El ayuno

El ayuno

8 de julio de 2021 0 Por admin

“Crea en mí, Oh, Dios, un corazón puro, renueva por dentro, con un espíritu firme” (Salmo 50)


“¡Queridos hijos! También hoy los invito a la oración y al ayuno. Ustedes saben, queridos hijos, que con su ayuda Yo puedo hacerlo todo y obligar a Satanás que no siga instigando a nadie al mal y también a que se aleje de este lugar. Queridos hijos, Satanás los acecha a cada uno de ustedes en lo individual. El desea, sobre todo, perturbarlos a todos a través de las cosas cotidianas. Por tanto, los invito, queridos hijos, a hacer que cada uno de sus días sea sólo oración y un abandono total a Dios. Gracias por haber respondido a mi llamado! ”  (Mensaje, 4 de septiembre de 1986)


La vidente Marija dice : Al principio la Virgen pedía ayunar una vez a la semana, el viernes, y le pedía pan y agua las veinticuatro horas. Al principio tuvimos nuestras vivencias, porque, cuando Nuestra Señora nos propuso el ayuno, no estábamos acostumbrados y esperábamos la medianoche para empezar a comer esas cosas que nos habíamos dejado fuera durante el día. Sin embargo, Nuestra Señora no nos dijo nada sobre si era bueno o malo.

Lo más importante es no comer nada durante 24 horas, desde la medianoche hasta la medianoche, excepto pan y agua. Una vez le preguntamos a Nuestra Señora cuánto pan y agua podíamos tomar, pero ella respondió que no importa cuánto tomáramos, sino renunciar a todas las otras cosas, tomando solo pan y agua durante ese día.

Luego, Nuestra Señora también pidió un segundo día de ayuno durante la semana: miércoles. Nuestra Señora nos explicó que la oración y el ayuno son tan importantes que se pueden evitar las guerras con ellos. Nuestra Señora, además del ayuno de pan y agua, también propuso otras renuncias, en particular a las de nuestros hábitos que conducen al pecado y a todo aquello a lo que estamos particularmente apegados. (Testimonio Marija, 16 de Febrero de 1989)


“Pido a las personas que oren Conmigo estos días y que oren lo más posible. Que ayunen además estrictamente los miércoles y los viernes; que recen cada día cuando menos el Rosario completo: los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos. ”  (14 de Agosto 1984)


Cuando, en nuestra época, se habla de ayuno, lo más frecuente es apuntar a lo que podríamos llamar su dimensión “social”: es decir, uno se priva de alimentos para compartirlos con los necesitados.

Esa es sin duda una expresión y justificación muy loable del ayuno. Nos impulsa a compartir los bienes materiales con quienes habitualmente los necesitan, cuando nosotros habitualmente los tenemos. Más aún, nos lleva a una verdadera solidaridad con ellos: al no comer, estamos experimentando “en carne propia” (literalmente) lo que ellos suelen experimentar por su indigencia.

Sin embargo el fin del ayuno, para que sea eficaz y de frutos no solo comunitarios sino que también redentores, es necesario que el ayuno tenga como motivo principal, el amor y la gloria de Dios, de tal modo que sea un instrumento de transformación del corazón. Solo así, no solo tendrá un efecto práctico y solidario en el momento o circunstancia determinada, sino que dará lugar a un nuevo corazón, que ame a su prójimo hasta ser capaz de dar la vida por él. El ayuno por el Reino de los cielos, puede colaborar para que de verdad procuremos el sustento temporal en orden al sustento eterno de los que tienen hambre de vida eterna. 

Los antecedentes son claros en las Sagradas Escrituras: en Isaías 58:3-12 (especialmente vv. 6-10) el Señor reprende a los que ayunan mientras explotan a sus trabajadores y dice en qué consiste el verdadero ayuno que a él le agrada. Hay que aclarar, sin embargo, que el énfasis de este pasaje no es tanto el que uno dé a los pobres lo que no se comió o el dinero que no usó, sino que la vida de uno sea instrumento de la misericordia de Dios para con el pobre, y sea coherente en vez de contradictorio: para que el ayuno agrade a Dios tiene que ir acompañado de una vida recta, en que uno es justo con los demás, no se aproveche de ellos, y  que comparta sus bienes con los necesitados. 

Desde la perspectiva de la búsqueda de una constante conversión, el ayuno no es  vivido como una negación o solo como una privación práctica, sino más bien como una ofrenda y compromiso, una entrega y don de lo que uno es y tiene para los planes  de misericordia del mismo  Dios. Es buscar rendirle culto con el corazón y reconocer su señorío en nuestra vida.

En las Sagradas Escrituras nos encontramos que el ayuno se practica principalmente con dos propósitos: “afligir el alma” y “buscar el rostro del Señor”. Con “afligir el alma”,  se refiere principalmente a quebrantar el propio orgullo: al privarse de la comida ya uno no se siente satisfecho, no tiene de qué jactarse, y está en una especie de duelo por que se le ha negado a Dios su Señorío, y no se le permite al Rey de reyes gobernar con su gracia y caridad en los horizontes de los pueblos y naciones.

 Por otro lado, “buscar el rostro del Señor” quiere decir reordenar el camino para alcanzar el fin para el cual fuimos creados, y que es la cumbre de la existencia humana: entablar con Dios una relación personal, por la cual el Señor nos hace conocedores y partícipes, por la vida de gracia,  del misterio de la Santísima Trinidad. Por eso es necesario vivir el ayuno en el camino espiritual de la Reina de la Paz, ya que es necesario rectificar continuamente el fin de toda práctica ascética y aprender de la Madre del Señor, como contemplar los misterios del Señor y abrazar el sacrificio en el silencio y recogimiento del corazón.

Es por esto que el ayuno se ha entendido tradicionalmente como un medio de “penitencia”, es decir, de convertirnos a Dios, de volvernos hacia él personalmente. El ayuno entonces, como la oración, es un medio para que el alma  busque “el rostro del Señor”, y detenerse desde el interior a relacionarnos personalmente con él, estar en su presencia, buscar la intimidad con él. 

Al experimentar la ausencia de la satisfacción sensible que acompaña el comer, más fácilmente reconoceremos el hambre de Dios que padece nuestra alma, y que por la multitud de sensaciones que rodean nuestra jornada, no escuchamos el clamor interior de un templo consagrado en el bautismo, para que habite el Señor, pero que es postergado por tantas distracciones y afanes centrados en el propio “yo”. Por el ayuno se nos hace evidente de que Dios es el único que realmente puede llenarnos y saciarnos y de que “no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que salga de la boca de Dios” (Mt. 4:4). Por eso, precisamente, el ayuno va directamente relacionado, no solo con la oración, sino también con el alimentarnos de la meditación de la Palabra de Dios. Esta es también una expresión de la urgencia vital y existencial  en “buscar el rostro de Dios”.


“¡Queridos hijos! Hoy los invito a orar por la paz! En este tiempo, la paz es amenazada de manera especial y Yo pido de ustedes, que renueven el ayuno y la oración en sus familias. Queridos hijos, Yo deseo que comprendan la seriedad de la situación y que comprendan que mucho de lo que va a suceder depende de su oración. Pero ustedes oran poco! Queridos hijos, Yo estoy con ustedes y los llamo a que comiencen a orar y ayunar como en los primeros días de mi venida. Gracias por haber respondido a mi llamado! ”   (Mensaje, 25 de julio de 1991)