Fue enviado, pues, el ángel Gabriel por Dios…

Fue enviado, pues, el ángel Gabriel por Dios…

20 de agosto de 2021 0 Por admin

Por San Bernardo de Claraval

SOBRE LA EXCELENCIA DE LA VIRGEN MADRE


1. ¿Qué fin tendría el evangelista en expresar con tanta distinción los propios nombres de tantas cosas en este lugar. Yo creo que pretendía con esto que oyésemos con negligencia nosotros lo que él con tanta exactitud procuraba referir. Nombra, pues, el nuncio que es enviado, el Señor por quien es enviado, la Virgen a quien es enviado, el esposo también de la Virgen, señalando con sus propios nombres el linaje de ambos, la ciudad y la región. ¿Para qué todo esto? ¿,Piensas tú que alguna de estas cosas esté puesta aquí superfluamente? De ninguna manera; porque si no cae una hoja del árbol sin cauisa. ni cae en la tierra un pájaro sin la voluntad del Padre celestial, ¿podría yo juzgar que de la boca del santo evangelista saliese una palabra superflua, especialmente en la sagrada historia del que es Palabra de Dios? No lo pienso así: todas están llenas de soberanos misterios y cada una rebosa en celestial dulzura; pero esto es si tienen quien las considere con diligencia y sepa chupar miel de la piedra y aceite del peñasco durísimo. Verdaderamente en aquel día destilaron dulzura los montes y manó leche y miel de los collados, cuando, enviando su rocío desde lo alto de los cielos y haciendo las nubes descender al Justo como una lluvia, se abrió la tierra alegre y brotó de ella el Salvador; cuando, derramando el Señor su bendición y dando nuestra tierra su fruto, sobre aquel monte que se eleva sobre todos los montes, monte fértil y pingüe, salieron a encontrarse mutuamente la misericordia y la verdad y se besaron la paz y la justicia. En aquel tiempo también en que este no pequeño monte entre los demás montes, este bienaventurado evangelista, digo, escribió con estilo dulcísimo el principio de nuestra salud, tan deseado de nosotros, como que, soplando el austro y rayando el sol (le justicia más de cerca, se difundieron de él algunos espirituales aromas. Y ojalá que ahora envíe Dios su palabra y los derrita; ojalá que sople su espíritu y se hagan inteligibles para nosotros las palabras evangélicas, se hagan en nuestros corazones más estimables que el oro y las piedras más preciosas, se hagan más dulces que la miel y el panal.

2. Dice, pues: fue enviado el ángel Gabriel por Dios. No juzgo que este ángel sea de los menores, quienes suelen ser enviados por cualquiera causa con embajadas a la tierra; lo cual se deja entender claramente en su mismo nombre, que significa fortaleza de Dios; y también porque no se dice que haya sido enviado (como acostumbra hacerse entre los ángeles) por algún otro espíritu más excelente que él, sino por el mismo Dios. Por eso se expresó en el Evangelio que fue enviado por Dios; o quizá por eso se dijo por Dios, para que no se piense que reveló Dios su designio acerca de la encarnación aun a alguno de sus bienaventurados espíritus antes que a la Virgen, exceptuando solamente el arcángel San Gabriel; el cual sin duda tuvo tanta excelencia entre los suyos que fue reputado digno de tal nombre y de tal embajada. Ni deja de haber mucha proporción entre el oficio de nuncio y el nombre del ángel. Porque a Cristo, que es la virtud de Dios, ¿quién mejor le podía anunciar que este espíritu, a quien ilustra un nombre semejante? Pues ¿qué otra cosa es fortaleza, sino virtud? Ni parezca indecente o impropio que el Señor y el nuncio se nombren de un mismo modo, cuando la causa de llamarse ambos con semejante nombre no es semejante en ambos. De un modo se llama Cristo fortaleza o virtud de Dios y de otro modo muy diferente el ángel; el ángel sólo por denominación, pero Cristo substancialmente también. Cristo se llama y es virtud de Dios, que viniendo con mayores fuerzas contra aquel fuerte armado que solía guardar en paz el atrio de su casa, le venció con su propio brazo; y así le quitó valerosamente todas las alhajas que en otro tiempo había hecho cautivas. El ángel San Gabriel es llamado fortaleza de Dios o por haber merecido la prerrogativa de ser encargado de anunciar la venida de la misma fortaleza, o porque debía confortar a una virgen naturalmente tímida, sencilla, vergonzosa, para que no la sorprendiese el pavor a la novedad de tan grande milagro; lo cual hizo él diciéndole: No temas, María; has hallado gracia a los ojos de Dios. Tampoco quizá será fuerza de razón creer que este mismo ángel fue quien confortó y libró de sus dudas a su esposo, varón ciertamente humilde y timorato, aunque no se nombre entonces por el. evangelista. José, dijo, hijo de David, no temas recibir a María por tu, esposa. Oportunamente, pues, es elegido San Gabriel para este negocio; o, más bien, por encargarse a él negocio semejante, se distingue justamente con tal nombre.

3. Fue enviado, pues, el ángel Gabriel por Dios. ¿Adónde? A una ciudad de Galilea, cuyo nombre era Nazaret. Veamos si (como dice Natanael) puede salir de Nazaret algo que sea bueno. A mí se me representan como una simiente del conocimiento de Dios, echada desde el cielo a la tierra, las revelaciones y promesas hechas a los padres Abraham, Isaac y Jacob; simiente de la cual está escrito: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado la simiente, hubiéramos sido como Sodoma y seríamos semejantes a Gomorra. Floreció esta simiente en las maravillas que se mostraron en la salida del pueblo de Israel de Egipto, en las figuras y enigmas misteriosos por todo el camino en el desierto hasta la tierra de promisión y, después, en las visiones y vaticinios de los profetas, en la ordenación también del reino y del sacerdocio hasta Cristo. Pero no sin razón se entiende ser Cristo el fruto de esta simiente y de estas flores, diciendo David: Derramará Dios su bendición y nuestra tierra dará su fruto; y otra vez: Del fruto de tu vientre pondré sobre tu silla. En Nazaret, pues, se anuncia que Cristo ha de nacer, porque en la flor se expresa el fruto que ha de venir; pero en saliendo el fruto se cae la flor, porque, apareciendo la verdad en la carne, pasó la figura. Por lo cual también Nazaret se dice ciudad de Galilea, esto es, de la transmigración; porque, naciendo Cristo, pasaron todas aquellas cosas que arriba conté; las cuales, como dice el Apóstol: Les sucedían a ellos en figura. También nosotros, que tenemos ya el fruto, hemos dejado atrás estas flores; que, aun cuando estaban en su belleza, se previó que habían de pasar. Por lo que dijo David: En la mañana como la yerba pase, en la mañana florezca y pase; en la tarde caiga, se endurezca y se seque . En la tarde, pues, esto es, cuando vino la plenitud del tiempo, en que envió Dios a su Unigénito, hecho de una mujer, hecho bajo de la ley, diciendo el mismo: Mira que hago nuevas todas las cosas, las viejas pasaron y desaparecieron, así como al romper el fruto, se caen y se secan las llores. Sobre lo cual se halla también escrito: Se secó el heno cayó la flor; mas la palabra de Dios queda para siempre . Creo que no dudas que la palabra es el fruto; pues la Palabra es Cristo.

4. Buen fruto es Cristo, que permanece para siempre. ¿Pero dónde está el heno que se secó? ¿Dónde la flor que se cayó? Responda el profeta: Toda carne es heno y toda su gloria como la flor del heno . Si toda carne es heno, luego aquel pueblo carnal de los judíos se secó como el heno. ¿Por ventura no se secó como el heno cuando el mismo pueblo, vacío de todo jugo del espíritu, se pegó tenazmente a la letra seca? ¿No cayó también la flor cuando aquella gloria que tenían en la ley desapareció para siempre? Si no cayó la flor, ¿en dónde está el reino, en dónde el sacerdocio, en dónde los profetas, en dónde el templo, en dónde aquellas grandezas de que solían gloriarse y decir: ¡Cuántas cosas hemos oído y conocido y nuestros padres nos han contado! Y también: ¡Cuántas cosas mandó a nuestros padres que hiciesen manifiestas a sus hijos! Y esto se ha dicho para exponer aquellas palabras a Nazaret, ciudad de Galilea.

5. A esta ciudad, pues, fue enviado el ángel Gabriel por Dios. ¿A quién? A una virgen desposada con un varón, cuyo nombre era José. ¿Qué virgen es ésta tan respetable que un ángel la saluda? ¿Tan humilde, que está desposada con un artesano? Hermosa es la mezcla de la virginidad y de la humildad; y no poco agrada a Dios aquella alma en quien la humildad engrandece a la virginidad y la virginidad adorna a la humildad. Mas ¿de cuánta veneración, te parece, que será digna aquella cuya humildad engrandece la fecundidad y cuyo parto consagra la virginidad? Oyes hablar de una virgen, oyes hablar de una humildad; si no puedes imitar la virginidad de la humilde, imita la humildad de la virgen. Loable virtud es la virginidad, pero más necesaria es la humildad: aquélla se nos aconseja, ésta nos la mandan; te convidan a aquélla, a ésta te obligan. De aquélla se dice: E1 que la puede guardar, guárdela; de ésta se dice: El que no se haga como este párvulo, no entrará en el reino de los cielos». De modo que aquélla se premia, como sacrificio voluntario; ésta se exige, como servicio obligatorio. En fin, puedes salvarte sin la virginidad, pero no sin la humildad. Puede agradar la humildad que llora la virginidad perdida; mas sin humildad (me atrevo a decirlo) ni aun la virginidad de María hubiera agradado a Dios. ¿Sobre quién descansará mi espíritu, dice el Señor, sino sobre el humilde y manso? Sobre el humilde, dice, no sobre el que es virgen. Con que si María no fuera humilde, no reposara sobre ella el Espíritu Santo; y, si no reposara sobre ella, no concibiera por virtud de El. Porque, ¿cómo pudiera concebir de El sin El? Es claro, pues, que para que de El hubiese de concebir., como ella dice: Miró el Señor a la humildad de su sierva mucho más que a la virginidad; y, aunque por la virginidad agradó a Dios, con todo eso, concibió por la humildad. De donde consta que la humildad fue la que hizo agradable su virginidad también.

6. ¿Qué dices, virgen soberbia? María, olvidada de que es virgen, se gloria de la humildad, y tú, menospreciando la humildad, ¿te glorías en tu virginidad? Miró, dice ella, a la humildad de su sierva el Señor. ¿Quién es ella? Una virgen santa, una virgen pura, una virgen devota. ¿Por ventura eres tú más casto que ella? ¿O más devoto? ¿O será tu castidad más agradable a Dios que la de María, para que puedas tú sin humildad agradarle con la tuya, no habiéndole ella, sin esta virtud, agradado con la suya? Finalmente, cuanto más digno de honor eres por el don singular de la castidad, tanto mayor injuria te haces a ti mismo, afeando en ti la hermosura de ella con la mezcla de tu soberbia; y mejor te estaría no ser virgen que hacerte soberbio por la virginidad. No es de todos la virginidad, ciertamente, pero es de muchos menos todavía la humildad acompañada de la virginidad. Pues, si no puedes más que admirar la virginidad de María, procura imitar su humildad., y te basta. Pero si eres virgen y al mismo tiempo humilde, grande eres, cualquiera que seas.

7. Con todo eso, hay en María otra cosa mayor de que te admires, que es la fecundidad junta con la virginidad. Jamás se oyó en los siglos que una mujer fuese madre y virgen juntamente. O si también consideras de quién es madre, ¿adónde te llevará tu admiración sobre su admirable excelencia? ¿Acaso no te llevará hasta llegar a persuadirte que ni admirarlo puedes como merece? ¿Acaso a tu juicio o, más bien, al juicio de la verdad, no será digna de ser ensalzada sobre todos los coros de los ángeles la que tuvo a Dios por hijo suyo? ¿No es María la que confiadamente llama al Dios y Señor de los ángeles hijo suyo, diciéndole: Hijo, ¿cómo has hecho esto con nosotros? ¿Quién de los ángeles se atrevería a esto? Es bastante para ellos y tienen por cosa grande que, siendo espíritus por su creación, han sido hechos y llamados ángeles por gracia, testificando David: El Señor es quien hace ángeles suyos a los espíritus. Pero María, reconociéndose madre de aquella Majestad a quien ellos sirven con reverencia, le llama confiadamente hijo suyo. Ni se desdeña Dios de ser llamado lo que se dignó ser; pues poco después añade el evangelista: Y estaba sujeto a ellos. ¿Quién?, ¿a quiénes? Dios a los hombres. Dios, repito, a quien están sujetos los ángeles, a quien los principados y potestades obedecen, estaba obediente a María, ni sólo a María, sino a José por María. Maravíllate de estas dos cosas, y mira cuál es de mayor admiración, si la benignísima dignación del Hijo o la excelentísima dignidad de tal Madre. De ambas partes está el pasmo, de ambas el prodigio: que Dios obedezca a una mujer, humildad es sin ejemplo, y que una mujer tenga autoridad para mandar a Dios, es excelencia sin igual. En alabanza de las vírgenes se canta como cosa singular que siguen al Cordero a cualquiera parte que vaya. ¿Pues de qué alabanzas juzgarás digna a la que también va delante y el Cordero la sigue?

8. Aprende, hombre, a obedecer; aprende, tierra, a sujetarte; aprende, polvo, a observar la voluntad del superior. De tu Autor habla el evangelista y dice: Y estaba sujeto a ellos; sin duda a María y a José. Avergüénzate, soberbia ceniza: Dios se humilla, ¿y tú te ensalzas? Dios se sujeta a los hombres, ¿y tú, anhelando dominar a los hombres, te prefieres a tu Autor? Ojalá que a mí, si llego a tener tales pensamientos, se digne Dios responderme lo que respondió también a su apóstol reprendiéndole: Apártate detrás de mí, Satanás, porque no tienes gusto de las cosas que son de Dios. Puesto que, cuantas veces deseo mandar a los hombres, tantas pretendo ir delante de mí Dios; y entonces verdaderamente ni tengo gusto ni estimación de las cosas que son de Dios, porque del mismo se dijo: Y estaba sujeto a ellos. Si te desdeñas, hombre, de imitar el ejemplo de los hombres, a lo menos no puedes reputar por cosa indecorosa para ti el seguir a tu Autor. Si no puedes seguirle a todas partes adonde El vaya, síguele al menos con gusto adonde por ti bajó. Quiero decir: si no puedes subir a la altura de la virginidad, sigue siquiera a tu Dios por el camino segurísimo de la humildad, de la cual, si las vírgenes mismas se apartan, ya no seguirán al Cordero en todos sus caminos. Sigue al Cordero el humilde que se manchó, le sigue el virgen soberbio también; pero ni el uno ni el otro a cualquiera parte que vaya; pues ni aquél puede subir a la limpieza del Cordero, que no tiene mancha, ni éste se digna bajar a la mansedumbre de quien enmudeció paciente, no delante de quien le esquilaba, sino delante de quien le mataba. Sin embargo, mas saludable modo de seguirle eligió el pecador en la humildad que el soberbio en la virginidad; pues purifica la humilde satisfacción de aquél su inmundicia, cuando mancha la castidad de éste su soberbia.

9. Dichosa en todo María, a quien ni faltó la humildad ni la virginidad. Singular virginidad la suya, que no violó, sino que honró la fecundidad; no menos ilustre humildad, que no disminuyó, sino que engrandeció su fecunda virginidad; y enteramente incomparable fecundidad, que la virginidad y humildad juntas acompañan. ¿Cuál de estas cosas no es admirable? ¿Cuál no es incomparable? ¿Cuál no es singular? Maravilla será si, ponderándolas, no dudas cuál juzgarás más digna de tu admiración; es decir, si será más estupenda la fecundidad en una virgen o la integridad en una madre; su dignidad por el fruto de su castísimo seno o su humildad con dignidad tan grande; sino que ya, sin duda, a cada una de estas cosas se deben preferir todas juntas, y es incomparablemente más excelencia y más dicha haberlas tenido todas que precisamente algunas. ¿Y qué maravilla que Dios, a quien leemos y vemos admirable en sus santos, se haya mostrado más maravilloso en su Madre? Venerad, pues, los que os halláis en estado de matrimonio, la integridad y pureza del cuerpo en el cuerpo mortal; admirad también vosotras, vírgenes sagradas, la fecundidad de una virgen; imitad, hombres todos, la humildad de la Madre de Dios; honrad, ángeles santos, a la Madre de vuestro Rey, vosotros que adoráis al Hijo de nuestra Virgen, nuestro Rey y vuestro juntamente, reparador de nuestro linaje y restaurador de vuestra ciudad. A cuya dignidad, pues entre vosotros es tan sublime y tan humilde entre nosotros, sea dada, por vosotros igualmente que por nosotros, la reverencia que se le debe; y a su dignación, el honor y la gloria por todos los siglos. Amén.