LA CONFESIÓN

LA CONFESIÓN

24 de abril de 2021 0 Por admin

Esclavitud de amor a María Santísima Reina de la Paz 

Ofrecemos nuestra Consagración a nuestra Madre Santísima en los 40 años de Medjugorje


CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO Y CONSTRICCIÓN DE LOS PECADOS


San Lucas 11, 1-10

“Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñaba a sus discípulos. Él les dijo: Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre; venga tu reino; danos cada día el pan cotidiano; perdónanos nuestras deudas, porque también nosotros perdonamos a todos nuestros deudores, y no nos pongas en tentación.

Y les dijo: Si alguno de vosotros tuviere un amigo y viniere a él a medianoche y le dijera: Amigo, préstame tres panes,  pues un amigo mío  ha llegado de viaje y no tengo qué darle. Y él, respondiendo de dentro, le dijese: No me molestes; la puerta está ya cerrada y mis niños están ya conmigo en la cama; no puedo levantarme para dártelas. Yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, a lo menos por su desvergüenza se levantará y le dará cuanto necesite. Os digo, pues: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, y quien busca halla, y al que llama se le abre.”



Mensaje, 24 de marzo de 1985

“¡Queridos hijos! Hoy deseo invitarlos a todos ustedes a la Confesión, aún cuando se hayan confesado hace pocos días. Deseo que vivan mi fiesta en sus corazones. Pero ustedes no podrán hacerlo, a menos que se entreguen completamente a Dios. Por tanto, los invito a todos a reconciliarse con Dios! Gracias por haber respondido a mi llamado!”


“¿Cuál es nuestra deuda sino el pecado? Luego, si no hubieras recibido nada, no deberías al que te prestó; por tanto, eres pecador, porque tuviste dinero, con el que has nacido rico, hecho a imagen y semejanza de Dios, pero perdiste lo que tenías. Así, mientras deseas conservar tu orgullo, pierdes el tesoro de la humildad y recibiste del demonio la deuda que no era necesaria; el enemigo tenía tu resguardo, pero el Señor lo crucificó, y lo borró con su sangre. Puede el Señor defendernos contra las asechanzas del enemigo, que engendra la culpa, puesto que perdonó el pecado y pagó nuestras deudas. Por esto sigue: «Y no nos dejes caer en la tentación»; esta es, la tentación que no  podemos vencer; pero quiere que, como atletas, suframos la tentación que la condición humana pueda resistir.” (San Agustín)


“Los hombres hacen voto en el bautismo –dice Santo Tomás- de renunciar al diablo y a sus pompas”. Y “este voto, había dicho San Agustín, es el mayor y más Indispensable”. Lo mismo afirman los canonistas: “El voto principal es el que hacemos en el bautismo”. Sin embargo, ¿Quién cumple este voto tan importante? ¿Quién observa con fidelidad las promesas del santo bautismo? ¿No traicionan casi todos los cristianos la fe prometida a Jesucristo en el bautismo? ¿De dónde proviene este desconcierto universal? ¿No es, acaso, del olvido en que se vive de las promesas y compromisos del santo bautismo y de que casi nadie ratifica por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por sus padrinos?” (Tratado de la V.D.  127) 


DE LA HOMILIA DE S. S PAPA EMÉRITO BENEDICTO XVI  (29 de marzo de 2007)

“…En el corazón de todo hombre, mendigo de amor, hay sed de amor. En su primera encíclica, Redemptor hominis, mi amado predecesor el siervo de Dios Juan Pablo II escribió:  «El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él plenamente» (n. 10).

El cristiano, de modo especial, no puede vivir sin amor. Más aún, si no encuentra el amor verdadero, ni siquiera puede llamarse cristiano, porque, como puse de relieve en la encíclica Deus caritas est, «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (n. 1).

El amor de Dios por nosotros, iniciado con la creación, se hizo visible en el misterio de la cruz, en la kénosis de Dios, en el vaciamiento, en el humillante abajamiento del Hijo de Dios del que nos ha hablado el apóstol san Pablo en la primera lectura, en el magnífico himno a Cristo de la carta a los Filipenses. Sí, la cruz revela la plenitud del amor que Dios nos tiene. Un amor crucificado, que no acaba en el escándalo del Viernes santo, sino que culmina en la alegría de la Resurrección y la Ascensión al cielo, y en el don del Espíritu Santo, Espíritu de amor por medio del cual, también esta tarde, se perdonarán los pecados y se concederán el perdón y la paz.

El amor de Dios al hombre, que se manifiesta con plenitud en la cruz, se puede describir con el término agapé, es decir, «amor oblativo, que busca exclusivamente el bien del otro», pero también con el término eros. En efecto, al mismo tiempo que es amor que ofrece al hombre todo lo que es Dios, como expliqué en el Mensaje para esta Cuaresma, también es un amor donde «el corazón mismo de Dios, el Todopoderoso, espera el «sí» de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa» (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de febrero de 2007, p. 4). Por desgracia, «desde sus orígenes, la humanidad, seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con el espejismo de una autosuficiencia imposible (cf. Gn 3, 1-7)» (ib.).

Pero en el sacrificio de la cruz Dios sigue proponiendo su amor, su pasión por el hombre, la fuerza que, como dice el Pseudo Dionisio, «impide al amante permanecer en sí mismo, sino que lo impulsa a unirse al amado» (De divinis nominibus, IV, 13:  PG 3, 712). Dios viene a «mendigar» el amor de su criatura. Esta tarde, al acercaros al sacramento de la confesión, podréis experimentar el «don gratuito que Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del pecado y santificarla» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1999), para que, unidos a Cristo, lleguemos a ser criaturas nuevas (cf. 2 Co 5, 17-18)…”

“…con el bautismo habéis nacido ya a una vida nueva en virtud de la gracia de Dios. Ahora bien, dado que esta vida nueva no ha eliminado la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado, se nos da la oportunidad de acercarnos al sacramento de la confesión. Cada vez que lo hacéis con fe y devoción, el amor y la misericordia de Dios mueven vuestro corazón, después de un esmerado examen de conciencia, para acudir al ministro de Cristo. A él, y así a Cristo mismo, expresáis el dolor por los pecados cometidos, con el firme propósito de no volver a pecar más en el futuro, dispuestos a aceptar con alegría los actos de penitencia que él os indique para reparar el daño causado por el pecado.

De este modo, experimentáis «el perdón de los pecados; la reconciliación con la Iglesia; la recuperación del estado de gracia, si se había perdido; la remisión de la pena eterna merecida a causa de los pecados mortales y, al menos en parte, de las penas temporales que son consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de conciencia, y el consuelo del espíritu; y el aumento de la fuerza espiritual para el combate cristiano» de cada día (Compendio del Catecismo de la Iglesia católica, n. 310).

Con el lavado penitencial de este sacramento, somos readmitidos en la plena comunión con Dios y con la Iglesia, que es una compañía digna de confianza porque es «sacramento universal de salvación» (Lumen gentium, 48).

En la primera parte del mandamiento nuevo, el Señor dice:  «Amaos unos a otros» (Jn 13, 34). Ciertamente, el Señor espera que nos dejemos conquistar por su amor y experimentemos toda su grandeza y su belleza, pero no basta. Cristo nos atrae hacia sí para unirse a cada uno de nosotros, a fin de que también nosotros aprendamos a amar a nuestros hermanos con el mismo amor con que él nos ha amado.

Hoy, como siempre, existe gran necesidad de una renovada capacidad de amar a los hermanos. Al salir de esta celebración, con el corazón lleno de la experiencia del amor de Dios, debéis estar preparados para «atreveros» a vivir el amor en vuestras familias, en las relaciones con vuestros amigos e incluso con quienes os han ofendido. Debéis estar preparados para influir, con un testimonio auténticamente cristiano, en los ambientes de estudio y de trabajo, a comprometeros en las comunidades parroquiales, en los grupos, en los movimientos, en las asociaciones y en todos los ámbitos de la sociedad…”