«Este modo de hablar es duro» (San Juan 6, 61)

«Este modo de hablar es duro» (San Juan 6, 61)

23 de abril de 2021 0 Por admin

“Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.” (san Juan    6, 51-59)


«Desde entonces muchos de sus discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él» (Jn 6, 66). ¿Por qué? Porque no creyeron en las palabras de Jesús, que decía: Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma mi carne y beba mi sangre vivirá para siempre (cf. Jn 6, 51.54); ciertamente, palabras en ese momento difícilmente aceptables, difícilmente comprensibles. Esta revelación —como he dicho— les resultaba incomprensible, porque la entendían en sentido material, mientras que en esas palabras se anunciaba el misterio pascual de Jesús, en el que él se entregaría por la salvación del mundo: la nueva presencia en la Sagrada Eucaristía.

Llega un momento, en el que el acto de fe exige un apoyarse totalmente en Aquel en quien creemos y a quien creemos. ¿Dudas? ¿Te cuesta entender ciertas verdades de la fe o enseñanzas de la Iglesia? Confía en Jesús, créele a Él, ábrete a la acción del Espíritu que no te dejará en las sombras, y bajo su luz busca profundizar la fe que hemos recibido.

“Pedro, cabeza de los Doce, seguramente sin saberlo en ese momento, se hace voz de los millones y millones de discípulos del Señor Jesús que a lo largo de la historia le dirigen esas conmovedoras palabras: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios». ¿No es esa la roca firme en la que se fundamenta nuestra existencia como cristianos? Ahí debemos volver una y otra vez cuando experimentamos dudas, problemas, fracasos, contradicciones, que de una u otra manera nos pueden hacer perder la perspectiva. Recordemos que «Jesús no se conforma con una pertenencia superficial y formal, no le basta con una primera adhesión entusiasta; al contrario, es necesario tomar parte durante toda la vida “en su pensar y en su querer”. Seguirlo llena el corazón de alegría y da pleno sentido a nuestra existencia, pero implica dificultades y renuncias porque con mucha frecuencia se debe ir a contracorriente» (Benedicto XVI).


Sobre este pasaje tenemos un bellísimo comentario de san Agustín, que dice, en una de sus predicaciones sobre el capítulo 6 de san Juan: «¿Veis cómo Pedro, por gracia de Dios, por inspiración del Espíritu Santo, entendió? ¿Por qué entendió? Porque creyó. Tú tienes palabras de vida eterna. Tú nos das la vida eterna, ofreciéndonos tu cuerpo [resucitado] y tu sangre [a ti mismo]. Y nosotros hemos creído y conocido. No dice: hemos conocido y después creído, sino: hemos creído y después conocido. Hemos creído para poder conocer. En efecto, si hubiéramos querido conocer antes de creer, no hubiéramos sido capaces ni de conocer ni de creer. ¿Qué hemos creído y qué hemos conocido? Que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, es decir, que tú eres la vida eterna misma, y en la carne y en la sangre nos das lo que tú mismo eres» (San Agustín, Comentario al Evangelio de Juan, 27, 9)

Cuánta gente dice hoy: «Querría ver a Cristo en persona, su cara, sus vestidos, sus zapatos». ¡Pues bien, en la eucaristía es a Él al qué ves, al que tocas, al que recibes! Deseabas ver sus vestidos; y es él mismo el que se te da no sólo para verle, sino para tocarlo, comerlo, acogerlo en tu corazón. Por tanto, que nadie se acerque con indiferencia o dejadez; ya que todos van a él, animados por un amor ardiente.  (San Juan Crisóstomo 4, 4 : PG 73, 613)

“Jesucristo, normalmente, suele ir paso a paso. Para demostrar que a Dios nada le es imposible; nos pone el ejemplo de la mujer estéril… 

Quería que creyéramos en la Eucaristía y comienza multiplicando milagrosamente los panes. Despierta después la fe: «en verdad en verdad os digo, que el que cree en Mí tiene la vida eterna; Yo soy el Pan de vida.» Les va a proponer una verdad difícil de aceptar y quiere ganarse la fe de ellos, primero con un milagro y después con una exhortación… 

Establece una comparación entre el maná y su Carne; «vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo para que quien lo coma, no muera.» Y ¿cuál es ese Pan? 

Por dos veces hace esa comparación. En ella, parte de una similitud para mostrar una diferencia. La similitud: que tanto el maná como la Eucaristía son alimento. Moisés no os dio el verdadero pan del cielo; era pan celestial pero no el verdadero pan del cielo, parecía venir del cielo pero el pan de que Yo os hablo, ése sí que viene del cielo. Esa es la diferencia. 

El maná era un alimento sin vida, no daba la vida y por eso, le comían pero morían. Este alimento es vida y da vida. Considerando el maná, según su apariencia, sería muy superior al sacramento de la Eucaristía si esto no fuera el Cuerpo del Señor. En efecto, la Eucaristía encierra dos elementos: la forma y lo que ella contiene. 

La forma es muy inferior, pero la sustancia es muy superior porque es el verdadero Cuerpo de Jesucristo. (San Francisco de Sales, VII, 293-294)


«Este modo de hablar es duro»; es duro porque el hombre cae con frecuencia en la ilusión de poder «transformar las piedras en pan». Después de haber dejado a un lado a Dios, o haberlo tolerado como una elección privada que no debe interferir con la vida pública, ciertas ideologías han buscado organizar la sociedad con la fuerza del poder y de la economía. La historia nos demuestra, dramáticamente, cómo el objetivo de asegurar a todos desarrollo, bienestar material y paz prescindiendo de Dios y de su revelación concluyó dando a los hombres piedras en lugar de pan. El pan, queridos hermanos y hermanas, es «fruto del trabajo del hombre», y en esta verdad se encierra toda la responsabilidad confiada a nuestras manos y nuestro ingenio; pero el pan es también, y ante todo, «fruto de la tierra», que recibe de lo alto sol y lluvia: es don que se ha de pedir, quitándonos toda soberbia y nos hace invocar con la confianza de los humildes: «Padre (…), danos hoy nuestro pan de cada día» (Mt 6, 11).

El hombre es incapaz de darse la vida a sí mismo, él se comprende sólo a partir de Dios: es la relación con él lo que da consistencia a nuestra humanidad y lo que hace buena y justa nuestra vida. En el Padrenuestro pedimos que sea santificado su nombre, que venga su reino, que se cumpla su voluntad. Es ante todo el primado de Dios lo que debemos recuperar en nuestro mundo y en nuestra vida, porque es este primado lo que nos permite reencontrar la verdad de lo que somos; y en el conocimiento y seguimiento de la voluntad de Dios donde encontramos nuestro verdadero bien. Dar tiempo y espacio a Dios, para que sea el centro vital de nuestra existencia.

¿De dónde partir, como de la fuente, para recuperar y reafirmar el primado de Dios? De la Eucaristía: aquí Dios se hace tan cercano que se convierte en nuestro alimento, aquí él se hace fuerza en el camino con frecuencia difícil, aquí se hace presencia amiga que transforma.


Escuchemos el Mensaje de la Reina de la Paz:

Mensaje, 2 de julio de 2015 

“Queridos hijos, os invito a difundir la fe en mi Hijo, vuestra fe. Vosotros, mis hijos, iluminados por el Espíritu Santo, mis apóstoles, transmitidla a los demás, a aquellos que no creen, no saben y no quieren saber. Por eso vosotros debéis orar mucho por el don del amor, porque el amor es un rasgo distintivo de la verdadera fe, y vosotros seréis apóstoles de mi amor. El amor revive siempre y de nuevo, el dolor y el gozo de la Eucaristía, revive el dolor de la Pasión de mi Hijo, con la cual Él os ha mostrado lo que significa amar inmensamente; revive el gozo de haberos dejado Su Cuerpo y Su Sangre para nutriros de sí mismo y ser así uno con vosotros. Al miraros con ternura siento un amor inmenso, que refuerza en mí el deseo de conduciros a una fe firme. Una fe firme os dará en la Tierra gozo y alegría y al final, el encuentro con mi Hijo. Ese es Su deseo. Por eso vividlo a Él, vivid el amor, vivid la luz que os ilumina siempre en la Eucaristía. Os pido que oréis mucho por vuestros pastores, que oréis para que tengáis el mayor amor posible hacia ellos, porque mi Hijo os los ha dado para que os nutran a vosotros con Su Cuerpo y os enseñen el amor. Por eso amadlos también vosotros. Sin embargo, hijos míos recordad: el amor significa soportar y dar, y jamás, jamás juzgar. ¡Os doy las gracias! ”


Pbro. Patricio Romero