MAGNÍFICAT

MAGNÍFICAT

21 de diciembre de 2020 0 Por admin

Novena litúrgica.

Nueve días para preparar el pesebre en nuestro corazón.

VEN SEÑOR JESÚS 


Día 7   ¡Magníficat!

Dios nuestro, compadecido del hombre caído has dispuesto redimirnos por la venida de tu Hijo unigénito; concede a quienes confesamos humildemente su encarnación que lleguemos a gozar un día de la compañía de nuestro Redentor. Digamos con el Salmo 23, 7:Puertas, levanten sus dinteles. Ábranse, puertas eternas, para que entre el rey de la gloria. Amén.


Leamos el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Lucas  1, 46-55

María dijo:

Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora.

En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo!

Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquéllos que lo temen.

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.  Derribó a los poderosos de su trono, y elevó a los humildes.

Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.  Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.


Reflexionemos: Al terminar la peregrinación por esos textos, que ha sido como un viaje al jardín florido de la alabanza, la invocación, la oración y la contemplación, hoy reflexionaremos sobre el Cántico con el que se concluye idealmente toda celebración de las Vísperas:  el Magníficat (cf. Lc 1, 46-55). 

Es un canto que revela con acierto la espiritualidad de los anawim bíblicos, es decir, de los fieles que se reconocían «pobres» no sólo por su alejamiento de cualquier tipo de idolatría de la riqueza y del poder, sino también por la profunda humildad de su corazón, rechazando la tentación del orgullo, abierto a la irrupción de la gracia divina salvadora. 

La estructura íntima de su canto orante es, por consiguiente, la alabanza, la acción de gracias, la alegría, fruto de la gratitud. Pero este testimonio personal no es solitario e intimista, puramente individualista, porque la Virgen Madre es consciente de que tiene una misión que desempeñar en favor de la humanidad y de que su historia personal se inserta en la historia de la salvación. Así puede decir:  «Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (v. 50). Con esta alabanza al Señor, la Virgen se hace portavoz de todas las criaturas redimidas, que, en su «fiat» y así en la figura de Jesús nacido de la Virgen, encuentran la misericordia de Dios. 

 Acojamos ahora la invitación que nos dirige san Ambrosio en su comentario al texto del Magníficat. Dice este gran doctor de la Iglesia:  «Cada uno debe tener el alma de María para proclamar la grandeza del Señor, cada uno debe tener el espíritu de María para alegrarse en Dios. Aunque, según la carne, sólo hay una madre de Cristo, según la fe todas las almas engendran a Cristo, pues cada una acoge en sí al Verbo de Dios… El alma de María proclama la grandeza del Señor, y su espíritu se alegra en Dios, porque, consagrada con el alma y el espíritu al Padre y al Hijo, adora con devoto afecto a un solo Dios, del que todo proviene, y a un solo Señor, en virtud del cual existen todas las cosas» (Esposizione del Vangelo secondo Luca, 2, 26-27:  SAEMO, XI, Milán-Roma 1978, p. 169). (Benedicto XVI, 16 de Febrero, 2006)


La Reina de la Paz nos llama:

“¡Queridos hijos! Hoy es el gran día de la alegría y de la paz. Alégrense conmigo. Hijitos, de manera especial, los invito a la santidad en sus familias. Deseo, hijitos, que cada una de sus familias sea santa, y que la alegría y la paz de Dios, que Dios hoy les envía de manera especial, reinen y moren en sus familias. Hijitos, abran hoy sus corazones en este día de gracia; decídanse por Dios y pónganlo en el primer lugar en sus familias. Yo soy su Madre. Los amo y les doy mi bendición maternal.”(Mensaje 25 de Diciembre 2006)


Oremos con el Padre Slavko:

Dios, Padre nuestro, en nombre de tu Hijo Jesús que oró y enseñó a sus Apóstoles a orar, te pedimos junto con María, tu más humilde Sierva y nuestra poderosa Intercesora, que llenes nuestros corazones de amor para que podamos abrir nuestros corazones a la oración y así la oración se convierta en un encuentro gozoso contigo. Padre, te pedimos en nombre de tu Hijo Jesús y con María, enséñanos a orar, enseña a nuestros padres a orar, enseña a nuestras familias a orar, enseña a los grupos de oración a orar, para que así nosotros, los que oramos, podamos experimentar que somos tus hijos; para que en comunión experimentemos el gozo de ser hermanos y hermanas; para que nos encontremos contigo, Padre nuestro, en la oración: para que podamos experimentar que Tú eres nuestro Padre, y para que nos encontremos con todos los demás como hermanos y hermanas y de esa forma, en comunión, experimentemos esa familia que somos. Oh, Padre, revela a través de tu Espíritu Santo a todos tus hijos, tu santa Voluntad para que todos testimoniemos gozosamente tu Amor en este mundo. (Fray Slavko Barbaric, 27 de Septiembre del 2000)


Credo (1), Padre Nuestro, Ave María y Gloria (7 veces).