Domingo de Ramos, «Puertas, levanten sus dinteles»

Domingo de Ramos, «Puertas, levanten sus dinteles»

8 de abril de 2022 0 Por admin

Estoy con ustedes, de una manera especial, meditando y viviendo en mi corazón la Pasión de Jesús.

Comentario Padre Patricio Romero


Mensaje, 25 de febrero de 1999

“¡Queridos hijos! También hoy estoy con ustedes, de una manera especial, meditando y viviendo en mi corazón la Pasión de Jesús. Hijitos, abran sus corazones y denme todo lo que tienen dentro: las alegrías, las tristezas, cada dolor, hasta el más pequeño, para poder ofrecerlos a Jesús, a fin de que El, con su infinito amor, queme y transforme sus tristezas en el gozo de su Resurrección. Por eso, hijitos, los invito ahora de manera especial para que sus corazones se abran a la oración, de modo que a través de la oración, lleguen a ser amigos de Jesús. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”


Puertas, levanten sus dinteles. Ábranse, puertas eternas, para que entre el rey de la gloria. ¿Y quién es ese Rey de la gloria? El Rey de la gloria es el Señor de los ejércitos. Hosanna en las alturas. Bendito tú, que has venido lleno de misericordia.

Vuestro grito de júbilo «Hosanna al Hijo de David» se ha levantado hacia el cielo como potente coro, mientras palpitaban los ramos de palma y olivo, agitados por vuestras manos.

De este modo, guiados por la Iglesia nos aproximamos a un misterio de paz, de esperanza y de amor, que ofrece sereno consuelo en el trágico momento que estamos viviendo. En efecto, estamos todos desconcertados, turbados y sobrecogidos porque una vez más la violencia de la sociedad ha atacado con frialdad y cinismo, en el vientre materno, en la sala de enfermos terminales, en las avenidas del hambre y de la guerra.

Al comportamiento vil y feroz se suma una vez más la indiferencia y la idolotría, la ingeniería de la ideología y la tibieza de los que nos denominamos creyentes.

¿Quién es este Jesús, a quien deseáis salir al encuentro? Desde hace dos mil años, esta pregunta fundamental está clavada en el corazón mismo de la historia y de la cultura humana; pero es la misma pregunta que se hacían en Palestina los contemporáneos de Jesús, oyentes de su palabra y testigos de sus signos prodigiosos: «¿Quién es Este?» (Mc 4, 41; Mt 21, 10). El «misterio de Jesús» inquietaba y sigue inquietando a los hombres, los cuales han respondido y responden o con la repulsa preconcebida, o con la indiferencia abúlica, o, por el contrario, con la ardiente adhesión de fe, que implica y transforma toda la persona.

Jesús de Nazaret no es simplemente un genio religioso, no es solamente un gran profeta, en quien se habría manifestado la presencia de lo divino de un modo peculiar y sobreabundante; no es un superhombre o un supermístico, cuya acción y cuya doctrina podrían aún estimular o fascinar a almas particularmente sensibles.

A la pregunta de Jesús: «Vosotros, ¿quién decís que soy Yo?», respondemos con Simón Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16), y con Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28).

Cuando la Reina de la Paz nos dice, en el Mensaje del 25 de febrero de 1999: «“¡Queridos hijos! También hoy estoy con ustedes, de una manera especial, meditando y viviendo en mi corazón la Pasión de Jesús…», nuestra Madre nos invita a contemplar, con la acción del Espíritu Santo que nos impulsa con sus gracias y dones, por medio de la Sagrada Liturgia, a vivir los misterios de Semana Santa, para comprender el sentido de la vida humana, la tragedia del pecado, la realidad de la muerte, las consecuencias de la iniquidad, en la degradación de la dignidad humana, la angustia, la violencia y la soledad, que tiene su cumbre en la condenación del infierno y la pérdida del cielo, y por otro lado, la victoria de la gracia, de la misericordia, el perdón, y el triunfo de la vida y la resurrección que nos ofrece el Corazón de Jesús, traspasado y clavado en el madero de la Cruz.

En la liturgia de la Iglesia, conocemos vitalmente a Cristo, que significa y realiza principalmente su misterio pascual, y en ella, el acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida. (CEC 1084)
En la liturgia, el Espíritu Santo es el pedagogo de la fe del Pueblo de Dios, el artífice de las «obras maestras de Dios» que son los sacramentos de la Nueva Alianza. El deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. (CEC 1091)

Y si en la oscuridad impenetrable de la muerte Cristo entró como luz; para hacer la noche luminosa como el día, y las tinieblas vencidas por la luz, así también nosotros, en el Corazón Inmaculado de nuestra Madre Santísima, nos aproximamos al Corazón del Cordero Inmolado, para ser sustentados e inflamados por su amor: «Hijitos, abran sus corazones y denme todo lo que tienen dentro: las alegrías, las tristezas, cada dolor, hasta el más pequeño, para poder ofrecerlos a Jesús, a fin de que El, con su infinito amor, queme y transforme sus tristezas en el gozo de Su Resurrección.» (Mensaje 25-02-1999)

Madre nuestra, Reina de la Paz, alcánzanos la gracia de abrir las puertas de nuestros corazones, para que pueda entrar Cristo, nuestro Redentor, liberándonos de toda soberbia y egoísmo, y de cualquier miedo o desconfianza, otorgándonos un profundo anhelo de santidad, de cercanía a Tí Madre, en una comunión profunda con Dios Uno y Trino.

Alcánzanos el espíritu de oración, ayúdanos a vencer nuestra propia voluntad, procúranos la fortaleza para que, a través de nuestra vida, lleguemos a ser apóstoles del amor. Que nuestros corazones se abran a la resurrección que Jesús nos ofrece, como fruto de su pasión y de nuestra verdadera conversión. Gospa, contigo le pedimos al Señor que nos bendiga a todos, para que permanezcamos fieles y vigilantes, desde el Getsemaní, en la pasión y muerte, hasta poder llegar a la victoria de la Pascua, que es la paz verdadera para las almas y toda la humanidad. Amén.