Adveniat Regnum Tuum, Mariae

Adveniat Regnum Tuum, Mariae

22 de agosto de 2022 0 Por admin

El Hijo no vino a nosotros sino a través de Ella

Charla Padre Patricio Matrimonios Voluntarios Gospa Chile


Mensaje, 2 de diciembre de 2014

“Queridos hijos, recuerden lo que les digo: ¡el amor triunfará! Sé que muchos de ustedes están perdiendo la esperanza porque ven en torno a sí sufrimiento, dolor, celos y envidia… Sin embargo, yo soy su Madre. Estoy en el Reino, pero también aquí con ustedes. Mi Hijo me envía nuevamente para ayudarlos. Por lo tanto no pierdan la esperanza, por el contrario, síganme, porque el triunfo de Mi Corazón es en el Nombre de Dios. Mi amado Hijo piensa en ustedes como siempre lo ha hecho: ¡créanle y vívanlo! Él es la vida del mundo. Hijos míos, vivir a mi Hijo significa vivir el Evangelio. Eso no es fácil. Conlleva amor, perdón y sacrificio. Eso purifica y abre el Reino. Una oración sincera, que no son solo palabras, sino oración que el corazón pronuncia, los ayudará. Como también el ayuno, porque ello conlleva ulterior amor, perdón y sacrificio. Por lo tanto no pierdan la esperanza, sino síganme. Les pido nuevamente orar por sus pastores: para que tengan siempre la mirada en mi Hijo, que ha sido el primer Pastor del mundo y cuya familia era el mundo entero. ¡Les doy gracias! ”


REINO DE CRISTO

¿Que significa decir que alguien es Rey? Rey viene de la palabra latina regare que significa ordenar las cosas a su propio fin. Se llaman rey o reina a los que tienen el oficio de regir, de gobernar, de guiar a la sociedad a su fin.

Nos cuesta comprender este término y oficio hoy en día, por que no encontramos con facilidad, reyes y reinas, que ejerzan de modo autentico y virtuoso este oficio, sino más bien, lo que existe lo vemos identificado con la fama, el lujo, la clase social y una vida de escándalo y de vanidad.

Pero esta miseria humana, presente en la sociedad nos auxila para reconocer, por sobre todo poder, gobierno y poder temporal, (toda autoridad en la tierra) resplandece ante nuestra mirada de fe y con el testimonio de la historia, la virtud y bondad de nuestro Redentor, a quien el mismo Pilatos preguntó: “Entonces ¿Tú eres rey? Respondió Jesús: Tú lo dices, yo soy Rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo…” (Juan 18, 37).

No podemos dejar de sentirnos impactados, por la escena en que vemos a quien ejerce el poder temporal, con todos los atributos que le concede el mundo: el poder de la fuerza, de los ejércitos, del oportunismo, de las calculo políticos y humanos, de la administración económica ambiciosa, de la sentencia judicial corrompida por los intereses, la arrogancia y la suficiencia,…, enfrentado por la verdad de Cristo: empobrecido, golpeado, escupido y torturado, desprecio de la gente, varón de dolores, humillado y traicionado, que confirma, porque viene a dar testimonio de la verdad, lo que dicen de Él: “Tu lo has dicho: SOY REY.

Miremos aquí el esplendor de la verdad , a quien es la misma verdad y el Bien sublime, quien tiene todo poder y gloria, el Alfa y la Omega, sin ningún revestimiento y reconocimiento que le conceda la mundanalidad, la popularidad y los poderes corrompidos del mundo, sino solo con el esplendor de su humildad y mansedumbre, el que es la plenitud y la eternidad, completamente abajado, dispuesto para el trono de la Tribulación, para la corona del dolor y el altar del sacrificio. Tu lo has dicho, Soy Rey- dijo el Señor.

Jesucristo es Rey de reyes y Señor de los señores. Y es Rey y Señor por derecho natural, por ser Hijo de Dios, y por derecho de conquista (Redentor del mundo). Su realeza se extiende incluso a todas las cosas temporales, si bien rehusó durante su vida mortal el título de Rey temporal (Jn 5,47; 18,36) para dedicarse únicamente a la predicación del Evangelio, sin embargo, todo poder que se ejerce es posible por que El, lo concede, y habrá que rendir cuenta de ejercicio de ese poder.

Es Rey, por que es DIOS, el Hijo, el Verbo a quien el Padre le concedió la potestad, el honor y el reino (Dan 7,13-14), ya que como Verbo de Dios, identificado sustancialmente con el Padre, posee necesariamente en común con el Padre el poder sobre todas las cosas.

Es Rey en cuanto hombre por que es la misma persona del Hijo, cuya humanidad le es propia, por lo que el Corazón de Cristo es el Corazón del Rey cuya persona ha recibido el esplendor y el Poder que le concede Dios, y busca conquistarnos con el amor de ese mismo Sagrado Corazón.

Y es Rey por que nos ha rescatado y ha pagado el precio, la deuda de nuestras iniquidad, ha reparado nuestros delitos, ha cargado sobre sus espaldas nuestras culpas, ha padecido en su rostro bendito nuestras vergüenzas. Nos ha rescatado por la virtud de su sangre.


REINO DE MARÍA

Pero desde el momento de la Encarnación, el momento en que fue concebido este Rey, su Madre, de la estirpe del Rey David, por la plenitud de la Gracia y por esa misma acción sobrenatural, la maternidad plenificada y elevada, nuestra Madre, la Virgen María, vive en la más profunda unión, aquello que vive su Hijo, el Verbo encarnado.

Es propio que la Madre del Rey sea Reina. No lo puede dudar el jurista ni el más sencillo de los justos, ni siquiera el necio y el mentiroso lo pueden negar.

Negar la realeza de María, verdadera Reina, por sobre toda Reina que pueden conocer o imaginar los seres humanos, significaría negar la realeza, la plenitud , santidad y poder Redentor de Cristo, la unión de las dos naturalezas en la persona del Hijo.
Es Reina por que rige y esta por sobre todos los justos y santos, y bienaventurados, por que fue reconocida y proclamada por Dios a través del angel como la llena de gracia, y por eso es Reina de santidad, y de virtud, Reina de los profetas y los patriarcas, de las vírgenes, mártires y confesores y es Reina del mundo, por que resplandece, en él y por sobre él. Y es imagen y modelo para la humanidad, para la familia y para la sociedad que quiere abrazar el sumo bien. Es Reina de la Iglesia y Reina de la paz.

Y por su maternidad divina, elevada al orden hipostático, llamada a esta relación profunda y sublime con Dios, para ser la Madre del Verbo encarnado, concediéndole de sus entrañas, como describe San Bernardo la sangre y la carne que rasguña la persona del Verbo para gestar el cuerpo de su humanidad.

El fundamento principal de la realeza de María es su divina maternidad, que la une indisolublemente con su divino Hijo, Rey universal.

Dice el Venerable Papa PI XII: Ya que se lee en la Sagrada Escritura del Hijo que la Virgen concebirá: «Hijo del Altísimo será llamado y a El le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y en la casa de Jacob reinará eternamente, y su reino no tendrá fin» (Le 1,32-33), y a María se la llama «Madre del Señor (ibid. 1,43); de donde fácilmente se deduce que Ella es también Reina, pues engendró un Hijo que, en el mismo momento de su concepción, en virtud de la unión hipostática de la humana naturaleza con el Verbo, era Rey aun como hombre y Señor de todas las cosas. Así que con razón pudo San Juan Damasceno escribir: «Verdaderamente fue Señora de todas las criaturas cuando fue Madre del Creador» ; y de igual modo puede afirmarse que el primero que anunció a María con palabras celestiales la regia prerrogativa fue el mismo arcángel San Gabriel».


EL PODER DE LA HUMILDAD Y EL SILENCIO ORANTE

Hermanos:

El grado sublime de este Reinado de María se expresa de un modo categórico en la respuesta al Ángel: He aquí la Esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.

El silencio de María que era un grito que resuena por sobre todos los sonidos de la creación, era fruto de esta plena adhesión unión de nuestra Madre con la voluntad de Dios. Su vida era contemplar y servir la voluntad de Dios. Su plenitud, la que es modelo para todo ser humano radica en que ella existe un solo anhelo, “Hágase en mi según tu palabra”. En esa respuesta de María, se aplasta la soberbia de los poderes del pecado y el príncipe de las tinieblas ,y se nos da a conocer la verdadera esencia de ser discípulos, cercanos, hermanos, parientes y familia de Cristo: «Mi Madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios, y la guardan» Lucas 8, 21.

En nuestra mirada a la realeza de Jesús y de Maria Santísima no podemos dejar de reconocer la excelencia de la humildad. La corona de todo esplendor. Quien no hizo alarde de su categoría de Dios, quiso hacerse siervo de nuestra redención, abrazó las cadenas del dolor, para rescatarnos en sus brazos heridos y consolarnos y redimirnos y santificarnos con su Corazón traspasado.

Los gestos compasivos de la humanidad de Cristo fueron forjados también en el Sagrario vivo de su Madre Santísima. En ella Cristo contempló la obra de su gracia, quien se hizo Esclava del Señor, lo que significa hacerse esclava de nuestra Salvación: consagrar toda su vida al plan Redentor de Dios.

Es que Dios que no dudo en entregarse generosamente a Ella: El Padre no nos dio a su Hijo sino por ella, y no nos comunica sus gracias sino por medio de ella. El Hijo no vino a nosotros sino a través de Ella, y no forma a los miembros de su Cuerpo místico más que por ella. El Espíritu Santo no dispensa sus dones y favores si no es por ella.

Es nuestro deber y justicia procura para María y Cristo N.S. toda la gloria y honor, expresándolo en la excelencia de nuestro culto y nuestra sumisión. Para ellos las Coronas de Oro, majestad y Gloria. Para ellos los ornamentos de dignidad y santidad.

Pero no podemos dejar de contemplar en los cetros escogidos por Jesús, la corona de Espina y el Báculo de la Cruz, el Trono del altar del Sacrificio y los clavos como anillos del martirio.

«No habéis sido redimidos con oro o plata, cosas corruptibles, sino con la sangre preciosa del Cordero inmaculado e incontaminado, Cristo» (1 Pe 1,18-19). «Ya no somos nuestros, porque Cristo nos compró a gran precio» (1 Cor 6,20).

«La sangre derramada por Cristo, es sangre de la sangre y carne de las carnes de María.»

Observa cuán adecuadamente brilló por toda la tierra, ya antes de la asunción, el admirable nombre de María y se difundió por todas partes su ilustre fama, antes de que fuera ensalzada su majestad sobre los cielos. Convenía, en efecto, que la Madre virgen, por el honor debido a su Hijo, reinase primero en la tierra y, así, penetrara luego gloriosa en el cielo; convenía que fuera engrandecida aquí abajo, para penetrar luego, llena de santidad, en las mansiones celestiales, yendo de virtud en virtud y de gloria en gloria por obra del Espíritu del Señor.

Reconozcamos la ofrenda del dolor de María, cuando nos presenta a su hijo en sus brazos, lleno de cuidados y ternura de su Madre. Recordemos que se lo entregamos muerto, torturado desfigurado de dolor, y como Ella, entre lágrimas lo abraza, y con ese abrazo nos abraza y nos da a luz como sus hijos. Se hizo sierva y esclava de este plan Divino, conservando en su Corazón este dolor.

No hay otro Reinado más pleno y bondadoso que el de María, que es el de su Hijo N S. No hay Reina más amable y misericordiosa, que haya dado tanto y padecido tanto por amor a nosotros como María. No hay que dudarlo: para vivir en plenitud nuestras promesas bautismales, para sacudir el tedio y la tibieza espiritual de nuestros corazones, para sanar y reparar las cicatrices de nuestros corazones no hay mejor camino que regalarse a María, ser esclavos y siervos de Maria, Consagrarse a Jesús por María. En este reinado donde la confianza vence la ira, la misericordia el egoísmo, la gracia el pecado y el Reinado de amor de los Divinos Corazones nos inundan de paz, virtud y caridad.

En el advenimiento del Reino de Cristo, Atte.:


Padre Patricio Javier Romero H.

Domingo 21 de Agosto 2022, Vísperas María Reina