ocupan y preocupan la mente y el corazón. Jesús no dice que sean malas, sino que alejan de Dios si, por decirlo así, no se «invierten» en el reino de los cielos, es decir, si no se emplean para ayudar a los pobres.

Comprender esto es fruto de la sabiduría de la que habla la primera lectura. Esta sabiduría ?nos dice? es más valiosa que la plata y el oro, aún más que la belleza, la salud y la luz misma, «porque su resplandor no tiene ocaso» (Sg 7,10). Obviamente, esta sabiduría no se reduce únicamente a la dimensión intelectual. Es mucho más; es «sabiduría del corazón», como la llama el salmo 89. Es un don que viene de lo alto (cf. Jc 3,17), de Dios, y se obtiene con la oración (cf. Sg 7,7).

En efecto, esta sabiduría no ha permanecido lejos del hombre, se ha acercado a su corazón (cf. Dt 30,14), tomando forma en la ley de la primera alianza sellada entre Dios e Israel a través de Moisés. El Decálogo contiene la sabiduría de Dios. Por eso Jesús afirma en el Evangelio que para «entrar en la vida» es necesario cumplir los mandamientos (cf. Mc 10,19). Es necesario, pero no suficiente, pues, como dice san Pablo, la salvación no viene de la ley, sino de la gracia. Y san Juan recuerda que la ley la dio Moisés, mientras que la gracia y la verdad han venido por medio de Jesucristo (cf. Jn 1,17).

Por tanto, para alcanzar la salvación es preciso abrirse en la fe a la gracia de Cristo, el cual, sin embargo, pone una condición exigente a quien se dirige a él: «Ven y sígueme» (Mc 10,21). Los santos han tenido la humildad y la valentía de responderle «sí», y han renunciado a todo para ser sus amigos. Eso es lo que hicieron los cuatro nuevos santos, a quienes hoy veneramos particularmente.

En ellos encontramos actualizada la experiencia de Pedro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10,28). Su único tesoro está en el cielo: es Dios.”   (Benedicto XVI, 15 de Octubre del 2006)