La Cruz,  cátedra suprema de la verdad de Dios y del hombre

La Cruz, cátedra suprema de la verdad de Dios y del hombre

13 de septiembre de 2022 0 Por admin

“Oren para que sean capaces de entender que el sufrimiento puede convertirse en alegría…” 


“El que quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si se pierde o se arruina a sí mismo?” (San Lucas  9, 22-25)

Decía Orígenes: el que quiere vivir según el mundo y continuar gozando de las cosas sensibles, éste la perderá, porque no la conducirá a los términos de la bienaventuranza. Y por el contrario, añade: «Y quien perdiere su alma por amor de mí, la salvará». Es decir, el que menosprecia las cosas sensibles, prefiriendo la verdad -aun exponiéndose a la muerte-, éste que por decirlo así, pierde su alma por Cristo, más bien la salvará. Por tanto, si es bueno salvar el alma (con relación a la salvación que está en Dios), cierta perdición debe ser buena para el alma, es decir, la que se hace en vista de Cristo. 

La cruz ha venido a ser para nosotros la cátedra suprema de la verdad de Dios y del hombre.    En el centro de vuestra vida actual está la cruz. Muchos huyen de ella. Pero quien pretende escapar de la cruz no encuentra la verdadera alegría. Los jóvenes no pueden ser fuertes ni los adultos permanecer fieles si no han aprendido a aceptar una cruz.

Seguir a Jesús significa muchas veces no sólo dejar las ocupaciones y romper los lazos que hay en el mundo, sino también distanciarse de la agitación en que se encuentra e incluso dar los propios bienes a los pobres. No todos son capaces de hacer ese desgarrón radical: no lo fue el joven rico, a pesar de que desde niño había observado la ley y quizá había buscado seriamente un camino de perfección, pero “al oír esto (es decir, la invitación de Jesús), se fue triste, porque tenía muchos bienes” (Mt 19, 22; Mc 10, 22). Jesús, al establecer la exigencia de la respuesta a la vocación a seguirlo, no esconde a nadie que su seguimiento requiere sacrificio, a veces incluso el sacrificio supremo. 


El dolor indudablemente asusta a todos, pero cuando es iluminado por la fe se convierte en una poda del egoísmo, de las banalidades y frivolidades. Los cristianos vivimos el dolor en comunión con Jesús Crucificado: aferrándonos a Él, llenamos el dolor de Amor y lo transformamos en una fuerza que desafía y supera el egoísmo aún presente en el mundo. Aferrados al Corazón Materno de María el dolor se convierte en unción espiritual, por el fuego del Espíritu Santo que nos regala Jesucristo, desde su Corazón abierto por la lanza, en un dolor redimido por su Amor y transformado en un antídoto para el egoísmo humano.

Sólo es posible abriéndonos al Corazón a Jesús: sólo con Él se puede entender el dolor y apreciarlo. Sólo así nos vemos liberados de la tentación de ser idólatras e ídolos den este mundo, y nos sostenemos en la humildad en la que nos educa por los caminos Eucarísticos, el ayuno y la oración, la Reina de la Paz.  Ella nos aproxima a Jesús, para que el resplandor de la Llama de Amor viviente de Cristo, haga del dolor un camino de alegría pascual.


Mensaje, 25 de septiembre de 1996

“¡Queridos hijos! Hoy los invito a ofrecer sus cruces y sus sufrimientos por mis intenciones. Hijitos, yo soy su Madre y deseo ayudarles obteniendo para ustedes la gracia de Dios. Hijitos, ofrezcan sus sufrimientos como un regalo a Dios, a fin de que se conviertan en una hermosísima  flor de alegría. Por eso, hijitos, oren para que sean capaces de entender que el sufrimiento puede convertirse en alegría y la cruz en camino de alegría. Gracias por haber respondido a mi llamado!”.


Tomar la cruz significa comprometerse en derrotar al pecado que obstaculiza el camino hacia Dios, acoger cotidianamente la voluntad del Señor, acrecentar la fe sobre todo ante los problemas, las dificultades, el sufrimiento.  Si la grandeza y omnipotencia divina se humilla generosamente por nuestra redención, cuanta salud espiritual y esperanza de gloria podremos ponderar nosotros, si abrazamos la Cruz por amor al Señor y compasión por nuestros semejantes.

 “El cristiano sigue al Señor cuando acepta con amor la propia cruz, a pesar de que a los ojos del mundo aparece como un fracaso y una ‘pérdida de la vida’, el cristiano sabe que no la lleva él solo, sino que la lleva con Jesús, compartiendo su mismo camino de donación” (Benedicto XVI, 28 de Agosto del 2011)

Pbro. Patricio Romero