La libertad interior

La libertad interior

10 de julio de 2021 0 Por admin

San Juan Pablo II: “el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donación y en el servicio”


Mensaje, 2 de enero de 2011. Aparición a Mirjana

“Queridos hijos, hoy os invito a la comunión en Jesús, mi Hijo. Mi Corazón Materno ora para que comprendáis que sois la familia de Dios. Por medio de la libertad espiritual de la voluntad, que os ha concedido el Padre Celestial, sois llamados a conocer en vosotros la verdad, el bien o el mal. Que la oración y el ayuno abran vuestros corazones y os ayuden a descubrir al Padre Celestial por medio de mi Hijo. Con el descubrimiento del Padre, vuestra vida se orientará al cumplimiento de la voluntad de Dios y a la creación de la familia de Dios, tal como mi Hijo lo desea. Yo no os abandonaré en este camino. ¡Gracias! 


La libertad interior es aquella pureza del corazón, que permite al alma dar un “Sí” generoso al Señor, imitando su conmovedor ‘¡Sí, Padre!’ desde el fondo de su corazón, en adhesión al querer del Padre, que es el mismo ‘Fiat’ de su Madre en el momento de su Concepción y de su Pasión. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón  al “misterio de la voluntad” del Padre (Ef 1, 9)”. Libre de la más engañosa de las esclavitudes, que es la de la soberbia del propio querer y la propia voluntad, nuestro Señor, con su Encarnación nos introduce en la sublime libertad interior de quien renuncia y  generosamente  da la vida, por Amor. De aquí  la invocación que dirigimos a Dios en el Padrenuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo”.  

Solo en esa libertad interior podemos aproximarnos a un conocimiento filial de Dios, que se abandona al designio del Padre y se hace como niño, en los designios paternos. Es la pureza del corazón la que permite reconocer el rostro de Dios en Jesucristo; y tener el corazón sencillo como el de los niños, sin la presunción de quien se cierra en sí mismo, pensando que no necesita a nadie, ni siquiera a Dios.

Además de los peligros externos, como las ideologías, herejías, idolatrías y ataques en los medios y la sociedad hacia la fe, también hay peligros y enemigos internos de la libertad interior.

Se necesita humildad para reconocer que tenemos corazones engañosos y perversos (Jer. 17, 9). En lo más recóndito del corazón humano se esconden nuestros peores enemigos: orgullo, celos, envidia, codicia, ira… «¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros?»  (Santiago 4,1)

David sabía que no podía conocer las hondonadas de su propio corazón. El corazón del hombre es un misterio que solo Dios conoce a profundidad. Por eso imploró al Señor que le revelara sus íntimos pensamientos e intenciones: “Sóndame, oh Dios, mi corazón conoce, pruébame, conoce mis desvelos»  (Sal. 139, 23).

Algunas veces, Dios se vale de circunstancias dolorosas para mostrarnos lo que oculta nuestro engañoso corazón. 

Cuando Dios saca a la luz los secretos de nuestro corazón es un acto de misericordia. Él quiere que hagamos morir el pecado. El día que Dios le reveló al rey David, por medio del profeta Natán, los pecados de adulterio y homicidio que escondió por largo tiempo en los escollos de su corazón, cayó de rodillas y rogó:

“Misericordia Dios mío por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mis delitos, limpia mi pecado” (Sal. 51, 3-4)


Los principales enemigos internos de nuestra libertad, son dos:

1º. LA SOBERBIA Y EL ORGULLO.  La fe, en efecto, exige el humilde sometimiento de la inteligencia y de la voluntad ante unas verdades cuya evidencia intrínseca no puede verse y que se aceptan únicamente por la autoridad de Dios, que las revela. Esto se le hace muy difícil al soberbio.Y así vemos que sencillos y humildes, gente pobre y sin acceso a una formación religiosa y cultural, tienen a veces una fe mucho más viva y penetrante que muchos teólogos eruditísimos, que a veces pierden incluso la fe arrastrados por la soberbia.

2º. LA VIDA INMORAL. Se comprende perfectamente. La transgresión continua y culpable de la ley de Dios (deshonestidades, negocios sucios, etc.) produce en el alma del pecador un desasosiego cada vez mayor contra la ley de Dios, que le prohíbe entregarse con tranquilidad a sus desórdenes. Esta situación psicológica tiene que desembocar lógicamente, tarde o temprano, en una de estas dos soluciones: el abandono del pecado o el abandono de la fe. Si a esto añadimos que Dios va retirando cada vez más sus gracias y sus luces en castigo de los pecados cometidos, no es de maravillar que el desgraciado pecador acabe apostatando de la fe. No cabe duda: la inmoralidad desenfrenada que reina en el mundo de hoy es una de las causas principalísimas—la más importante después de la propaganda materialista y atea—de la descristianización cada vez mayor de la moderna sociedad.  El mismo Cristo nos avisa en el Evangelio que el que obra mal, odia la luz (Jn. 3,20). No hay nada que tanto ciegue como la obstinación en el pecado.  (Antonio Royo Marín  O.P.)


«No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, Benedicto XVI).

Tenemos que esforzarnos por santificar el momento presente. «Dejar el ayer a la misericordia de Dios, y el futuro a su divina providencia» o, como decía San Agustín, «hacer lo que estés haciendo».

Los santos han sido libres porque han sido esclavos. No han sido héroes sino personas normales cuyo mérito ha sido dejarse modelar por la voluntad de Dios.

Dice Viktor Frankl: “Los supervivientes de los campos de concentración aún recordamos a algunos hombres que visitaban los barracones consolando a los demás y ofreciéndoles su único mendrugo de pan. Quizá no fuesen muchos, pero esos pocos representaban una muestra irrefutable de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades –la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino– para decidir su propio camino.”

“El talante con el que alguien acepta su ineludible destino y todo el sufrimiento que le acompaña, la forma en que carga con su cruz, le ofrece una singular oportunidad –incluso bajo las circunstancias más adversas– para dotar a su vida de un sentido más profundo. Aun en esas situaciones se le permite conservar su valor, su dignidad, su generosidad.”

La cruz cotidiana nos proporcionará humildad, aquella auténtica de «andar en verdad» ante Dios y ante los hermanos, de Santa Teresa de Jesús, y nos hará degustar del exquisito sabor de la templanza y de la confianza.

Podremos adquirir la libertad interior en la medida en que desarrollemos las virtudes teologales de la Fe., la esperanza y la caridad. Para alcanzar a ser libres de nosotros mismos…


En la oración constante de forja nuestra libertad interior:

“Ante todo, con la oración animada por el Espíritu somos capaces de abandonar y superar cualquier forma de miedo o de esclavitud, viviendo la auténtica libertad de los hijos de Dios. Sin la oración que alimenta cada día nuestro ser en Cristo, en una intimidad que crece progresivamente, nos encontramos en la situación descrita por san Pablo en la Carta a los Romanos: no hacemos el bien que queremos, sino el mal que no queremos (cf. Rm 7, 19). Y esta es la expresión de la alienación del ser humano, de la destrucción de nuestra libertad, por las circunstancias de nuestro ser a causa del pecado original: queremos el bien que no hacemos y hacemos lo que no queremos, el mal. El Apóstol quiere darnos a entender que no es en primer lugar nuestra voluntad lo que nos libra de estas condiciones, y tampoco la Ley, sino el Espíritu Santo. Y dado que «donde está el Espíritu del Señor hay libertad» (2 Co 3, 17), con la oración experimentamos la libertad que nos ha dado el Espíritu: una libertad auténtica, que es libertad del mal y del pecado para el bien y para la vida, para Dios. La libertad del Espíritu, prosigue san Pablo, no se identifica nunca ni con el libertinaje ni con la posibilidad de optar por el mal, sino con el «fruto del Espíritu que es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Ga 5, 22). Esta es la verdadera libertad: poder seguir realmente el deseo del bien, de la verdadera alegría, de la comunión con Dios, y no ser oprimido por las circunstancias que nos llevan a otras direcciones.” (Benedicto XVI, 16 de mayo de 2012)


Una  libertad interior para perder nuestra vida, para encontrar de este modo la vida verdadera, dándola por Dios, por su Reino, por nuestros hermanos…

El ser humano nunca puede ser redimido solamente desde el exterior, ni puede desarrollarse sólo con sus propias fuerzas. Esto es así debido a que en la actividad humana no sólo importa el mayor dominio de la naturaleza, sino sobre todo importa el incremento del bienestar moral, el crecimiento en el ámbito de la conciencia ética y de la decisión moral. Entonces el motor del desarrollo habrá de serlo la caridad, que es gracia: amor recibido, que desciende del padre, por el Hijo en el Espíritu; amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que dilata nuestra existencia más allá de nosotros mismos y conquista nuestra libertad para el bien una y otra vez.

Vivir en el bien y en el amor, sólo es posible en la medida en que la iniciativa divina suscita como respuesta la misma libertad, la perfila en su significado original y, luego, la dispone y sostiene para llevarla a su cumplimiento. La libertad, que nos es lo más propio, es algo que nos ha sido dado: nos corresponde por naturaleza, pero como algo que hemos recibido de quien es nuestro origen y nuestro fin. Nos ha sido dada para realizarnos a nosotros mismos haciendo el bien y viviendo en el amor: más que posibilidad de elegir, es posibilidad de elegir el bien y alcanzar así desde nosotros mismos la meta de nuestra existencia, la plena comunión en el amor.

 Lo advierte claramente el Papa San Juan Pablo II: “el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donación y en el servicio”. Ahora bien, como esta meta excede las posibilidades de nuestra naturaleza, más aún en las condiciones concretas de nuestra existencia, se hace necesario volver a la síntesis de San Agustín, quien, a la luz de las enseñanzas de San Pablo y San Juan, nos recuerda que es el Espíritu Santo de Dios quien actúa en nosotros y desde nosotros haciéndonos amar el bien.


Dijo Benedicto XVI (18 de Octubre del 2007): “La participación en este amor dió a María la fuerza para su Sí sin reservas. Ante el amor respetuoso y delicado de Dios, que para la realización de su proyecto de salvación espera la colaboración libre de su criatura, la Virgen superó toda vacilación y, con vistas a ese proyecto grande e inaudito, se puso confiadamente en sus manos. Plenamente disponible, totalmente abierta en lo íntimo de su alma y libre de sí, permitió a Dios colmarla con su Amor, con el Espíritu Santo. Así María, la mujer sencilla, pudo recibir en sí misma al Hijo de Dios y dar al mundo el Salvador que se había donado a ella…”

Pidamos a la Reina de la Paz que nos enseñe a ser, como ella, libres de nosotros mismos, para encontrar en la disponibilidad a Dios nuestra verdadera libertad, la verdadera vida y la alegría auténtica y duradera.


Pbro. Patricio Romero