La Consagración a María en las horas graves

La Consagración a María en las horas graves

29 de marzo de 2022 0 Por admin

El tiempo de la prueba es a menudo un tiempo de fervor y de generosidad cristiana.


El Papa Francisco enfatizó: «La Consagración al Inmaculado Corazón de María no es una fórmula mágica, sino un acto espiritual. «Es el gesto de la plena confianza de los niños que, en tribulación, se vuelven a su madre, arrojando miedo y dolor en su corazón, entregándose a ella. El Papa señaló, al final, que «si queremos que el mundo cambie, primero debemos cambiar nuestros corazones».
Nos consagramos a María para ponernos plenamente disponibles para los planes de Dios.


La Consagración en las horas graves

Debemos estar animados sin cesar por una confianza de niño para con la Santísima Virgen, nuestra Providencia creada y materna. Este recurso confiado a nuestra divina Madre no está fuera de lugar, como hemos visto, en las dificultades más humildes de la vida, de modo semejante a como el niño recurre a su mamá en los más mínimos detalles de cada día.
Pero cuando el niño se siente en peligro, cuando una prueba dolorosa lo atenaza, en la enfermedad, en la angustia suprema, su madre es más que nunca su consuelo y su sostén. Que nuestra Madre del cielo deba ser para nosotros, sus hijos, el recurso seguro en las horas graves de lucha y de sufrimiento, se deduce claramente de las denominaciones consoladoras que la Iglesia ha dado a Nuestra Señora: Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consoladora de los afligidos, Auxilio de los cristianos.

Y nuestra experiencia cotidiana nos enseña que en la vida de todos nosotros hay horas graves, y sombras de luchas y pruebas. Tarde o temprano nos damos cuenta de que la tierra en que vivimos es un «valle de lágrimas, vallis lacrymarum».

El Paraíso terrestre quedó cerrado, y nosotros perdimos el camino que a él conduce. Nuestra tierra no produce de sí misma más que cardos y espinas, y, como castigo del pecado, no comemos nuestro pan más que con el sudor de nuestra frente. La preocupación del pan cotidiano para nosotros y para los nuestros puede a veces pesar muchísimo sobre nuestros pobres hombros. La llamada «lucha por la vida» se lleva a cabo a menudo con armas muy desiguales. Prevemos a veces el futuro con angustia. Cuando en el hogar se llena un lugar tras otro, te preguntas a veces si tendrás siempre con qué alimentar estas pequeñas bocas hambrientas. Te echas atrás, te debilitas en la vida, te sientes amenazado de hundirte en la ruina. Te llega una desgracia tras otra; se suceden sin parar las pérdidas graves y los gastos extraordinarios. Tu situación no tiene salida… La deshonra te espía, la quiebra está a tus puertas…

María, tu dulce Madre, aportará la solución a estas dificultades inextricables, si se lo pides con fe firme y viva. Como esclavo de amor la has hecho Propietaria y Gerente de tus bienes temporales. ¡Quédate sin miedo! ¡En la hora querida Ella te tenderá una mano caritativa y se encargará de ti y de los tuyos con una bondad materna encantadora!

Sin embargo, se impone aquí una observación, que también se aplica a muchas otras cosas fuera de la preocupación del pan cotidiano. Se trata en este caso de bienes temporales, y no debemos desear ni pedir bienes temporales sino en función de nuestros intereses espirituales y eternos. Pobreza no es ni vergüenza ni vicio. Al contrario, para quien sabe llevarla, es riqueza y honor, puesto que Jesús mismo la beatificó y practicó. Además, el sufrimiento es inevitable; es incluso un tesoro preciosísimo: «Bienaventurados vosotros que lloráis, porque seréis consolados». Y Nuestra Señora debe hacernos conformes a su Jesús, a su Jesús crucificado. Hay que acordarse de todo esto, como también del hecho incontestable de que nos es provechoso que nuestras oraciones no sean inmediatamente oídas. Entonces es cuando aprendemos realmente a rezar. El tiempo de la prueba es a menudo un tiempo de fervor y de generosidad cristiana. Pero, por otra parte, es absolutamente cierto que, en la medida en que sea necesario para nuestra salvación y santificación, la Santísima Virgen solucionará las dificultades materiales más inextricables en apariencia, y que, si se lo pedimos con confianza e insistencia filiales, Ella satisfará maternalmente nuestras necesidades temporales.

¿Qué esclavo de amor no ha experimentado repetidas veces en su vida esta solicitud materna de María, incluso por lo que mira a sus intereses materiales? Yo mismo me acuerdo con alegría de sus maravillosas intervenciones maternas en este orden, por ejemplo, para proporcionar un sustento absolutamente inesperado a un joven matrimonio que le estaba consagrado, y en el que se empezaban a dejar sentir los apuros económicos, o para aportar la más sorprendente de las soluciones a otra familia, amenazada por la ruina y la miseria.
O tal vez sea la enfermedad, que te persigue y te hace difícil el cumplimiento de tu deber, o que hace imposible la realización del sueño de tu vida… O, al contrario, tal vez se trate de un ser querido, que se ve clavado en el lecho del sufrimiento. Pareciera incluso que tú mismo sufres más sus dolores, que si te tocara a ti ser el enfermo. Todo el hogar queda en el desconcierto por esta prueba dolorosa. El padre, a quien toca ganar el sustento, se encuentra derribado por la dolencia, o tal vez la madre, cuya ternura y solicitud son indispensables a varios niños aún pequeños. ¿De dónde vendrá la salvación?
María es la «Salus infirmorum», la Salud de los enfermos, y nues­tras oraciones suplicantes subirán hacia Ella. ¡Cuántos miles y cientos de miles de cristianos experimentaron el poder y la ternura de la gran Taumaturga de Dios en Lourdes y en tantos otros santuarios venerados! Pero las curaciones no se operan solamente en estos lugares benditos de oración; sino que se las encuentra por todas partes, dondequiera que haya hombres que creen y rezan. Sin duda que una curación necesaria en apariencia no es siempre lo más provechoso para el enfermo y para los suyos. Los designios de Dios siguen siendo impenetrables para nosotros, y sólo nos serán revelados plenamente en la luz de la eternidad. Pero si, al contrario, la curación deseada entra en el plan de Dios, aunque exigiese uno o diez milagros, se realizará por la oración de Aquella a la que se lo has confiado todo. Tus fuerzas agotadas, después de varios meses de impotencia, se rehacen inopinadamente, y te hacen capaz de una suma de trabajo inesperada… Y si un mal tuviese que continuar afligiéndote, por los adorables designios de Dios y por motivos insondables para ti, experimentarás ciertamente que la Santísima Virgen dispondrá las cosas de tal modo que sientas su presencia materna y su preciosísima asistencia. Sus delicadezas maternas te ayudarán a llevar tu cruz con va­lentía y alegría, y a santificar esta prueba tan preciosa para tu alma.

Tarde o temprano, es absolutamente inevitable, nos encontraremos con la muerte en nuestro camino. Ahora te arrebata repentinamente a un padre o a una madre amadísimos, después de años de cuidados incesantes y afectuosos por parte tuya. O arranca a tu ternura a uno de tus hijos en la flor de su edad. O se lleva de tu lado a un esposo, a una esposa, después de largos años de fidelidad y de caridad mutuas. ¡La muerte causa frecuentemente heridas tan profundas, realmente incurables, a nuestro pobre corazón humano!

¡Cómo se las ingenia nuestra divina Madre para suavizarnos todos estos sacrificios! Ella no impone esta pesada cruz sobre tus hombros sino con mil precauciones. Ordinariamente serán las circunstancias mismas de esta muerte, iluminada, por decirlo así, con la sonrisa de María. O será la presencia inopinada de un sacerdote venerado y amado junto al lecho de la agonía. O tal vez sea el hecho de que la partida del ser querido tiene lugar en un sábado o en un día de fiesta de Nuestra Señora. O será un sentimiento indefinible de paz, casi de felicidad, de que te llenará la partida del ser llorado. ¿Qué sé yo? Ella tiene mil modos de endulzarnos el desgarramiento de estas separaciones, de hacernos sentir su presencia, y de mostrarse especialmente entonces como la Consoladora de los afligidos.


Fundamentos y Práctica de la Vida Mariana – J. Mª Hupperts S.M.M.