El Corazón de María, refugio del corazón sacerdotal

El Corazón de María, refugio del corazón sacerdotal

17 de junio de 2021 0 Por admin

“…Les pido maternalmente, que se detengan por un momento y reflexionen sobre ustedes mismos…” (Mensaje, 2 de Julio del 2012) 


La humildad con que la Reina de la Paz nos regala los Mensajes en Medjugorje, por medio de los videntes, es una humildad que nos previene de las crisis espiritual o  vocacional, en la que puede caer una vida sacerdotal.

Un sacerdote no puede ser un burócrata ni un mero administrador, «no es un patrón de la fe”, explicaba el Papa Emérito Benedicto XVI, ya que no es sacerdote a tiempo parcial, lo es siempre, con toda el alma, con todo su corazón. 

Porque ese “ser sacerdotal” es el “ser de  Cristo”,  que penetra toda nuestro existencia en su totalidad. Esa es la razón por la que, en la vida sacerdotal, es necesaria la humildad. Sin tan  excelente  virtud, no se puede renunciar al orgullo o la vanidad, no puede ceder o abandonar  propios proyectos  o las propias conveniencias, y lo más seguro es que se termine perdiendo el fervor y el rumbo de la vocación: de servir generosamente  la causa del reino de Dios, se termina condicionándolo todo al reino de  sí mismo.

 La humildad previene  de  exhibir una calculada «falsa modestia», y por amor a la voluntad de Dios, asume las equivocaciones, purga y repara los propios pecados y repara con el servicio y los sacrificios las caídas de los demás.   Gracias a la humildad, la verdad resplandece con claridad, ya que puede ser anunciada en su integridad, sin condicionamientos ni preferencias.

La humildad purifica el corazón y lo constituye en tabernáculo de la presencia misterios a del bien, de la verdad y de la vida, que se  ha “encarnado” para darnos abundancia de amor, paz y santidad.

En la ESCUELA DE SANTIDAD Y AMOR MATERNO, el sacerdote va reconociendo el sentido profundo del Fiat, aprendido y  pronunciado no solo con el tono de la profundidad teológica, o la elocuencia de la experiencia, sino que  por sobre todo, desde la gestación del corazón sacerdotal en el corazón de la Reina de la Paz.

 El vínculo de un hijo enlazado con su Madre, sostenido en la confianza y el abandono, sin anhelar nada que no sean los planes de María, se fortalece y consolida, en la humildad y pureza del corazón.

El  latir del corazón sacerdotal es, casi sorpresivamente, como “impactado”  por el gozo de un encuentro real, tangible y espiritual, con quien mucho ama Cristo Sacerdote, con todo su ser de sacerdote, es decir la Madre del Cordero de Dios. Ella, mejor que nadie,  conoce y ama toda la dimensión y significado de ser “víctima, altar y oferente”, y esa realidad se llega a comprender en el corazón, desde el encuentro filial, es decir “como hijo”, con el Corazón materno de la Madre, que es traspasado por la ofrenda que hace de si mismo,  su Hijo y su Señor, Cristo Jesús. 

 Por eso, quien más ama,  cuida y conoce, hasta el dolor entrañable, la realidad sacerdotal es María. Y  la cercanía, ternura y devoción con la que la Virgen Santísima trata, en Medjugorje, el sacerdocio concede al clérigo un conocimiento desde el interior  del corazón, de la dimensión de su vocación, que lo llevan a repetir, con recogimiento y gozo alegre,  el Magníficat del Evangelio.


Mensaje, 2 de julio de 2012 

“Queridos hijos, de nuevo les pido maternalmente, que se detengan por un momento y reflexionen sobre ustedes mismos y la transitoriedad de su vida terrenal. Por lo tanto, reflexionen sobre la eternidad y la bienaventuranza eterna. Ustedes, ¿qué desean, por cual camino quieren andar? El amor del Padre me envía a ser mediadora para ustedes, para que con amor materno les muestre el camino que conduce a la pureza del alma, del alma no apesadumbrada por el pecado, del alma que conocerá la eternidad. Pido que la luz del amor de mi Hijo los ilumine, que venzan las debilidades y salgan de la miseria. Ustedes son mis hijos y yo los quiero a todos por el camino de la salvación. Por lo tanto, hijos míos, reúnase en torno a mí, para que les ayude a conocer el amor de mi Hijo y, de esta manera, abrirles la puerta de la bienaventuranza eterna. Oren como yo por sus pastores. Nuevamente les advierto: no los juzguen, porque mi Hijo los ha elegido. ¡Les  doy las gracias! ”