San Jose Hijo de David

San Jose Hijo de David

10 de marzo de 2021 0 Por admin

Yo deseo que un día se vean los frutos en la familia


CONSAGRACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Recibid ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que os hago en este día para que os dignéis ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón.

Yo me abandono sin reservas a vuestras divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a vuestras santas inspiraciones. 

¡Oh Santo Espíritu! Dignaos formarme con María y en María, según el modelo de vuestro amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén


Oremos

Oh Padre, que a la luz del Espíritu Santo guía a los creyentes al pleno conocimiento de la verdad, concédenos probar la verdadera sabiduría en tu Espíritu y disfrutar siempre de su consuelo. 

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que es Dios, y vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.


 CREDO APOSTÓLICO

Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra; 

y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, 

que fue concebido del Espíritu Santo, 

nació de la Virgen María, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, 

fue crucificado, muerto y sepultado; 

descendió a los infiernos; 

al tercer día resucitó de entre los muertos; 

ascendió al cielo, está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso: 

de allí vendrá a juzgar a vivos y muertos. 

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Católica, 

la comunión de los santos, el perdón de los pecados, 

la resurrección de la carne, la vida eterna. 

Amén.


 CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

San José Consagro Mi Familia terrenal completa a tu Paternal Protección para que nos mantengáis en resguardo discreto y seguro en estos tiempos. No permitáis, Amado San José, que ni uno sólo se pierda muriendo sin los ritos sacerdotales y sin tu Amable y amante presencia al lado de cada moribundo de nuestra Familia. Te Confiamos a ti esta que es el mayor Bien que El Cielo nos ha prestado para juntos alcanzar la Gloria Celestial. Amén.


Mensaje, 1 de mayo de 1986

“¡Queridos hijos! Les pido que comiencen a cambiar la vida en sus familias. Que la familia sea una flor armoniosa que Yo deseo ofrecer a Jesús. Queridos hijos, que cada familia sea activa en la oración. Yo deseo que un día se vean los frutos en la familia. Sólo así podré ofrecerlos como pétalos a Jesús para la realización de los planes de Dios. Gracias por haber respondido a mi llamado! ”


 Día 1

La devoción a San José es inseparable de la devoción de María. Es fruto del lugar que ocupa María Santísima en el plan de Salvación, en la extensión del Reino de su Hijo Jesús. Y este vinculo necesario de San Jose,  varón justo y casto, con María Santísima, concebida sin pecado, se debe a la esencia misma del Matrimonio, que ambos abrazaron, según ella verdad inscrita en el orden creado  por Dios en la Naturaleza, y confirmado y elevado por la verdad revelada y proclamada por el pueblo de Israel y el pueblo de Dios: «Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre» (Mt 19,6)… lo dijo el mismo Cristo aludiendo a la indisolubilidad del vínculo conyugal del matrimonio. Y consta expresamente en el Evangelio que José era «el esposo de María, de la cual na­ ció Jesús, llamado Cristo» (Mt 1,16). Por lo tanto es imposible tener una devoción profunda y auténtica a María sin manifestar también, en ese proceso espiritual,  una veneración especialísima hacia su virginal esposo San José. 

 Las dos afirmaciones fundamentales, a partir de los cuales se desarrolla la teología de San Jose son que Él Santo Patriarca es: esposo de María y padre virginal de Jesús. Estos dos títulos colocan a San José a una altura incon­mensurable, mil veces por encima de todos los ángeles y san­tos, al carpintero de Nazaret.  Después de Dios, nada hay tan grande y excelso como su Madre santísima. Después de María, no puede imaginarse nada más sublime que su virginal esposo y padre nutricio de Jesús. La teología a demorado siglos en llegar a la contemplación en la fe,  de la figura ingente de San José. 

Esta reflexión orante y teológica había quedado reducido a la piedad de los conventos y las cofradías, pero ausente y despreciada en facultades y púlpitos.

Solo desde la sencillez y pureza de una vida espiritual, guiada por el  fervor puro de los humildes, se puede reconocer la trascendencia del Varón Justo, que llevaba en sus brazos al Niño Jesús.  En  esos brazos de padre, es nutrido, transportado, protegido y educado el hijo de María.  Todo lo demás es consecuencia.   

En virtud de esos dos títulos sublimes, San José forma, en cierto modo, parte integrante del misterio de la Encarnación. No decimos  con esto que pertenezca al orden hipostá­tico, ni siquiera en la forma relativa en que pertenece a él  María, como Madre del Verbo encarnado, pero sin duda que San José era, de alguna manera, necesario en ese orden,: para salvaguardar el honor de María y proteger a Ella y a Jesús de la persecución de Herodes, durante el destierro a Egipto, etc., y ganarles el pan de cada día durante los años de la vida oculta en  Nazaret.

 Sin José, algo muy im­portante hubiera faltado en la vida de Jesús y María.

 La misión esponsal, en santidad y fortaleza, de proteger y cuidar a María y a Jesús, se define como una auténtica cooperación a la conservación  “de la unión  hipostática” de un modo directo, inmediato y necesario. San José pertenece al orden de la unión hipostática no física­mente, como la Virgen Madre de Dios, pero sí moral y jurídica­mente. 

Esta pertenencia unitaria de San José al plan de Salvación, en la vida del Redentor, y como parte de esta unión esponsal  a María Santísima, porque lo que es de su Esposa Virginal, en virtud del matrimonio, también le pertenece a de Él.

Esto es por tanto figura, de esa unión en la verdad, en el bien, en el fin y en el corazón de cada uno, en la familia.

Ese proceso de unión  verdadera, en el querer, en el sentir, en el amar,  es posible alcanzarla en un camino común y sincero de orar en una misma Fe y bajo el mismo Señorío de Dios, en la escuela de santidad y de amor materna de la Reina de la Paz.

Decía San Pablo VI: «En el umbral del Nuevo Testamento, como al comienzo del Antiguo, hay una pareja. Pero mientras la de Adán y Eva había sido la fuente del mal que ha inundado el mundo, la de José y María constituye el vértice por medio del cual se difunde la santidad por toda la tierra»

  (Pablo VI Alocución al movimiento «Équipes de Notre-Dame» 4-5-1970)

San José es encargado divinamente, por ministerio angélico, de poner el nombre al Hijo que María ha concebido por obra del Espíritu Santo, el nombre de Jesús, es decir, «el Salvador del pueblo de sus pecados»: «José, Hijo de David, no temas recibir contigo a María como tu esposa, porque ella dará a luz un Hijo engendrado por obra del Espíritu Santo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21).

El cumplimiento de este mandato de poner el nombre que significa, precisamente, «el encargado de la salvación del pueblo» lo encontramos referido por el evangelista Lucas al notar que: «Cuando se cumplieron los ocho días para circun0cidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno» (Lc 2,21). Ya sabemos que el encargado de circuncidarle y darle el nombre no es otro que José.

Pidamos a San José que nos alcance la gracia del cielo del silencio interior, en esa búsqueda continua del rostro de Dios,  como el Hijo de David lo hizo durante toda la vida, hasta ver la Faz Divina en el Niño Dios y en los brazos maternos de la Reina de la Paz, donde aprenderemos a ser familias constantes en la oración.


 Oración «Enséñanos, José»

Enséñanos, José,

cómo se es «no protagonista»,

cómo se trabaja sin exhibirse,

cómo se avanza sin pisotear,

cómo se colabora sin manejar,

cómo se ama sin reclamar.

Dinos cómo se vive

siendo el «número dos»,

cómo se hacen cosas formidables

desde un segundo plano.

Dinos cómo, mientra la inmensa mayoría

busca ocupar los más importantes puestos.

Son los llamados «segundos lugares»,

en los que se encuentra  nuestra

verdadera y oculta grandeza.

Dinos cómo se vive con dignidad

siendo «no importantes».

Convéncenos de que se puede

y debe ser útil, fiel, efectivo,

hasta héroe,

siendo «no importantes».

Explícanos cómo se es «grande» sin exhibirse,

cómo se lucha sin aplausos,

cómo se avanza sin publicidad,

cómo se persevera y se muere

sin que nos hagan

estatuas u homenajes.

Cómo se hace para ser útil, positivo, generoso

sin necesidad de ser «populares» y todavía más difícil,

cómo se hace para darlo todo, sin desear ser «protagonistas»,

y finalmente así, poder sentir por dentro una paz,

una felicidad, un gozo profundo.

¡Enséñanos, José!


Credo (1 vez), Padre Nuestro, Ave María y Gloria (7 veces)


Oración Final

 Dios, nuestro Padre Celestial, en nombre de Tu Hijo Jesús y junto con María, Reina de la Paz, te pedimos que nos des la gracia de nunca olvidar que Tu nos has creado, que nos amas, que eres misericordioso y que eres el Dios de la paz. Danos la gracia de no olvidar que en Jesucristo, nos ofreciste la salvación, la reconciliación, la liberación del pecado y de todo lo malo. Danos la gracia de abrir nuestros corazones a todo lo que Tú nos ofreces. Te pedimos que bendigas a todos aquellos que han perdido la esperanza, para que nunca olviden que Tú eres nuestro Dios de esperanza. Bendice a todos aquellos que no tienen paz, para que nunca olviden que Tú eres el Dios de la paz. Bendice a todos aquellos que tiene odio en sus corazones para que no olviden que Tú eres el Dios del amor. Bendice a todos aquellos que han perdido el propósito de sus vidas, para que nunca olviden que Tú eres el camino, la verdad y la vida. Bendice a todos aquellos que están enfermos, para que nunca olviden que Tú eres el Dios que desea curar. Bendice a todas las personas y a todas las familias, a toda la Iglesia y al mundo entero, para que nunca olvidemos que Tú eres nuestro Dios y nuestro Padre, y para que sigamos el camino de la paz contigo. Perdónanos, Oh Padre, por olvidar tan fácilmente que Tú estas con nosotros, y perdónanos porque nos resulta muy difícil olvidar lo malo, para que podamos servirte con corazones limpios. Te lo pedimos en nombre de Cristo y junto con María. ¡Bendícenos y danos paz! Amen.

Fray Slavko Barbaric   (28 de Noviembre de 1999)