La vida de oración de Santa Clara

La vida de oración de Santa Clara

10 de agosto de 2022 0 Por admin

Su vida y su oración deben ser un espejo radiante en el que sus contemporáneos puedan contemplar el ideal de la vida cristiana.

Según su «biografía oficial» de Fray Tomás de Celano

La oración mística de santa Clara en sus Escritos

Los Escritos de santa Clara de Asís, de un estilo literario incomparablemente superior al de los de san Francisco, muestran los extraordinarios frutos crecidos en el árbol de su contemplación. Así lo vemos, concretamente, en las cuatro Cartas a santa Inés de Praga, en su Testamento y en la Bendición a sus hijas espirituales, poco antes de morir. Dada la índole propia de un artículo, me limito simplemente a proponer algunas alusiones que tal vez estimulen al lector a saborear personalmente la obra escrita de Clara.

El Testamento no posee la textura de una oración, sino la de una exhortación. Sin embargo, contiene varios fragmentos en los que se percibe claramente que la cofundadora de la Segunda Orden ha meditado su vida con la mirada fija constantemente en Dios. El hecho de empezar el testamento y últimas disposiciones con la expresión «En el nombre del Señor. Amén» (TestCl 1), no tiene nada de particular, es un reflejo de la costumbre de entonces. Pero, al instante, desde su primera frase, Clara manifiesta la necesidad de dar gracias a Dios por su llamada a la vida evangélica: «Entre otros beneficios que hemos recibido y seguimos recibiendo de nuestro benefactor el Padre de las misericordias (cf. 2 Cor 1,3), y por los cuales estamos más obligadas a rendir gracias al mismo glorioso Padre de Cristo, se encuentra el de nuestra vocación; y cuanto más perfecta y mayor es ésta, tanto es más lo que a Él le debemos» (Test 2-3).

Esta obligación de dar gracias alude sobre todo a Cristo y a Francisco, fundador de la Orden: «El Hijo de Dios se hizo para nosotras camino (cf. Jn 14,6), que, de palabra y con el ejemplo (1 Tim 4,12), nos mostró nuestro bienaventurado padre Francisco, verdadero amante e imitador suyo» (TestCl 5).

Contemplando la puerta de la eternidad que se abre ante su alma, Clara ve nítidamente cómo la providencia divina se sirvió de Francisco para mostrarle el camino de su vocación, difícil y completamente nuevo para la mentalidad y sociedad de entonces. «Es, pues, deber nuestro, hermanas queridas, tomar en consideración los inmensos beneficios de Dios en nosotras; y, entre otros, los que por medio de su servidor, nuestro amado padre el bienaventurado Francisco, se ha dignado realizar en nosotras» (TestCl 6-7).

La visión retrospectiva del inicio y desarrollo de la comunidad de la Orden, la induce a sacar las consecuencias pertinentes: «¡Con cuánta solicitud y con cuánto empeño del alma y del cuerpo no debemos cumplir los mandamientos de Dios y de nuestro padre, para devolver multiplicado, con la ayuda del Señor, el talento recibido! (cf. Mt 25,15-23)» (TestCl 18).

A continuación Clara subraya, con un énfasis especial, la obligación de ser modelo para las hermanas de los otros conventos y para la gente que vive en el mundo, sirviéndose para ello de la imagen del espejo, un rasgo típicamente femenino: «Pues el mismo Señor nos puso a nosotras como modelo para ejemplo y espejo no sólo ante los extraños, sino también ante nuestras hermanas [de otros monasterios], que fueron llamadas por el Señor a nuestra vocación, con el fin de que ellas a su vez sean espejo y ejemplo para los que viven en el mundo. Así, pues, ya que el Señor nos ha llamado a cosas tan grandes que en nosotras se puedan mirar aquellas que son ejemplo y espejo para los demás, estamos muy obligadas a bendecirle y alabarle y a confortarnos más en Él para obrar el bien» (TestCl 19-22).

Sabiéndose llamadas por la gracia divina a recorrer, siguiendo las enseñanzas y el ejemplo de san Francisco, el camino hacia el Padre que nos ha sido manifestado palpablemente en Jesucristo, Clara y las Damas Pobres son conscientes de su vocación de ejemplaridad en la Iglesia. Su vida y su oración deben ser un espejo radiante en el que sus contemporáneos puedan contemplar el ideal de la vida cristiana. La vida en el seno de los estrechos muros de la clausura corre el riesgo de degenerar en mero reflejo de ella misma. Para evitar tal peligro, Clara despliega ante sus hermanas de ayer y de hoy el amplio horizonte de la corresponsabilidad espiritual.


Fuente: Franciscanos.org