“Misericordia”

“Misericordia”

6 de abril de 2021 0 Por admin

También a nosotros el Señor nos muestra hoy sus llagas gloriosas


En la palabra «misericordia» encontramos sintetizado y nuevamente interpretado para nuestro tiempo todo el misterio de la Redención. En medio de tribulación  de la pobreza, la indiferencia y la violencia, que son la experiencia profunda de las consecuencias del pecado en el corazón del ser humano y  del poder de las tinieblas, que amenaza al mundo, es por los caminos pascuales de la gracia, por donde con mayor intensidad, Dios nos regala, no solo la impresión, sino que la realidad misma de la presencia de su amor compasivo, que se opone a todas estas fuerzas de aborto, eutanasia, guerra, abusos e injusticias, con su poder divino y la compasión de su Corazón humano:  con el poder de su misericordia. Es la misericordia la que pone un límite al mal. En ella se expresa la naturaleza del todo único de Dios:  su santidad, el poder de la verdad y del amor.

 Quien no ha puesto su soberbia e indiferencia como obstáculo al Espíritu Santo, sino que ha dejado que la Omnipotencia de la Misericordia Divina le venza y declare victoria, en su mente y corazón, puede exclamar con el Salmista:  «Vosotros, los que teméis al Señor, venid a escuchar:  os contaré lo que ha hecho conmigo», dice Sal 66, 16.

La sombra de Pedro, que era capaz de sanar, evoca la acción del poder redentor del Señor presente en la Iglesia, en su ministerio sacramental, en la predicación del Evangelio y en los fundamentos del Sagrado Magisterio. Podemos ver que, derribado el velo de iniquidad, de un templo farisaico, que se abrió el Viernes Santo, en el momento que el Corazón de Cristo traspasado expiró por amor, se derramó en el sacerdocio instituido por el Señor,  el poder eficaz de cobijar, bajo el amparo de la sombra protectora del Cuerpo Místico,   a quienes yacen a la orilla del camino, los heridos por el pecado, los enfermos y  agotados por los sufrimientos, los atemorizados por las injusticias.

 Así se han derribado las máscaras del poder, los estrados del tener, los palacios del placer, y el alma humana que es asperjada por la sangre y el agua que brota del Corazón de Jesús, ve florecer, en medio de valles de lágrimas y muerte, la esperanza del triunfo del amor de Dios, que abraza en Cristo a la humanidad que clama a una sola voz: Jesus, confío en Tí.

  El Espíritu Santo que soplo el Señor, sobre los apóstoles, sopla nuevamente sobre los fieles, en el ministerio sacerdotal, liberándolos de las cadenas del pecado, y sustentando con la carne Eucarística el Pueblo Santo de Dios, que ahora, despojado por una pandemia, introduce su mano en el Corazón de Jesus, abierto e inflamado de caridad, para exclamar desde el Confinamiento y la Cuarentena: Señor mío y Dios mío.

Un día Jesús le dijo a Santa Faustina Kowalska: «La humanidad no encontrará paz hasta que se dirija con confianza a la divina misericordia» (Diario, p. 132). ¡La divina misericordia! Este es el don pascual que la Iglesia recibe de Cristo resucitado y que ofrece a la humanidad.

Contemplemos el gesto del Maestro, que transmite a sus discípulos temerosos y atónitos en aquel momento, la misión de ser ministros de la Divina Misericordia. Les muestra sus manos y su costado, con los signos de su pasión, y les comunica: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20, 21). E inmediatamente después exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23).

El don y ministerio de «perdonar los pecados», es un don que brota de las heridas de las manos y de los pies de Jesús, y sobre todo de su costado traspasado. Desde allí una ola de misericordia inunda toda la humanidad. En la Iglesia, es en la economía sacramental, y particularmente en la Eucaristía y la Confesión, donde el alma puede reconocer cuanto se aproxima Dios a nosotros en su misericordia.

Revivamos ese momento con gran intensidad espiritual. También a nosotros el Señor nos muestra hoy sus llagas gloriosas y su Corazón, manantial inagotable de luz y verdad, de amor y perdón.

 De ese Corazón rebosante de ternura, santa Faustina Kowalska vio salir dos haces de luz que iluminaban el mundo. «Los dos rayos –como le dijo el mismo Jesús– representan la sangre y el agua» (Diario, p. 132). La sangre evoca el sacrificio del Gólgota y el misterio de la Eucaristía; el agua, según la rica simbología del evangelista san Juan, alude al bautismo y al don del Espíritu Santo ( Jn 3, 5; 4, 14).

A través del misterio de este Corazón herido, no cesa de difundirse también entre los hombres y las mujeres de nuestra época, el flujo restaurador del amor misericordioso de Dios. Quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, solo en él puede encontrar su secreto.

María, Madre de misericordia, Reina de la Paz, haz que mantengamos siempre viva esta confianza en tu Hijo, nuestro Redentor. 

Alcánzanos, por una constricción y arrepentimiento profundo, por la oración humilde, por una fervorosa Comunión Espiritual y una súplica en comunión con el Santo Padre, poder vivir la verdadera paz, que es fruto de la confianza y el abandono de una vida en tinieblas. Que esta experiencia de cruz por la que caminos en estos días, restaure nuestra vida interior, pero también nuestra vida familiar, laboral, y pública, para que no solo en la tragedia sino en cada proyecto de vida humana se tenga como fundamento el clamor de la Hora de la Misericordia: Jesús confío en Ti, Santo Dios Santo fuerte y Santo inmortal, ten misericordia de nosotros y del mundo entero…

Pbro. Patricio Romero