María de Nazaret

María de Nazaret

25 de mayo de 2022 0 Por admin

Vivir con Dios y en Dios era para María una necesidad tan imperiosa como lo es para la vida corporal del hombre el respirar. Es imposible llegar a comprender la vida de María en su desenvolvimiento íntimo hacia Dios sin esta perspectiva de su soledad en el mundo...


No sabemos exactamente dónde nació María. Al menos la encontramos en Nazaret, que es la primera vez que el Evangelio nos habla de Ella con motivo de la Anunciación (Le 1,26-27).

Nazaret está situada en la parte sur de Galilea, en un pa  raje accidentado que bordea la gran llanura de Esdrelón. En tiempo de María era una aldea pequeña, sin mucha importancia. El Antiguo Testamento no la nombra ni una sola vez. El galileo Natanael tenía una idea muy clara de su insignificancia cuando preguntó burlón a Felipe: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Jn 1,46).

Sabemos ciertamente que María descendía de la noble  za más alta de su pueblo, la casa de David. San Pablo dice expresamente que Jesús era, según la carne, descendiente de David (Rom 1,3). 

 Por medio de María, tiene Jesús entronque según la carne con la estirpe de David. Las palabras del ángel Gabriel: El Señor Dios le dará el trono de David, su padre (Le 1,32), deben tomarse en sentido estricto. Nada impide, por otra parte, que también José fuera de la casa de David, como se dice claramente en otros lugares del Evangelio (Le 1,27; 2,4).

Desde muy antiguo, el pueblo cristiano los venera a los Padres de María  con los nombres de Joaquín y Ana (nombres tomados del Protoevangelio de Santiago, libro apócrifo no exento de errores, pero que sin embargo, no puede negar la santidad necesaria de quienes deben gestar y custodiar a la Madre del Salvador.)

 María debió de nacer entre los años 21-18 antes de nuestra actual era cristiana. En cuanto al mes y al día de su nacimiento, es imposible fijarlo. La Iglesia lo celebra litúrgicamente, desde tiempos antiguos, el 8 de septiembre. Contamos los años a partir del nacimiento de Cristo; pero el monje Dionisio el Exiguo, que introdujo este cómputo hacia el año 525 de nuestra era, se equivocó en el cálculo retrasándolo varios años, como unos cinco o siete. 

Sus padres le impusieron el nombre de Miryan, en honor, quizá, de la hermana de Moisés y de Arón, que fue la primera en llevarlo (cf. Ex 15,20). En la versión de los Setenta aparece este nombre como Mariam, palabra que vemos después algunas veces en los Evangelios, aunque la forma griega María es la más frecuente y la que ha prevalecido entre el pueblo cristiano.

En cuanto al significado de la palabra María, no se han puesto todavía de acuerdo los filólogos y lingüistas. Las principales versiones propuestas son: Señora, Exaltada, Muy Amada, Mar Amargo, Estrella del Mar (o mejor stilla maris = gota del mar), Iluminada, Mirra, etc. Todas ellas convienen a María en su sentido propio o alegórico.

La fiesta litúrgica de la Presentación de María, que se celebra el 21 de noviembre, descansa sobre el fundamento firme, o sea, sobre las palabras de María al ángel de Nazaret: ¿De qué modo se realizará esto, pues no conozco varón?(Lc 1,34). De estas palabras de desprende claramente que María se había consagrado a Dios con voto de virginidad, y esto es lo que conmemora la fiesta litúrgica de la Presentación.

Aunque no recibiera una educación religiosa en la sinagoga, debió de conocer profundamente la historia del pueblo escogido y las profecías mesiánicas que le habían sido confiadas. También asistiría a las sinagogas en las fiestas judías y todos los sábados. Allí se leían mañana y noche trozos de la Ley y los Profetas, trasladados al arameo, la lengua del pueblo. Se hacían comentarios sobre textos de la Sagrada Escritura y se cantaban salmos. María debió de ir con sus padres en peregrinación a Jerusalén— como estaba mandado— y allí aprendería los salmos graduales que los peregrinos cantaban caminando hacia la ciudad santa.

Todo buen judío oraba con frecuencia y levantaba a Dios su corazón al comenzar y terminar el día. Se rezaba antes y después de las comidas, se recitaban los salmos en privado y existía una plegaria aplicable a cada acontecimiento de la vida.

Llena de gracia y poseída enteramente por el Espíritu Santo, María debió de gozar ordinariamente de las formas más elevada de la oración mística. En su alma purísima, limpia de todo pecado y de toda inclinación al pecado, hubo comunicaciones divinas inefables, absolutamente imposibles de manifestar a los demás. De ahí que pasase los años de su niñez y adolescencia en completa soledad interior. Esta soledad tuvo influencia decisiva para hacerla la contemplativa silenciosa que todo lo pensaba y meditaba en su corazón (Le 2, 19 y 51). 

Vivir con Dios y en Dios era para María una necesidad tan imperiosa como lo es para la vida corporal del hombre el respirar. Es imposible llegar a comprender la vida de María en su desenvolvimiento íntimo hacia Dios sin esta perspectiva de su soledad en el mundo.

Voto de Virginidad

La pregunta que hizo María al ángel de la Anunciación: ¿De qué modo se realizará esto, pues yo no conozco varón? (Le 1,34), no deja lugar a la menor duda sobre el hecho de que María había consagrado a Dios su perpetua virginidad, ratificándola con un voto; de otra suerte, esa pregunta carecería de sentido, máxime estando ya desposada con San José (Le 1,27). Sin duda alguna debió de comunicar a José su propósito inquebrantable antes de desposarse con él. José aceptó este designio de Dios y se mostró dispuesto a vivir con María como un her  mano con su hermana. Muchos Santos Padres piensan— y es muy verosímil— que también José había consagrado su virginidad a Dios, siguiendo el impulso fuerte y suave de la gracia de Dios. No nos parezca excesivo ver la mano de Dios en el matrimonio de María y José, que tan honda repercusión había de tener para toda la humanidad.

Desposada con José

En Nazaret, donde vivía María, vivía también un joven llamado José, descendiente de David. Era carpintero y se dedicaba a hacer arados, yugos, arcas, carros, mangos de azada y otras cosas semejantes. Es muy probable que su labor de carpintero se completara a veces con la de albañil, enderezando vigas para las azoteas de las casas, tendiendo travesaños y leña menuda y cubriéndolo todo con una masa de barro y argamasa. Este hombre, sencillo y humilde, fue escogido por Dios para ser el esposo de María.

Por aquel entonces era considerado el matrimonio como un deber del joven. Con el alborear de los catorce años se designaba al joven apto para el matrimonio, mientras que la joven lo era al comenzar los trece. Generalmente, sin embargo, el joven no se casaba antes de los dieciocho años. La muchacha se des  posaba hacia los doce años y medio; pero comúnmente continuaba todavía en la casa paterna durante un año largo. Así que iba a casa del marido para formar la sociedad matrimonial lo más pronto a los trece años y medio o a los catorce.

No sabemos cómo se encontraron María y José. Lo cierto es que, si los matrimonios felices se conciertan en el cielo, ello se verificó soberanamente en este caso. Así como Dios escogió y preparó la Madre de su Unigénito, así determinó también que José fuera el padre nutricio del mismo Hijo de Dios encarnado. Nunca dos almas se han compenetrado tan íntimamente, en busca de la pureza y la santidad de Dios. 

Y el Verbo se hizo carne…

 Poco después de los desposorios entre María y José ocurrió el acontecimiento más grande de toda la historia de la humanidad. Dejemos que nos lo cuente el santo Evangelio en toda su sublime sencillez y grandeza.

«Fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y presentándose a ella le dijo: Salve, llena de gracia, el Se  ñor es contigo. Ella se turbó al oír estas palabras y discurría qué podría significar aquella salutación. El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios, y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.  El será grande y llamado Hijo del Altísimo y le dará el Señor Dios, el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin.

“Dijo María al ángel: ¿De qué modo se realizará esto, pues yo 4no conozco varón? El ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el Hijo engendrado será santo, y será llamado Hijo de Dios. E Isabel, tu parienta, también ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el mes sexto de la que era estéril, porque nada hay imposible para Dios. Dijo María: He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y se fue de ella el ángel» (Le 1,26-38)

En el mismo momento en que María pronunció su trascendental fiat, el Verbo de Dios se hizo carne en sus virginales entrañas y empezó a habitar entre nosotros (cf. Jn 1,14).

A lo largo de la conversación de María con el ángel aparecen claramente su sencillez, su prudencia y sabiduría, su fe, su obediencia y su humildad. La pregunta formulada por Ma  ría no envuelve duda ninguna ni pone condición alguna; es la pregunta del que desea informarse sobre el modo en que se realizará el gran misterio. Su fe en la revelación del ángel fue completa y sin reservas. Por tanto, su consentimiento, sabiendo que iba a ser la Madre de Dios, no fue pasivo, sino activo, libre y sin coacción, lo que demuestra su humildad profunda y su obediencia completa.