MEDITAR CON EL CORAZÓN

MEDITAR CON EL CORAZÓN

5 de mayo de 2021 0 Por admin

 CONOCIMIENTO DE MARÍA

Guardaba y meditaba todas las cosas en su Corazón


San Lucas 2, 42-51

“Y como no le hallasen, se volvieron a Jerusalén en busca suya. Y al cabo de tres días de haberle perdido, le hallaron en el templo sentado en medio de los doctores, que ora los escuchaba, ora les preguntaba; y cuantos le oían, quedaban pasmados de su sabiduría y sus respuestas. Al verle, pues, sus padres, quedaron maravillados. Y le dijo su Madre: «Hijo ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo, llenos de aflicción, hemos andado buscándote». Y El les respondió: «¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?» Mas ellos no entendieron el sentido de su respuesta.

Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.”


Mensaje, 25 de julio de 1998

“¡Queridos hijos! Hoy, hijitos, los invito a estar con Jesús a través de la oración, para que, por medio de una experiencia personal de oración, puedan descubrir la belleza de las creaturas de Dios. No pueden hablar ni testimoniar acerca de la oración, si no oran. Por tanto, hijitos, en el silencio del corazón, permanezcan con Jesús, para que El los cambie y transforme con Su Amor. Este es para ustedes, hijitos, un tiempo de gracia. Aprovéchenlo para su conversión personal, porque cuando tienen a Dios, tienen todo. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”


“Escuche ahora el piadoso enamorado de tu santo nombre. El cielo se alboroza, llénase de asombro la tierra, cuando digo: Ave María. Satanás huye, tiembla el infierno, cuando digo: Ave María. El mundo aparece ruin, la carne se marchita, cuando digo: Ave María Se desvanece la tristeza, reaparece el gozo, cuando digo: Ave María. Se disipa la pereza, el corazón se derrite de amor, cuando digo: Ave María”  (Imitación de María, Kempis)


“Todos corremos el grave peligro de vivir agitadamente. Todos estamos rodeados por tanta información, por tantos adelantos de la tecnología, por tantos diarios, por tanta radio y TV etc., que fácilmente surge el peligro de que perdamos nuestro silencio interior. Y si pensamos más allá, es ahí donde nuestro orgullo, nuestras necesidades superficiales, nuestras dependencias, todo eso derrumba nuestra paz y en nuestro corazón y en nuestra alma simplemente hay demasiado ruido. Una vez que hemos perdido este silencio interior, difícilmente podemos encontrarnos con Dios y escucharlo. Aquí podemos pensar en lo que el profeta Elías experimentó cuando llegó al monte Horeb, habiendo vagado primero por el desierto sin alimentarse más que de pan y agua. En medio de la tormenta, del huracán, del temblor de tierra y del fuego, Elías no pudo descubrir a Dios. Dios llegó en el silencio, con la brisa suave, y entonces Elías se postró de rodillas y adoró a Dios. Hacer silencio es una de las condiciones necesarias para poder escuchar a Dios. Dios no es ruidoso, Dios no grita, Dios se ofrece a Sí mismo, pero siempre en el silencio. Ahí, Dios nos permite acercarnos a El, nos da esa libertad, pero nunca Se impone a nosotros. Por eso es tan importante tomarnos el tiempo para orar y, por medio de esa oración, que lenta pero seguramente encontremos el camino al silencio interior. En este silencio encontraremos también a Jesús y, en particular, el amor que El nos tiene.” (Padre Slavko Barbaric)


“Por ello, el Altísimo la ha constituido tesorera única de sus riquezas y dispensadora exclusiva de sus gracias para que embellezca, levante y enriquezca a quien Ella quiera; haga transitar por la estrecha senda del cielo a quien Ella quiera; introduzca, a pesar de todos los obstáculos, por la angosta senda de la vida a quien Ella quiera, y dé el trono, el cetro y la corona regia a quien Ella quiera. Jesús es siempre y en todas partes el fruto e Hijo de María; y María es en todas partes el verdadero árbol que lleva al fruto de vida y la verdadera Madre que lo produce.” (Tratado de la  V. D. 44) 


“Toma, querida dueña mía: he aquí lo que con la gracia de tu querido Hijo he hecho de bueno; por mi debilidad e inconstancia, por el gran número y malicia de mis enemigos, que día y noche me acometen, no soy capaz de guardarlo. ¡Ay!, que todos los días estamos viendo caer en el lodo los cedros del Líbano, y venir a parar en aves nocturnas las águilas que se levantan hasta el sol! Así mil justos caen a mi izquierda y a mi diestra diez mil; pero Tú, mi poderosa y más que poderosa Princesa, tenme que no caiga; guarda todos mis bienes.” (Secreto de María, 38)