Corazón Eucarístico, Corazón de María

Corazón Eucarístico, Corazón de María

22 de mayo de 2022 0 Por admin

Corazón Eucarístico, Corazón de María

Homilía Misa Clausura Retiro Grupo de Oración Concepción

Mensaje, 21 de noviembre de 1985  

“¡Queridos hijos! … trabajen en ustedes mismos! Vengan a la Santa Misa, porque este tiempo les ha sido concedido a ustedes. Queridos hijos, son muchos los que vienen regularmente a la Misa, a pesar del mal tiempo, porque me aman y de esa forma desean manifestarme su amor. Yo espero de ustedes que me demuestren su amor viniendo a Misa, el Señor los recompensará ampliamente. Gracias por haber respondido a mi llamado! ”


Comprender la Eucaristía, la Santa Misa es una exigencia para la catequesis Parroquial, en todos sus niveles. La vida Parroquia, en su verdadera dimensión y finalidad, dependerá en sus frutos y realización plena, de la medida en que comprenda y viva en el fervor, la devoción y la participación activa, que es lo que ocurre en el Santo Sacrificio del altar, banquete redentor, y eterno sustento de las almas.  

 La Reina de la Paz nos invita a entrar en el verdadero sentido de la vida de la Parroquia. Eso es clave para la Iglesia y para nosotros. De hecho gran parte de los mensajes están relacionados con la Parroquia de Medjugorje, porque la vida parroquial es clave para la vida de la Iglesia doméstica, que es la familia, y para la instauración del Reino del Señor en los pueblos y en las naciones.

¿Cual es el centro de la vida parroquial?. La fuente y cumbre de todo lo que es la Iglesia y una verdadera vida de Fe, que es la Eucaristía: porque ya bien lo sabemos, la Eucaristía es el mismo Cristo nuestro Redentor, verdadero Dios y verdadero hombre. 

 No sería auténtica nuestra expresión de fe, si pretendiéramos hablar de alguien, y desarrollar actividades en torno a esa persona, pero se le desconoce, se permanece distante de Él y de su presencia, distante de sus enseñanzas y del camino de vida que nos propone y regala.

 No es verdadera devoción, como nos enseña San Luis Mª Grignion de Montfort, si nuestra proximidad al Señor, fuera solo para curarnos y no para seguirle y tener vida en Él, y vida en abundancia, vida de gracia,  apostolado y santidad, contrario a lo que ocurrió con los paralíticos por quienes preguntó el Señor, al único enfermo sanado, de entre el grupo, que regresó para agradecerle: “¿y los otros nueve dónde están?”  Lc. 17, 11-19


 Mensaje, 3 de abril de 1986    

“¡Queridos hijos! Los invito a vivir la Santa Misa. Muchos de ustedes han experimentado la alegría y la belleza de la Santa Misa y hay otros también que no vienen de buena gana. Yo los he escogido, queridos hijos, y Jesús les da Sus gracias en la Santa Misa. Por lo tanto, vivan conscientemente la Santa Misa y que cada venida los llene de alegría. Vengan con amor y acojan con amor la Santa Misa. Gracias por haber respondido a mi llamado!”


Se nos ha enseñado, fielmente, que la Santa Misa es el sacrificio del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, que se ofrece sobre nuestros altares, bajo los accidentes de las especies de pan y de vino, y es el mismo sacrificio de la Cruz, en cuanto es el mismo Jesucristo que se ofreció en la Cruz, es el mismo Cristo que se ofrece en manos de los sacerdotes, sus ministros. 

Hay que reconocer, meditar, llenarnos de asombro y admiración, porque a quien contemplamos en la Eucaristía es el mismo Hijo de Dios y el Hijo de María.

Tanta indiferencia hacia este misterio tiene que llevarnos, más que al desprecio de quienes no van a Misa, al deber de reparar nosotros, nuestra tibieza, y la indiferencia de los que no reconocen el amor de Dios que se regala , incluso de modo concreto, con su presencia real en cuerpo y sangre, alma y divinidad en la Eucaristía. Debemos nosotros redoblar nuestro estar con Jesús, en reverencia y adoración, en nuestras oraciones diarias, en el deber, las labores y los afanes del hogar, trasladándonos al Sagrario, para estar con Él, con María, para nuestra propia conversión y la de quienes lo desprecian o  abandonan. 


Génesis 22, 9-13  

“Llegados al lugar que le había dicho Dios, construyó allí Abraham el altar, y dispuso la leña; luego ató a Isaac, su hijo, y le puso sobre el ara, encima de la leña. Alargó Abraham la mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Entonces le llamó el Ángel de Yahveh desde los cielos diciendo: ¡Abraham, Abraham!» Él dijo: «Heme aquí.»  Dijo el Ángel: «No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único.» Levantó Abraham los ojos, miró y vio un carnero trabado en un zarzal por los cuernos. Fue Abraham, tomó el carnero, y lo sacrificó en holocausto en lugar de su hijo.» 


Me atrevo a decir,  que este carnero, se puede traducir en el gesto de Dios que dice a  Abraham que ya ha conocido su Fe,  su fidelidad, pero que no será su hijo Isaac, el cordero del Sacrificio, no será el hijo de Abraham el carnero cuya sangre será derramada, sino que será el Hijo de Dios, será Jesús, el Hijo de María el que será ofrecido en el altar de la Cruz y en cada altar eucarístico, para que los hijos de Abraham vivan eternamente.

Contemplemos, hermanos, a la Reina de la Paz, en el misterio de la Dolorosa, en María a los pies de la Cruz, y junto con dejarnos conmover, dejémonos cautivar por tanto amor de Dios, y por tanto amor de esta Madre, nuestra Madre, que abraza el designio redentor de su Hijo nuestro Señor, que quiere darnos la vida, para que tengamos vida en Él.


Mensaje, 25 de abril de 1988

“¡Queridos hijos! Dios quiere hacerlos santos y por eso los invita a través mío al abandono total. Que la Santa Misa sea para ustedes la vida. Dénse cuenta, que la Iglesia es la Casa de Dios, el lugar donde Yo los reúno y deseo mostrarles el camino que conduce a Dios. Vengan y oren! No miren a los demás y no murmuren de ellos. Que sus vidas sean más bien un testimonio en el camino de la santidad. Las iglesias son sagradas y merecen respeto, porque Dios -que se hizo hombre- vive en ellas día y noche. Por tanto, hijitos, crean y oren para que el Padre les acreciente su fe y después pidan lo que necesiten. Yo estoy con ustedes y me regocijo por su conversión y los protejo con mi manto materno. Gracias por haber respondido a mi llamado!”


El Señor nos ha dado el testamento de su amor, nos ha dejado el testimonio de su misericordia, y se ha hecho sustento para saciar nuestra hambre de Salvación y vida, para que aquello que opera en nuestras almas, por la acción de su gracia, lo contemplemos, lo amemos y seamos transformados por su amor derramado en la pasión, muerte y resurrección de Jesús, entrando por la acción del Espíritu Santo, en una relación de amor y de plenitud con el mismo Dios. 


Queridos hermanos:

No se ama ni se entiende la plenitud del Sacrificio Eucaristico sin María.

Uno disfruta de las verdades divinas aprendidas en el catecismo, pero uno se inunda de gozo, de asombro y gozo hasta las lágrimas,  al aproximarnos al misterio eucarístico, para palparlo, reconocerlo, contemplarlo desde el Corazón de María. Contemplar la Eucaristía y los misterios de Fe, desde María, te hace aproximarte necesariamente en su humildad, disipando la ceguera de la suficiencia y el orgullo, ante el plan de Dios. Es el corazón humilde el que tiene un acceso más eficaz a la verdad, no solo como una convicción, sino como una verdad que se ama e inunda de plenitud la vida misma.


Que don tan trascendente 

Aveces me pregunto: tantas actividades, tantas intervenciones, tantas explicaciones y comentarios, tanto, tanto, tanto que puede que nos distraiga; y además,  resulta que ya está todo tan bien predicado por los santos y el Magisterio de la Iglesia, está todo tan bien hecho por los mártires, confesor y vírgenes, está todo tan bien explicado por la Reina de la Paz,  con sus mensajes sencillos, sobrenaturales y oportunos como para dar frutos en abundancia.  Basta ver todo lo que ocurrió en Medjugorje, donde, durante años, peregrinaron tantos fieles sin entender nada del croata, pero se convirtieron y santificaron, porque el testimonio de santidad, los mensajes y el programa  de oración de la Parroquia, que los aproximó a lo que la acción pastoral la Iglesia ha enseñado tradicionalmente, pero la mundanidad y suficiencia humana impedían reconocer, valorar y vivir. 

 Despertemos hermanos, la Virgen que se apareció en otros lugares y momentos, cuyos mensajes cautivan tu atención, se está apareciendo todos los días en Medjugorje y te regala una catequesis en cada mensaje que nos ofrece.

 ¿No será que nuestra tibieza y nuestro aparentes protagonismos  y autoreferencialidad,  son un obstáculo, para que el Mensaje de fruto de conversión, penitencia, fervor y devoción Eucarística? 

 Muchas veces grandes obras fundadas por santos, se entibian y desvían, por que se transformaron en un producto, en un afán de competición, de erudición y alarde de quien sabe más, quién puede más, quién es el  protagonista imprescindible. Eso tiene más aroma a rebelión angelical y pecado original, que afán por el Reino de Dios.

La Reina de la Paz es clara en su proceder, y en sus mensajes. De hecho, sus apariciones frecuentes, pero en silencio,  son una invitación frecuente a contemplar lo que se ama y amar lo que debemos contemplar.  Y en la Eucaristía y en el Sagrario, está todo lo que ama, contempla y adora la Gospa, siendo Ella a quien ama y adora grandemente su Hijo, que se hizo prisionero de amor, pero que recibe consuelo y alegría, cuando su Madre llega con sus devotos a postrarse ante el altar, y alabar y adorar con los ángeles, a quien es nuestro Soberano y Redentor.

Es María quien mejor nos educa en comprender, vivir y amar la Eucaristía.

Hermanos porque hay una  relación profunda entre la Gospa y la Eucaristía. La Eucaristía es el mismo Cuerpo de Verbo Encarnado  nacido de María, la Virgen. Esto es ya una nota esencial de la relación entre la Eucaristía y la Virgen María, porque lo que tenemos en la Eucaristía es lo que ha recibido de María: la Carne y la Sangre, es decir,  la propia humanidad. Por eso no es extraño que ya San Agustín forjase la expresión “la carne de Cristo es la carne de María”. Es lo que canta también Santo Tomás en los himnos del Corpus: “este Cuerpo nacido de un vientre generoso”. Igualmente el Ave Verum: “Ave, Verum Corpus natum ex Maria Virgine”. 

El lazo indisoluble entre la Virgen María y la Eucaristía, queda plasmado en la presencia de María al pie de la Cruz. En la Marialis Cultus nos lo recuerda San Pablo VI al exclamar: “la Virgen ofrece, la Virgen hace la oblación.”

Ella que nos mira con ternura en Medjugorje, así como también nos miró con ternura y compasión a los pies de la Cruz, con su Hijo, muerto por nosotros, por nuestros pecados, porque Ella sabe que seremos configurados en auténticos Hijos, en la medida que se incremente en nosotros la vida Eucarística, por las que la Iglesia guía a sus fieles y la Gospa convoca a sus apóstoles del amor del Señor.


Padre Patricio Romero