El Patriarcado de San José

El Patriarcado de San José

18 de marzo de 2021 0 Por admin

San José es encargado divinamente, por ministerio angélico, de poner el nombre al Hijo que María ha concebido por obra del Espíritu Santo, el nombre de Jesús, es decir, «el Salvador del pueblo de sus pecados»


Por Doctor Francisco Canals Vidal

“El nacimiento en Belén del Hijo de Dios se debe a la inscripción en el censo, por parte de José, que la realiza en la ciudad de David, Belén, de quien él se sabía descendiente. Es cierto que, en el Evangelio, la constatación de la descendencia davídica de José se relaciona esencialmente con la mesianidad de Jesús, en quien se cumplen las profecías hechas al patriarca David: la filiación davídica de Jesús se relaciona con la de José; el nombre de «hijo de David» sólo se dice de dos personas en el Evangelio: de Jesús y de José, su padre.

Pensemos seguidamente que José es encargado divinamente, por ministerio angélico, de poner el nombre al Hijo que María ha concebido por obra del Espíritu Santo, el nombre de Jesús, es decir, «el Salvador del pueblo de sus pecados»: «José, Hijo de David, no temas recibir contigo a María como tu esposa, porque ella dará a luz un Hijo engendrado por obra del Espíritu Santo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21).

El cumplimiento de este mandato de poner el nombre que significa, precisamente, «el encargado de la salvación del pueblo» lo encontramos referido por el evangelista Lucas al notar que: «Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno» (Lc 2,21). Ya sabemos que el encargado de circuncidarle y darle el nombre no es otro que José.

También una aparición en sueños de un ángel del Señor manda a José huir a Egipto: «El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al Niño y a su Madre, y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al Niño para matarle’. Él se levantó, tomó de noche al Niño y a su Madre y se retiró a Egipto, y estuvo allí hasta la muerte de Herodes» (Mt 2,13-15).

Pero también un mandato divino es el que lleva a José a ir a Nazaret, cumpliendo así la profecía: «Muerto Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo a José en sueños y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al Niño y a su Madre y ponte en camino hacia la tierra de Israel’. Él se levantó, tomó consigo al Niño y a su Madre y entró en tierra de Israel, pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá y, avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese el oráculo de los profetas: ‘Será llamado Nazareno’» (Mt 2,19-23).

En esta serie coherente e insistente de pasajes evangélicos que muestran a José como el que recibe de parte de Dios, por caminos extraordinarios de apariciones angélicas, las advertencias que han de salvar al Niño de las persecuciones y que señalan los rumbos de la vida del Señor (que ya no vuelve a Belén, donde nació, en la Judea, sino que va a vivir a Galilea, en Nazaret) aparece siempre José como el que recibe el encargo divino de organizar la vida de Jesús, y sobre María, cuya obediencia a José en cumplir las órdenes divinas brilla por el hecho de no tener que ser nunca citada como si tomase iniciativas, destaca por lo mismo la autoridad patriarcal de José.

José vuelve a aparecer, esta vez unido a María y con una actitud expresamente de unidad de sentimientos y criterios con ella, en la pérdida del Niño en el Templo y cuando María y José, al hallarlo, le interrogan por qué se ha portado así con ellos. Es María la que dice: «¿No sabías que tu padre y yo te buscábamos con dolor?». Los textos de san Mateo hasta aquí citados expresan un total protagonismo y responsabilidad de José, mientras María se muestra como de una total y pasiva obediencia a su esposo.

Otros pasajes de Lucas, referentes a la presentación de Jesús en el Templo, o al episodio, ya cumplidos los doce años por el Niño, de la pérdida de éste (que es hallado después entre los maestros de la Ley), vienen a mostrar una nueva etapa en la vida de Jesús en que su Madre tiene ya una comprensión del Niño, y se aprecia una evolución, allí mismo aludida, del crecimiento en edad y en gracia de Jesús, el Hijo de Dios encarnado: «Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor» (Lc 2,22).

«He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu vino al Templo y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo al Señor, diciendo (…)» (Lc 2,25-28). Y en los versículos 29 a 32 el evangelista inserta el himno de acción de gracias que conocemos como Nunc dimittis.

El evangelista narra después que «su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él». Simeón los bendijo, y dijo a María, su Madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel y para ser signo de contradicción. Y a ti misma una espada te atravesará el alma» (Lc 2,33-35). Vemos en esta escena una actitud compartida por los dos esposos, aunque finalmente la profecía de Simeón se dirige en concreto a María porque, al parecer, profetiza su presencia en la Pasión de su Hijo y en su muerte en la cruz. Probablemente, la ausencia de José es de fácil explicación y daría razón también de que Jesús, al morir, confíe a su Madre al Apóstol amado, Juan: José había muerto, no sabemos cuándo pero ciertamente antes de los acontecimientos de la Pasión.

El primero de los episodios de Lucas concluye con la cita de la profecía de Ana que nota el evangelista «que hablaba del Niño a todos los que esperaban la Redención» (Lc 2,34). Sigamos leyendo al evangelista Lucas en un importantísimo conjunto de textos sobre Jesús Niño y sus padres: «Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él. Sus padres iban todos los años a Jerusalén, a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos, como de costumbre, a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca, y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo, sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles. Todos los que le oían estaban estupefactos, por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos y su Madre le dijo: «¿Por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Él les dijo: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabías que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y vivió sujeto a ellos. Su Madre conservaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,19-32).”  (Francisco Canals Vidal)