La Inconmensurable Misericordia Divina

La Inconmensurable Misericordia Divina

18 de abril de 2022 0 Por admin

«Jesús, confío en ti”; en estas palabras se resume la fe del cristiano, que es fe en la omnipotencia del amor misericordioso de Dios.


Mensaje, 2 de febrero de 2009  

“¡Queridos hijos! Hoy con mi amor maternal deseo recordaros el inconmensurable amor de Dios y la paciencia que de él fluye. Vuestro Padre me envía y espera. Espera vuestros corazones abiertos y dispuestos para sus obras. Espera vuestros corazones unidos en el amor cristiano y la misericordia en el espíritu de mi Hijo. Hijos, no malgastéis el tiempo, porque no os pertenece. Gracias. ”


 La imagen de la Divina Misericordia, entregada en manos de Santa Faustina, por petición del Señor a la Iglesia, es un testimonio eficaz, así como toda la riqueza que le otorga el Señor a la sacralidad de los signos o imágenes piadosas o litúrgicas, pero es también, un verdadero camino de esperanza que nos conduce y prepara con seguridad, a la «última venida de Cristo». Jesús nos dió esta imagen específicamente para darnos la esperanza y para darnos una esperanza constante que nos prepara en la confianza real para su venida. Las palabras «Jesús, en Ti confío» han sido un gran consuelo para muchas personas, especialmente en  momentos de sufrimiento, debilidad  y persecución. 

 «La imagen de la Divina Misericordia retrata a Cristo viene a nosotros desde el Cielo y la apertura de la cortina del pecado que nos separaba del Padre y que en Cristo, el Hijo, quiere en el hoy de nuestras vidas,  otorgarnos su gracia y la misericordia inagotable. 

 La imagen de la Divina Misericordia tiene una referencia a los sacramentos, y sobre todo, al Bautismo y a la Eucaristía, y, está  esencialmente relacionada con la riqueza y sobreabundancia de gracia  que se concede en la sagrada liturgia. 

 Jesús nos dijo que los dos rayos en la imagen de la Divina Misericordia denotan la sangre (la Eucaristía), que es la vida de las almas, y el agua (bautismo), que justifica a las almas. Por o tanto es también una oportunidad y don de una renovación fructuosa de los frutos de la vida sacramental y de la acción redentora del Señor en nuestras vidas.

 El centro del icono de Cristo es el misterio pascual: Cristo se presenta como el Crucificado, el Señor resucitado, el que vendrá de nuevo y que aquí y ahora ocultamente reina sobre todos. Cada imagen de Cristo debe contener estos tres aspectos esenciales del misterio de Cristo y, en este sentido, debe ser una imagen de la Pascua». La imagen de la Divina Misericordia tiene todas estas tres realidades del contenido de la redención.

 La imagen de la Divina Misericordia es la imagen de Cristo resucitado en la primera Pascua, en la noche de la Resurrección, cuando milagrosamente aparece allí en el Cenáculo, para otorgar a los apóstoles el poder del Espíritu Santo para perdonar los pecados. Su mano se levanta para la bendición sacerdotal, y les muestra sus heridas, convocándolos a la confianza en su misericordia. La imagen dice con los signos plasmados en ella: «Recibid el Espíritu Santo, cuyos pecados se perdonan son perdonados, lo que retengáis nuestra retenidos». (Evangelio de Juan, 20:23) 

 Recordemos que Santo Tomás, llamado “el incrédulo”, no estaba allí el primer domingo de Pascua, pero si estaba allí en «el segundo domingo de Pascua», el primer domingo de la Misericordia Divina. Todo fue así,  porque el Señor tenía la intención de convocar a toda la humanidad a confiar en Jesús sin ver. Ahora podemos ver por qué Jesús insistió en que la imagen de la Divina Misericordia, con las palabras «Jesús, en Ti confío» estén a la vista y  sean venerada en nuestras iglesias en este día. 

 Jesús, después de la Resurrección, visitó a sus discípulos, atravesando las puertas cerradas del Cenáculo. San Agustín explica que «las puertas cerradas no impidieron la entrada de ese cuerpo en el que habitaba la divinidad. Aquel que naciendo había dejado intacta la virginidad de su madre, pudo entrar en el Cenáculo a puerta cerrada» (In Ioh. 121, 4) y san Gregorio Magno añade que nuestro Redentor se presentó, después de su Resurrección, con un cuerpo de naturaleza incorruptible y palpable, pero en un estado de gloria (Hom. Evang San Juan, 21, 1: CCL 141, 219). “Jesús muestra las señales de la pasión, hasta permitir al incrédulo Tomás que las toque. ¿Pero cómo es posible que un discípulo dude? En realidad, la condescendencia divina nos permite sacar provecho hasta de la incredulidad de Tomás, y de la de los discípulos creyentes. De hecho, tocando las heridas del Señor, el discípulo dubitativo cura no sólo su desconfianza, sino también la nuestra.” (San Agustín, Sermón Octava de Pascua). 

 La visita del Resucitado no se limita al espacio del Cenáculo, sino que va más allá, para que todos puedan recibir el don de la paz y de la vida con el «Soplo creador». En efecto, en dos ocasiones Jesús dijo a los discípulos: «¡Paz a vosotros!», y añadió: «Como el Padre me ha enviado, también yo os envío» (San Juan 20, 31) . Dicho esto, sopló sobre ellos, diciendo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos». Esta es la misión de la Iglesia perennemente asistida por el Paráclito: llevar a todos el alegre anuncio, la gozosa realidad del Amor misericordioso de Dios, «para que —como dice san Juan— creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» . 

 Esta es la Paz que Jesús resucitado pronunció como saludo y sobre todo como anuncio de su victoria a los discípulos:  «Paz a vosotros» (Lc 24, 36; Jn 20, 19. 21. 26). La paz es el don que Cristo ha dejado a sus amigos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.» 

  “La paz os dejo” (Jn 14, 27), dice el Señor,  como bendición destinada a todos los hombres y a todos los pueblos. No la paz según la mentalidad del «mundo», como equilibrio de fuerzas, sino una realidad nueva, fruto del amor de Dios, de su misericordia. Es la paz que Jesucristo adquirió al precio de su sangre y que comunica a los que confían en Él, por lo que pueden decir:  «Jesús, confío en ti”; en estas palabras se resume la fe del cristiano, que es fe en la omnipotencia del amor misericordioso de Dios.

 Y es que de la Misericordia Divina, que pacifica los corazones, brota la auténtica paz en el mundo, la paz entre los diversos pueblos, culturas y religiones.

 Esta es la riqueza del inconmensurable amor de Dios, como dice la Reina de la Paz, en el que Dios se revela y se deja conocer, y en el que el hombre llega a saber quién es Dios, y conociéndole se descubre a sí mismo, su proprio origen, su destino, la grandeza y la dignidad de la vida humana.   El amor de Dios, dado a conocer en su Divina Misericordia,  nos  hace ver, abre los ojos, permite conocer toda la realidad, mas allá de las estrechas perspectivas del individualismo y del subjetivismo que desorientan las conciencias. Este conocimiento de Dios es por ello una verdadera experiencia de fe, y también al mismo tiempo, un conocimiento intelectual y moral: alcanzados por la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros, superando los horizontes de nuestros egoísmos y nos abrimos a los verdaderos valores de la existencia humana. 

   El abismo de misericordia del Señor que es un misterio, pero que a su vez, no es irracional, sino sobreabundancia de sentido, de significado, de verdad, que podemos abrazar y en el que podemos vivir, con nuestros corazones abiertos y dispuestos para sus obras y los anhelos de la Reina de la Paz.


Pbro. Patricio Romero