Cuando llegó el tiempo…

Cuando llegó el tiempo…

12 de enero de 2022 0 Por admin

El camino hacia mi Hijo es difícil, lleno de renuncias, pero al final está siempre la luz…


San Lucas  2, 22-35

“Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.  Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con Él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

“Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”.

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de Él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”.


Mensaje, 2 de julio de 2016  

“Queridos hijos, mi presencia viva y real entre vosotros, tiene que haceros felices, debido al gran amor de mi Hijo. Él me envía entre vosotros para que con mi amor maternal os dé seguridad, para que comprendáis que el dolor y la alegría, el sufrimiento y el amor, hacen que vuestra alma viva intensamente; para invitaros nuevamente a glorificar el Corazón de Jesús, el corazón de la fe: la Eucaristía. Mi Hijo, día a día, a través de los siglos, retorna vivo en medio de vosotros, regresa a vosotros, aunque en verdad, nunca os ha abandonado. Cuando uno de vosotros, hijos míos, regresa a Él, mi Corazón materno exulta de alegría. Por eso, hijos míos, regresad a la Eucaristía, a mi Hijo. El camino hacia mi Hijo es difícil, lleno de renuncias, pero al final está siempre la luz. Yo comprendo vuestros dolores y sufrimientos, y con amor maternal, enjugo vuestras lágrimas. Confiad en mi Hijo, porque Él hará por vosotros lo que ni siquiera sabríais pedir. Vosotros, hijos míos, debéis preocuparos solo por el alma, porque ella es lo único que os pertenece en la Tierra. Sucia o limpia, la tendréis que presentar ante el Padre Celestial. Recordad: la fe en el amor de mi Hijo siempre es recompensada. Os pido que oréis, de manera especial, por quienes mi Hijo ha llamado a vivir según Él y a amar a su rebaño. ¡Os doy las gracias! ”


 (Lc 2, 22). En esta escena evangélica se revela el misterio del Hijo de la Virgen, el consagrado del Padre, que vino al mundo para cumplir fielmente su voluntad (cf. Hb 10, 5-7). Simeón lo señala como «luz para alumbrar a las naciones» (Lc 2, 32) y anuncia con palabras proféticas su ofrenda suprema a Dios y su victoria final (cf. Lc 2, 32-35). Es el encuentro de los dos Testamentos, Antiguo y Nuevo. Jesús entra en el antiguo templo, él que es el nuevo Templo de Dios: viene a visitar a su pueblo, llevando a cumplimiento la obediencia a la Ley e inaugurando los tiempos finales de la salvación.

 Es interesante observar de cerca esta entrada del niño Jesús en la solemnidad del templo, en medio de un gran ir y venir de numerosas personas, ocupadas en sus asuntos: los sacerdotes y los levitas con sus turnos de servicio, los numerosos devotos y peregrinos, deseosos de encontrarse con el Dios santo de Israel. Pero ninguno de ellos se entera de nada. Jesús es un niño como los demás, hijo primogénito de dos padres muy sencillos. Incluso los sacerdotes son incapaces de captar los signos de la nueva y particular presencia del Mesías y Salvador. Sólo dos ancianos, Simeón y Ana, descubren la gran novedad. Guiados por el Espíritu Santo, encuentran en ese Niño el cumplimiento de su larga espera y vigilancia. Ambos contemplan la luz de Dios, que viene para iluminar el mundo, pero tambien María la Madre, tiene nuevo motivo de meditación y de interpretación sobre la voluntad de Dios en el corazón materno. EN la medida que se van cumpliendo los días, desde los primeros momentos, sabe María que lleva en sus manos el Cordero de Dios, que anunciará Juan hijo de Isabel en el desierto, y el cordero que ahora es niño lo hará ejerciendo un sacrificio en en altar, con una inmolación cruenta, con n holocausto de redención y misericordia. Ser Madre de un nuevo sacerdocio, significa vivir con  si corazón materno, el sacrificio cruel del Redentor. Colabora, con la custodia de San José, con un dolor más hondo que el de Raquel, y Sara, y las medres de belén. Ella sabe que este sacerdote altar y víctima, se ofrece por sus mismos verdugos.

 Es notorio ver como los Evangelios nos van precisando de modo paulatino, como María y José van siendo guiados por el Espíritu Santo, y los hechos, gestos y palabras, del propio Niño Jesús, en esta vocación sacerdotal del Señor, que tal como lo hizo tambien a sus 12 años, les recuerda el a nuncio de este ministerio: “No sabias que debía ocuparme de las cosas de mi Padre”, pues elCordero estaba ya a sus 12 años, dispuesto en el templo del sacrificio, la Palabra Encarnada, esta confirmándola palabra anunciada por los profetas y predicada en el templo.

 Es evidente por lo tanto que las características de quienes van comprendiendo estos signos del proceder de Dios y se comprometen con este misterio y ministerio, deben haber sido educados en un lenguaje completamente distinto a los parámetros del mundo que no dejan de contaminar ael horizonte de los creyentes…

 Es un signo de contradicción , donde quedan ennegrecidos y confundidos todos los que escogen los rieles de hierro, del éxito, de la eficacia, de las potencialidades exacerbadas, de una humanidad farisaica, donde parece que son los sujetos de donde depende el éxito de las obras redentores, sanadoras  y transformadoras de la realidad humana, pero esta escena que es una alusión tal próxima al pecado del Genesis o la torre de Babel, es la mentira del gnosticismo y el pelagianismo contemporáneo, al que respondía Benedicto XVI en Febrero del año 2013, dirigiéndose a los religiosos y consagrados, apelando a una fe que sepa reconocer la sabiduría de la debilidad., en los gozos y en las aflicciones del tiempo presente, cuando la dureza y el peso de la cruz se hacen sentir, no dudéis que la kenosis de Cristo es ya una victoria pascual. Justamente en el límite y en la debilidad humana estamos llamados a vivir la conformación a Cristo, en una tensión totalizadora que anticipa, en la medida de lo posible, en el tiempo, la perfección escatológica (ibid., 16). En la sociedad de la eficiencia y del éxito, vuestra vida, marcada por la “minoría” y por la debilidad de los pequeños, por la empatía con aquellos que no tienen voz, se convierte en un signo evangélico de contradicción.

 Mis queridos hermanos y hermanas , este tiempo que es de dolor y de tribulación, necesita de nuestro abarramiento, de un acto de sencillos y de humildad ante Dios y los hermanos.  De recapacitar en el sentido de nuestra existencia, la finalidad real de nuestras obras y acciones y el destino próximo y remoto que estamos construyendo.

 Es muy importante que guiados con los consejos maternales de la Reina de la Paz, nos dejemos transformar, educar, reconstruir desde la gracia y el Evangelio, contra todas las corrientes del mundo, que se comentan en el resentimiento, la prepotencia, el hedonismo y la soberbia.

 Todo se desmorona, y solo quedaremos con la verdad en nuestras manos, en nuestro corazón y en la conciencia.

 No hacia afuera, fuera de nosotros, donde tenemos un horizonte con esperanza, es hacia el interior, del alma, de la honestidad, compromiso y desprendimiento de la familia y comunidades, en el querer ser siervos y no señores o caudillos de la arrogancia.

 Lamentablemente desde el principio, se nos revelo y dio a conocer, que el ataque más funesto del enemigo no sería el de la muerte física, la persecución y el comportamiento pecaminoso o idolátrico, ideológico casi herético, sino que sería en el corazón humano, con conocimiento y experiencia de la fe y la vida religiosa, pero que es seducido por el éxito de un mexicanismo personal, de prevalecer y ser más que esotro, de reconocimiento y competencias, de ser exclusivos y escogidos, etc. que es el pecado de Judas, que no teniendo ese favor de Jesús, sabiendo aun que era el Mesias, lo vendió.

 Cuando queremos ser nosotros, y los protagonistas, los reconocidos, los mencionados, los elegidos, por sobre un resto, es cuando pisamos terrenos funestos. Es precisamente al “resto de Israel”, los que no contaban ni para el templo, los testigos del Señor.

 La Cruz es donde se manifiesta de manera perfecta la compasión de Dios con nuestro mundo. En ella contemplamos a María que comparte la compasión de su Hijo por los pecadores. Como afirma san Bernardo, la Madre de Cristo entró en la Pasión de su Hijo por su compasión (cf. Sermón en el domingo de la infraoctava de la Asunción). Al pie de la Cruz se cumple la profecía de Simeón de que su corazón de madre sería traspasado (cf. Lc 2,35) por el suplicio infligido al Inocente, nacido de su carne. Igual que Jesús lloró (cf. Jn 11,35), también María ciertamente lloró ante el cuerpo lacerado de su Hijo. Sin embargo, su discreción nos impide medir el abismo de su dolor; la hondura de esta aflicción queda solamente sugerida por el símbolo tradicional de las siete espadas. Se puede decir, como de su Hijo Jesús, que este sufrimiento la ha guiado también a Ella a la perfección (cf. Hb 2,10), para hacerla capaz de asumir la nueva misión espiritual que su Hijo le encomienda poco antes de expirar (cf. Jn 19,30): convertirse en la Madre de Cristo en sus miembros. En esta hora, a través de la figura del discípulo a quien amaba, Jesús presenta a cada uno de sus discípulos a su Madre, diciéndole: “Ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26-27).

María está hoy en el gozo y la gloria de la Resurrección. Las lágrimas que derramó al pie de la Cruz se han transformado en una sonrisa que ya nada podrá extinguir, permaneciendo intacta, sin embargo, su compasión maternal por nosotros. Lo atestigua la intervención benéfica de la Virgen María en Medjugorje, y que de modo singular,  en el curso de la historia, no cesa de suscitar una inquebrantable confianza en Ella. 

 María Santísima ama a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz.

 La espada que traspasa el Corazón de la Madre es la muerte de su Hijo, con todo lo que significa la experiencia del sufrimiento maternal, por el dolor y tortura, que padecerá el fruto de sus entrañas; también dolor ante es escándalo del desprecio que hace la humanidad y el mismo Israel, a quien es su Señor y Redentor. Y será una espada cruel de dolor, el pecado e ingratitud de los hijos que abrazó por designio amoroso de Cristo, a los pies de la Cruz. 

 Lloró Jesús por nuestra traición, olvido e ingratitud…, llora también Maria con dolor que colabora, por designio y poder celestial, en el plan redentor. 

 Ella nos ruega:  “…no permitan que mi Corazón llore lágrimas de sangre a causa de las almas que se pierden en el pecado. Por lo tanto, queridos hijos, oren, oren, oren.”


Padre Patricio Romero