La caridad y humildad de María causa de su grandeza, por San Francisco de Sales

La caridad y humildad de María causa de su grandeza, por San Francisco de Sales

24 de enero de 2022 0 Por admin

¿No parece que a la Santísima Virgen es a quien deben aplicarse aquellas palabras del Cantar de los Cantares, en que describiendo el divino Esposo las bellezas de la Esposa, en detalle y menudamente, dice que su cabeza se asemeja al monte Carmelo? (Cant 7).


El Carmelo es una montaña toda cubierta y matizada de flores muy aromáticas, y los árboles que en ella se encuentran, no producen más que perfumes. Ese monte, esas flores y esos perfumes, no significan otra cosa que la caridad, la cual, siendo como una muy hermosa y odorífera planta, produce todas las flores de las otras virtudes en el alma que la posee, pues ella no permanece nunca sola.
Y aunque se aplican esas palabras del Cántico a la Iglesia, que es la verdadera Esposa de Nuestro Señor, en quien como en un monte Carmelo, abundan toda clase de flores muy aromáticas, esto es, toda clase de virtudes, santidad y perfección; sin embargo, dichas palabras pueden también entenderse de la Santísima Virgen, que es aquella única y perfecta Esposa del Espíritu Santo, que teniendo la caridad en grado muy eminente, se asemejaba al monte Carmelo, por los actos frecuentes que de ella producía, de suerte que esa santa caridad plantada en medio de su corazón como un hermoso árbol, exhalaba continuamente sus aromas y repartía sus perfumes de una incomparable suavidad.
Los rabinos y algunos otros doctores parece que nos hacen entender mejor, que el Esposo divino, al hablar de la cabeza de su Esposa, entiende hablar de la caridad, que es la primera y la más excelente de todas las virtudes; pues como dicen, el Esposo la compara a la escarlata, la cual saca su precio de su tinte (Cant 7). o bien a los granos de la granada, que son rojos. Todo eso no es otra cosa que la caridad de la Santísima Virgen, graciosamente representada; ella no solamente tenia la caridad, sino que la había recibido con tal plenitud, que podría en algún modo decirse que ella era la caridad misma, en tanto que había concebido en su vientre al que es todo amor, quien la había convertido en el amor mismo. A ella se pueden
aplicar mejor que a nadie, aquellas palabras del Cantar de los Cantares, 51 cuando el Esposo sagrado contemplando a su muy amada en su dulce sueño, fue arrebatado de una tan gran complacencia, que se puso a conjurar a las hijas de Jerusalén para que no la despertasen, diciendo: Hijas de Jerusalén, os conjuro por los cabritillos del campo, que no despertéis a mi muy amada, que está en el amor, hasta que ella lo quiera o desee (Cant 3); o mejor, según otra versión: Hijas de Jerusalén, os conjuro que no despertéis a la dilección y al amor mismo, hasta que ella lo quiera; y esta dilección y amor es mi muy amada, esto es, la Santísima Virgen, que no solamente tenía el amor, sino que era el amor mismo, y por eso Dios la ha mirado con una complacencia muy particular.
Nadie ha causado nunca más complacencia a Dios, entre las puras creaturas, que aquella que era cumplida en toda clase de virtudes, que tenía una tan ardiente caridad y estaba dotada de una humildad tan profunda, que bien lo manifiestan las palabras que dijo cuando Santa Isabel la alabó, esto es, que su felicidad provenía de que Dios había mirado la humildad de su sierva, y que por eso todas las naciones la ensalzarían y llamarían bienaventurada (Lc 1).
La gloriosa Virgen no careció de humildad, ni cometió falta alguna contra esta virtud, cuando dijo que Dios había mirado la humildad de su sierva; pues sabia bien que la humildad que veía en sí misma, no era de ella, sino que le había sido dada por Dios y era un efecto de su gracia.
Ella sabía también, que entre todas las virtudes, la humildad es la que tiene más poder para atraer a Dios hacia nosotros. Observemos que el Divino Esposo, en el Cantar de los Cantares, después de haber considerado todas las bellezas particulares de su Esposa, no quedó tan enamorado de su amor, sino cuando clavó sus miradas en su calzado y en su andar, como lo
manifiesta por estas palabras: ¡Oh hija del príncipe, cuán lleno de hermosura es tu calzado y tu andar! (Cant 7)
Así pues, podemos decir que el Padre Eterno, considerando la hermosura y variedad de virtudes que había en Nuestra Señora, la encontró sin duda extremadamente bella; mas cuando fijó los ojos en sus sandalias, quedó de tal suerte enamorado, que se dejó ganar y le envió a su Hijo, el cual encarnó en sus castas entrañas. Y esas sandalias, y ese calzado de la Virgen, ¿qué otra cosa nos representan, sino la humildad? Así como vemos que las sandalias o los zapatos son los más viles atavíos que se usan para adorno del cuerpo humano, porque están siempre en el suelo, pisando la tierra y el lodo; así también, eso es lo propio de las almas que tienen la verdadera humildad, el estar siempre bajas y ser pequeñas a sus propios ojos, y permanecer bajo los pies de todo el mundo; pues esta virtud, que es la base de la vida espiritual, tiene de propio el querer siempre estar contra la tierra, en la nada y abyección. Esta humillación fue la que Dios miró con tanta complacencia en la Santísima Virgen, y de esa mirada procede toda
su felicidad, como ella dice en su sagrado Cántico; porque miró la humildad de su sierva, he aquí que por esto me llamarán dichosa todas las generaciones (Lc 1).