«Mi Hora»

«Mi Hora»

13 de abril de 2022 0 Por admin

«Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'». (San Mateo 26,14-25)

«Los invito a vivir la Santa Misa…»


Puede sorprendernos que el Mesías y Redentor se refiera a «Mi Hora» al momento de sufrimiento, pasión y muerte, mientras que el corazón mundano define «su hora» con el momento de popularidad, fama, enriquecimiento y satisfacción de lo que los apetitos deseaban. Misteriosamente estos «esplendores» humanos dejan la memoria en el vacío y la sequedad. Nada más estéril que afanarnos por llegar a los reconocimientos humanos y a los aplausos pasajeros. Es mucho más contradictorio cuando el contenido es de materia de fe y piedad, donde las glorias deben ser para el Señor, y las alabanzas para nuestra Madre Santísima, a quien los ángeles exaltan con el Salve, cuando la llena de Gracia se consagra como «Sierva» al aplastar con su Fiat, en humildad y pureza, la cabeza de la serpiente.

El impulso sobrenatural de la vida de la gracia, que nos regala el Señor, va derribando los paradigmas del mundo y también del demonio, que piensan que aplastando con el madero de la traición, la negación, la indiferencia y el pecado, derrotarían la humildad, modestia y santidad del Señor. Sin embargo mientras más se abaja el Divino Redentor, más se manifiesta su gloria, más se confirma como el que es la Verdad, más resplandece como el sumo Bien.

No escatimó en humillarse y abajarse, puesto que junto con asemejarse en todo a nosotros, menos en el pecado, quiere permanecer como huésped en nuestras almas, y también como presencia Real y Verdadera, en su Sacrificio de Redención y Holocausto de Salvación, aproximándose por lo tanto físicamente, presencialmente, en el tiempo, en el espacio, en un hora y un lugar determinado, en el Misterio Eucarístico, entrando en la historia y circunstancia de los fieles que viven en valle de lágrimas, en la senda del dolor del peregrino, para transformar la oscuridad y las tinieblas, en esplendor de cielo, en medio de la tierra. El Sacrificio Santo del Altar y la Presencia Real del Señor en el Santísimo Sacramento, es el momento en que nos podemos sumergir en la » Hora del Señor», que se transforma también en nuestra «hora», donde más se nos ofrece misericordia, amor y fidelidad.

Decía el Papa Emérito Benedicto XVI a los Jóvenes del Mundo en Colonia (Alemania): «Mediante la Eucaristía, esta “hora” suya se convierte en nuestra hora, su presencia en medio de nosotros. Junto con los discípulos Él celebró la cena pascual de Israel, el memorial de la acción liberadora de Dios que había guiado a Israel de la esclavitud a la libertad. Jesús sigue los ritos de Israel. Pronuncia sobre el pan la oración de alabanza y bendición. Sin embargo, sucede algo nuevo.
Él da gracias a Dios non solamente por las grandes obras del pasado; le da gracias por la propia exaltación que se realizará mediante la Cruz y la Resurrección, dirigiéndose a los discípulos también con palabras que contienen el compendio de la Ley y de los Profetas: “Esto es mi Cuerpo entregado en sacrificio por vosotros. Este cáliz es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre”. Y así distribuye el pan y el cáliz, y, al mismo tiempo, les encarga la tarea de volver a decir y hacer siempre en su memoria aquello que estaba diciendo y haciendo en aquel momento.
¿Qué está sucediendo? ¿Cómo Jesús puede repartir su Cuerpo y su Sangre? Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, Él anticipa su muerte, la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf. 1 Cor 15,2.)».


Dice la Reina de la Paz:

Mensaje, 3 de abril de 1986

“¡Queridos hijos! Los invito a vivir la Santa Misa. Muchos de ustedes han experimentado la alegría y la belleza de la Santa Misa y hay otros también que no vienen de buena gana. Yo los he escogido, queridos hijos, y Jesús les da Sus gracias en la Santa Misa. Por lo tanto, vivan conscientemente la Santa Misa y que cada venida los llene de alegría. Vengan con amor y acojan con amor la Santa Misa. Gracias por haber respondido a mi llamado!”



Atentamente en Jesús, María y José…

Padre Patricio Romero